Lejos de las expectativas que había generado, la cumbre de Copenhague para frenar el calentamiento global resultó un fracaso. ¿En qué falló? ¿Qué papel jugaron Estados Unidos, China, India, Sudáfrica y Brasil? ¿Por qué América Latina no puede llevar una posición común a estas cumbres? ¿Tendrá la humanidad una nueva oportunidad?

El 9 de abril de 1940, el Ejército nazi tomó Copenhague. Era parte de la avanzada de Adolf Hitler hacia el norte, y la operación incluía además de la capital de Dinamarca, a todo el territorio meridional de Noruega. Los dos países escandinavos habían declarado su neutralidad en la II Guerra Mundial. Eso poco importó al Tercer Reich.

Casi 60 años después, la más sureña de las capitales nórdicas volvió a ser copada pero esta vez en tiempos de paz y no por fuerzas armadas, sino por miles de líderes políticos, funcionarios, diplomáticos y ambientalistas. Seguramente, desde aquel fatídico día de abril de 1940, nunca Copenhague había estado tanto bajo la mira de atención global ni había sido tan nombrada por los medios internacionales.

La ocasión esta vez no era ya un enfrentamiento bélico de proporciones continentales sino la XV Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, conocida popularmente como la COP15. El encuentro fue anticipado por muchos como un hito que alumbraría un nuevo Protocolo de Kyoto que relanzaría el consenso mundial sobre cómo frenar el calentamiento global.

Pero no fue así. Los países se fueron de la reunión con un escuálido acuerdo no vinculante y con pocas metas concretas, que distaron mucho de las expectativas que había. La política fracasaba y los intereses económicos de las corporaciones triunfaban nuevamente.

Un acuerdo Light

El documento pactado el 18 de diciembre se denominó“Copenhague Accord” y su redacción final se consensuó inicialmente entre China, Estados Unidos, India, Sudáfrica y Brasil. Si bien el texto no es un acuerdo legal vinculante -al no ser consensuado por todos los países de Naciones Unidas-, será operativo de forma inmediata en 2010, lo que dará la capacidad de movilizar 10.000 millones de dólares para financiar la lucha contra el cambio climático.

En el acuerdo se hace hincapié en la necesidad de establecer acciones que impliquen una limitación del aumento de la temperatura global a 2ºC y los países firmantes se comprometieron a cooperar para que bajen las emisiones globales de gases. Sin embargo, no establecen tiempos para lograr esas metas.

Estas cinco naciones son clave. EE.UU. y China son los dos mayores emisores de gases de efecto invernadero. India, Sudáfrica y Brasil tienen un impacto simbólico importante porque son líderes regionales de países en desarrollo. Los cinco se comprometieron a evaluar en 2015 los avances del convenio firmado e incluso contemplan la posibilidad de endurecer el objetivo a largo plazo para conseguir un aumento máximo de la temperatura global de 1.5ºC.

Según el texto surgido en Copenhague, los países en vías de desarrollo reportarán las emisiones y las acciones realizadas a la ONU cada dos años. Pero únicamente las medidas tomadas con fondos externos a dichos países serán objeto de verificaciones externas; es decir que no existirán consecuencias legales si un país no consigue alcanzar sus objetivos.

El acuerdo dota además de financiación a los países más vulnerables con US$ 30.000 millones (de fondos privados y públicos) durante los próximos tres años (2010-2012), aportados por Japón, la Unión Europea y Estados Unidos. A partir de 2012 esta financiación aumentará hasta los U$S 100.000 millones anuales hasta el año 2020.

Entre los cuestionamientos más contundentes a lo resuelto en Copenhague aparecen dos críticas: primero, que lo acordado no sea vinculante ni se hayan estipulado castigos a la falta de cumplimientos de las metas. Segundo, que no se hayan convenido límites a las emisiones de los países desarrollados.

En la práctica, los especialistas aseguran que con las metas de recortes de emisiones de gases que las potencias pusieron sobre la mesa, el planeta se encamina a un alza de temperatura de tres grados, con el agravante de que no se fijó el año en que las emisiones de CO2 deberían alcanzar un pico para luego descender.

Los países más ricos lograron evadirse de establecer un techo concreto a las emisiones, cuando lo que se recomendaba era acordar una reducción conjunta de entre 25 y 40 por ciento hasta el 2020, tomando como parámetro el año 1990. Por ejemplo, Washington planteó por ejemplo una reducción de 17% al 2020 tomando como base…el 2005.

“Hay un sentimiento importante de frustración. El principal problema es que se crearon expectativas desmedidas respecto de lo que habían sido las reuniones (preparatorias) de Bangkok y Barcelona, en las que no se había avanzado nada y no mostraban que se fuera a armar algún acuerdo importante después”, opina en diálogo con Opinión Sur Joven el economista Osvaldo Girardín, investigador del CONICET, director del Programa de Medio Ambiente de la Fundación Bariloche y Miembro del Bureau de Inventarios de GEI del IPCC.

Según su visión, al ríspido debate por el cambio climático le falta alguien que perfile por sobre las divergencias y sepa guiar. “Las diferencias no fueron superadas y necesitan de un liderazgo claro, que tenga una idea de cómo se liman esas asperezas. En la negociación por Kyoto uno veía personas que tenían liderazgos y que acercaban posiciones. Me da la impresión de que ahora no hay quien pueda zanjar la brecha entre los distintos grupos en pugna”, asegura.

Para Girardín, la palabra que mejor refleja lo que pasó en la capital danesa es “frustración”: “Los resultados fueron bastante pobres. Hay frustración porque hubo expectativas desmedidas. Estas negociaciones no son fáciles, hay muchos intereses de por medio, vinculados con los patrones de consumo y producción, y los estándares de vida de los distintos países”. Y como uno puede imaginar, esas cosas no son fáciles de cambiar o negociar.

Una de las cuestiones que tampoco quedó asentada en Copenhague es cómo sigue el Protocolo de Kyoto, ya que tiene una cláusula que fija como primer período hasta el 2012 y luego es necesario negociar una segunda etapa. Eso no pasó.

También se apostaba mucho a avanzar en alternativas de sustitución a las fuentes de energía más contaminantes, pero no ocurrió. Sólo sigue en boga el tema de los biocombustibles, que para Girardín puede tapar una olla y destapar otra: “Los biocombustibles arreglan una convención desarreglando otra, por el tema de los alimentos (por escasez o precios) y por el problema de los suelos. Se tiene que ver mejor sólo como una política de mitigación y como un agronegocio”.

Al consultarle por qué cree que la COP15 tuvo resultados pobres, el analista de la Fundación Bariloche cree que fue por la competitividad internacional de los países a largo plazo. “Los estados desarrollados sienten amenazada su posición por países que hoy tienen una participación en el mercado internacional muy grande y que no tienen ningún tipo de compromiso (de reducción) asumido. Entre los propios países ricos hay una puja importante. Especialmente aparece una pelea entre la UE, que siente que hizo de más, y Estados Unidos, que hace esfuerzos inerciales. Y EE.UU. no tiene liderazgo en esta pelea pero a Europa no le da más el cuero para asumir liderazgo porque si China y EE.UU. no entran dentro del esquema, el esquema resulta poco efectivo”, agregó.

El gran meollo de la cuestión sigue siendo definir cuál es el costo que tienen que asumir las economías para tomar medidas que mitiguen el cambio climático; es decir, la lucha por mantenerse competitivas. Pero las asimetrías también surgen entre los países en desarrollo. No basta con controlar o mitigar las emanaciones industriales, cuando muchas naciones tienen en su haber la mayor emisión derivada de la agricultura (por descomposición de cultivos) y ganadería (por fermentación).

“Estas son muy importantes en los países en desarrollo. Por ejemplo en Brasil, que tiene 180 millones de cabeza de ganado. Y en países como Nueva Zelanda o Uruguay representan casi el total”, explica Girardín.

Latinoamérica, dividida y en peligro

Los países latinoamericanos acudieron a Copenhague en forma disgregada y descoordinada; casi se podría decir que antiestratégica. No hubo grandes movimientos en común ni se vieron acuerdos conjuntos para presionar por una salida favorable a la región.

“En este ámbito es muy difícil negociar en bloque, en América Latina hay muchos intereses contrapuestos. Basta con ver este dato: Brasil mandó 800 emisarios a Copenhague, y la Argentina sólo 10. Además, Brasil tiene peso propio en el concierto internacional, y despega del resto”, asegura Girardín.

Entre las diferencias de intereses en la región está el origen de la emisión. Por ejemplo, hay países en que lo forestal es el principal problema de las emisiones, y hay otros como Uruguay que es diametralmente opuesto: absorbe emisiones, no emite. Otro caso categórico es Venezuela, que estando en la OPEP juega distinto, porque el petróleo es uno de los targets a los que los ambientalistas apuntan.

“A Europa le llevó un tiempo que todos se pusieran de acuerdo. Y lo lograron porque en un momento Francia y Alemania asumieron un rol importante en la integración. Brasil no parece tan dispuesto a asumir ese rol. Uno cuando quiere ser hegemónico tiene que pagar costos para luego poder sostenerlo”, subraya Girardín.

Una estrategia conjunta no sería mala idea. Especialmente cuando, según un informe de la CEPAL que fue presentado en Copenhague, América Latina es la región que más está sufriendo a nivel mundial las consecuencias del calentamiento global.

El reporte indicó que para la región el costo del proceso climático podría equivaler hasta un 137% del PIB regional actual para 2100. Y por si fuera poco, señala que la variabilidad climática y los eventos extremos harían que hacia fin de siglo el costo de los desastres climáticos pase de un promedio anual para el período 2000-2008 de casi US$8.600 millones a un máximo posible de US$250.000 millones.

La próxima reunión homóloga de Copenhague será a fin de 2010 en México, con un encuentro preparatorio clave en Bonn a mitad de año. La COP16 tendrá como desafío poder superar a su predecesora y esta vez sí alcanzar los acuerdos necesarios para evitar una catástrofe.

Pero quizás esta vez sea más importante la forma que el fondo. El contenido es relevante pero si no es acompañado por una forma de ejecutarlo más eficiente, puede morir sin éxito. Un acuerdo vinculante, que contemple premios y castigos concretos tal vez sea mejor que un convenio altisonante y mediáticamente espectacular pero cuya sustentabilidad recaiga en meros compromisos verbales y fotografías.

La lección de Copenhague está dada. Quien quiera aprehenderla y sacarle fruto, que lo haga. Y si no se hace, el planeta será testigo de lo que fue no saber parar el desastre antes de tiempo. Hace 60 años, quienes estaban en esa misma ciudad, seguramente pensaban lo mismo.

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Links de interés:

XV Conferencia de las Partes en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, COP15

Protocolo de Kyoto

Copenhague Accord