En la Argentina se está debatiendo la posibilidad de que personas del mismo sexo puedan casarse con todos los derechos y responsabilidades que eso implica. Podrán adoptar hijos, compartir la obra social, pensionarse si el otro/a se muere, compartir bienes… y también tendrán que ser fieles y correr el riesgo de que –en caso de divorcio- el otro miembro de la pareja se quede con la mitad del dinero que uno generó mientras estuvo legalmente casado.

En lo personal, estoy completamente a favor de que personas del mismo sexo puedan casarse. Reconozco que lo de la adopción me hace más ruido (después de todo yo fui criado en una familia tradicional), pero creo que es más prejuicio estético que otra cosa. Por eso, también votaría a favor de que puedan adoptar.

A pesar de eso, durante el debate en el Congreso -que pude presenciar- pasaron cosas que no me gustaron. Aunque estoy a favor de la reforma, entiendo que haya quienes se sientan agraviados por esta posibilidad por sus creencias religiosas, ideológicas o estéticas. La sociedad no está lo suficientemente madura para aceptar en plenitud estos cambios. ¿Eso implica que se deba frenar los avances y negar derechos a personas que sienten, creen o viven distinto? En absoluto. Creo que se debe avanzar, aún a costa de ofender a determinadas creencias.

Pero durante el debate, la minoría gay que pudo expresarse quiso avanzar un poco más. Y muchos de los que expusieron en el Senado, se dedicaron a agraviar a quienes piensan distinto y a insultar a la minoría religiosa que ve en la homosexualidad una desviación moral. Algunas organizaciones que representan a homosexuales decidieron tomar venganza por años de segregación y no se satisfacen con obtener la igualdad de derechos: también quieren humillar a quienes antes los humillaron.

Creo que hay que encontrar un equilibrio que permita disfrutar de la victoria obtenida (cada vez más gente apoya la lucha de la comunidad homosexual). Pero se debe celebrar cantando bajito, sin agredir a los que piensan diferente, tratando de convencerlos de los propios argumentos y sin golpes bajos. Y que al finalizar la pelea, las partes se puedan dar la mano sin fundamentalismos y en un marco de tolerancia.