Cualquier argentino que viaja hacia la zona sur del conurbano bonaerense reconoce ese olor. Es profundo, penetrante, único. Al principio era apenas un problema estético; incluso podía ser tomado a risa, casi un folclore cerrar la ventana al pasar con el auto para intentar –sin éxito- que el olor no penetre. Y hasta podía resultar pintoresco el paisaje de los barcos abandonados en las costas de un río gris. Ni hablar de las grotescas promesas de funcionarios de que en “1000 días” todos nos estaríamos bañando en sus costas.

Pero el tiempo pasó y los chistes ya no causan gracia. La situación del río Matanza-Riachuelo es cada vez más grave. Ya no es sólo un tema estético: en los últimos años muchas familias en situación de pobreza se instalaron en los márgenes del río, poniendo en riesgo su salud. Y se ha detectado que aún aspirando los aires que de allí se emanan hay riesgo de contraer enfermedades.

En este número de Opinión Sur Joven abordamos el tema del Riachuelo y las posibles soluciones a la contaminación de este río que está tercero en el ranking de los más contaminados del mundo. Se trata de una deuda que no sólo nunca se salda, sino que se agrava año a año, pese a las advertencias.