El año que acaba de terminar quedará como una huella indeleble en la historia del medio ambiente. Será el 2010 recordado desde la ecología como el año de la tragedia que impregnó de petróleo el Golfo de México y que, según muchas opiniones, se trata de la peor catástrofe ambiental desde que el mundo es mundo.

Fue el 20 de abril, cuando una explosión en la plataforma petrolera de Deepwater Horizon, propiedad de la gigante British Petroleum –y ubicada a pocos kilómetros de la costa del estado norteamericano de Louisiana, en el Golfo de México-, derivó en el derrame de casi 210 millones de galones del denominado oro negro, hasta que cinco semanas después un tapón temporal detuvo la fuga.

Las consecuencias fueron catastróficas desde el punto de vista ecológico y económico, y hasta llevó a chispazos diplomáticos entre el gobierno de Barack Obama con el entonces flamante primer ministro conservador David Cameron, además de una monumental controversia contra la Britrish Petroleum por la responsabilidad del hecho y los costes financieros.

Las costas de Louisiana fueron un triste retrato de la impericia del hombre contra la naturaleza: centenares de delfines aparecieron muertos en las costas, montecitos artificiales de crudo pegajoso a lo largo de la arena, cadáveres de peces y pelícanos embadurnados en petróleo, además de un quiebre en la cadena alimentaria biomarina y la pérdida de millones de dólares en pesca, turismo y comercio.

Muchos especialistas compararon este desastre con Chernobyl, la explosión de radiación de uranio por un accidente en una central nuclear de esa ciudad ucraniana que provocó decenas de muertes y miles de personas con problemas de cáncer y malformaciones en fetos.

Pero la odisea no tuvo lugar sólo en el golfo. También este año, más precisamente el 4 de octubre, un vertido de lodo tóxico de la empresa Magyar Aluminium, ubicada cerca de la capital húngara, dejó nueve muertos, 150 heridos, varios desaparecidos y centenares de desplazados.

La tragedia, que según la empresa no pudo haber sido prevenida, es una de las más grandes catástrofes ambientales en la historia de Europa y llevó a pagar a la compañía una indemnización de 5,5 millones de euros a las víctimas.

Evidentemente, el año que concluyó vuelve a recordarnos con crudeza la importancia de potenciar una economía sustentable teniendo en cuenta la calidad de vida no sólo material sino ambiental de los pueblos. Un mundo con una economía reconvertida necesitará cada vez menos petróleo para su desarrollo, y un mundo con sistemas legales ajustados al desarrollo sustentable harán menos probables derrames tóxicos.

En 2011, comenzando una nueva década, y a pesar de todas las adversidades y los monumentales intereses en contra, no deja de ser una nueva oportunidad para renovar una militancia silenciosa pero constante por un sistema de producción y vida que no empuje al hombre a su suicidio como especie.