¿Sabías que los millones de toneladas de café que se elaboran al año utilizan agroquímicos? En 2010 la producción mundial del cultivo ascendió a más de siete millones de toneladas, siendo Brasil el mayor exportador. El café orgánico surge para revertir esta tendencia y tiene como máximo cómplice al consumidor responsable.

Ilustración: Lorena Saúl

Ese rico aroma que sentimos a la mañana y el sabroso gusto que despierta nuestro paladar tienen mucho detrás. Millones de hectáreas cultivadas, miles de recolectores, gigantes compañías multinacionales y miles de millones de consumidores. El café es una industria poderosa y pujante.

Allí radica la relevancia de su proceso de producción. Oriundo de la Antigua Etiopía (hoy actual Yemen), bajo el nombre de quahwah (que significa en árabe bebida vegetal), hoy sería imposible imaginar un mundo sin café. Arábico, robusto, express, cortado, largo, solo, con leche, americano, capuccino, moka, sus versiones varían según su latitud, y tal vez, tanto como su degustador.

Cuando hace tres siglos atrás el café aún no había llegado a Europa y América, y era sólo menester asiático, nadie hubiera imaginado que muchos países periféricos tendrían en su producción uno de los pilares de su economía.

Según la Organización Internacional del Café (ICO según sus siglas en inglés), los cuatro mayores importadores son Estados Unidos, Alemania, Italia y Francia, en cifras astronómicas, por lo cual consumidores de esos países ayudan a los agricultores de un abanico enorme de naciones en vías de desarrollo. El mayor exportador es, por lejos, Brasil, con 34,3 millones de bolsas al año (69 kilos cada bolsa estándar), seguido por Vietnam, Colombia, India, Etiopía e Indonesia.

Como muchos alimentos y bebidas, el café también encontró quien quiera producirlo de forma orgánica. Según la Organic Trade Association, en Estados Unidos (mayor consumidor mundial, aunque per cápita le ganan los países escandinavos y Suiza), el mercado del café orgánico supera ya los 1.400 millones de dólares, y en época de recesión (en la que el consumo de café tradicional en los países desarrollados se mantiene estable), el orgánico sigue creciendo. Es que según parece, su gusto sabe bien diferente.

Equilibrio de producción y ecosistema

El café orgánico es considerado ambientalmente sustentable, porque se produce buscando el balance entre la eficiencia productiva y la conservación de los recursos naturales, es decir, empleando métodos que permitan aprovechar para el consumo humano los recursos naturales (tierra, aire y agua, en este caso) pero sin devastarlos.

En el proceso de producción del café orgánico se realizan prácticas de conservación y recuperación de los suelos, sustitución de fertilizantes y plaguicidas agroquímicos por abonos orgánicos y un control biológico de plagas y enfermedades, moderando el uso del agua en la etapa de la industrialización del grano.

La disminución notable del uso de insecticidas y pesticidas en el ambiente que circunda a los cafetales favorece, primeramente, a los trabajadores del sector, ya que reducen la exposición del cuerpo a agentes químicos externos, lo que siempre es beneficioso. Además, se protege y ayuda a la conservación de la biodiversidad, el cuidado de los suelos, la regulación de las lluvias y heladas, la protección de cuencas hidrológicas y la captación de carbono.

“El café orgánico es un fruto más dulce, igual al sabor más intenso de las demás frutas orgánicas. Eventualmente, su sabor será más moderado en función de otros factores. Pero el mejor beneficio está en la calidad, por ser un producto limpio de elementos tóxicos, estimulando un consumo más normal y placentero”, dice en diálogo con Opinión Sur Joven el empresario Thiago Fontoura, socio administrador de Cía Orgánica, un emprendimiento de café ecosustentable que desde 2002 avanza en el mercado brasileño, con haciendas en los estados de Minas Gerais, Sao Paulo y Paraná.

Para Fontoura, “el café, como otras culturas orgánicas, prestan una enorme contribución al medio ambiente en sus áreas de producción, y es importante destacar que es orgánico solamente el producto que tiene certificación, auditado por instituciones profesionales que confirman al mercado de consumidores las buenas prácticas agrícolas e industriales de la marca”. En el caso de Cía. Orgánica, la certificación la brinda IBD, especializada en agricultura sustentable.

Desde el punto de vista emprendedor, el empresario brasileño señala que “la base del producto orgánico está en contar con mano de obra calificada, apta para realizar el trabajo integrado de las áreas productivas con la preservación del agua, la fauna y la flora. Toda la cadena de producción, desde la hacienda hasta la distribución, obedece a una rutina fiscalizada que permite la rastreabilidad del producto”.

“En estas condiciones, la decisión de producir orgánico no es solamente un acto voluntario, con un propósito filosófico, debe también obedecer a un sistema de reglas para dar credibilidad a los consumidores”, subraya.

A sol y a sombra

La producción de la bebida oscura no fue siempre como la actual. De hecho, al principio era muy similar al proceso del café orgánico. Antes de la introducción de los fertilizantes, el cafetose solía sembrar a la sombra, intercalado entre árboles. Con este sistema se evitaba la contaminación del agua y se mantenía la riqueza del suelo, y los pájaros que tenían como hábitat los árboles que ensombrecían el café, eran un límite a las alimañas e insectos dañinos del cafeto.

Con el tiempo y la necesidad de la producción a gran escala y rentable, se abandonó este sistema y se introdujo la forma actual de extensivo al sol, en donde la utilización del insecticida y el fertilizante es necesario. Hoy, el café orgánico es más costoso producirlo debido a que se realiza en pequeña escala y en forma tradicional, y porque si se rige con los parámetros de la agricultura sustentable, debe ser económicamente viable para los productores primarios.

“La cadena comercial de los orgánicos es de pequeña escala, pero dadas las proporciones, por ser un segmento de renta elevada y de nicho, la venta de café orgánico es lucrativa. Hoy, el mercado externo no es competitivo porque la situación del cambio (en Brasil) desfavorece la exportación, pero es apenas una coyuntura. El mercado nacional va muy bien”, relata Fontoura.

Sin embargo, cuestiona la actitud gubernamental de su país, que bien podría ser el espejo de cualquier otro de Latinoamérica: “El Estado no tiene una política fiscal de apoyo al mercado de orgánicos. Se trata de una cuestión de salud pública que es ignorada, propia de un gobierno sin cultura. Por lo tanto, su producción permanece pequeña y se torna un privilegio para el ciudadano alimentarse sin agrotóxicos ni plaguicidas”.

“El mercado de orgánicos comenzó tímidamente hace 30 años. Evolucionó lentamente hasta entrar en escena la discusión ambiental en las corporaciones y el gobierno, al final de la década de los ‘90. Junto con el tema también se entró a debatir por los excesos practicados en los procesos de la industria alimentaria en toda la cadena, y en ese contexto, el comercio mayorista dio espacio a los orgánicos”, recuerda el empresario.

En 2010, la producción mundial de café ascendió a más de siete millones de toneladas. América Latina y el Caribe (desde el sur de México hasta el centro de Brasil y Perú, todos los países son productores en mayor o menor medida) siguen siendo la principal región exportadora del mundo en este cultivo, aunque Asia cada vez más le pisa los talones.

Impulsar -desde la concientización hasta con la compra del mero producto por parte del consumidor- este tipo de agricultura sustentable no sólo puede redundar en un medio ambiente con menores gases de efecto invernadero –gracias a la menor emisión de agroquímicos-, sino también en relaciones socialmente más justas con productores en países que más lo necesitan. ¿Habría mejor forma de empezar la mañana que con un buen café ecológico e igualitarista?

Ilustración: Lorena Saúl

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