En la Argentina hubo elecciones legislativas y, más allá de los resultados, quedó un sabor amargo: no sólo pocos sabían qué se votaba sino que además, al finalizar el comicio, quedaron más dudas que certezas. ¿Por qué pasó esto? Por la ausencia de partidos políticos y la dificultad de pensar proyectos colectivos que trasciendan a las personalidades mediáticas. ¿Tan difícil es ponerse de acuerdo?

El otro día quise ir con mi novia al cine. Yo quería ver una de acción. Ella prefería una comedia. A mí no me molestan las comedias. A ella sí las películas de tiros. La última vez fuimos a ver una de las que yo quería, así que esta vez le tocó a ella decidir cuál ver. La próxima elegiré yo.

El otro día me junte con mis amigos y pedimos pizza. Yo quería una grande de muzzarella; Andy quería napolitana. Al resto le daba lo mismo. Pedimos mitad y mitad, y se acabó la historia.

El otro día un amigo pidió un aumento de sueldo en su trabajo. Quería que le aumentaran el 20%. El jefe le explicó que la empresa estaba pasando por una situación delicada, por la crisis, y que estaría dispuesto a aumentarle sólo un 10%. Mi amigo no quedó conforme y entonces empezaron a buscar alternativas. Así, descubrieron que como la empresa estaba vendiendo menos y produciendo menos, podía reducirle su jornada laboral. Mi amigo recibió un aumento menor al que buscaba, pero trabaja sólo seis horas diarias y está mucho más tranquilo.

Ponerse de acuerdo

En la vida cotidiana estamos todo el tiempo poniéndonos de acuerdo. Cualquier sociedad civilizada se basa en los acuerdos tácitos o explícitos que posibilitan que los seres humanos convivan. Las parejas, amigos, empresas y organizaciones, entre otros, funcionan sólo cuando la gente que compone esa “sociedad” tiene la capacidad de negociar. Cuando eso no sucede, lo que unía a ese grupo de personas se disuelve o se rompe.

La Argentina acaba de culminar un nuevo proceso eleccionario. Y más allá del resultado, me animo a decir que fue la campaña más pobre y vacía de propuestas desde 1983. No se discutió una sola idea. Apenas al final se abrió un mini debate sobre la estatización de empresas públicas. El resto fue un sinfín de discusiones sobre temas que sólo nos interesan a los especialistas: las candidaturas testimoniales, dirigentes que no culminan su mandato, cambios de distrito… Y todo esto generó mucho desconcierto en la ya muy confundida ciudadanía.

Unos días antes de las elecciones di algunas charlas en varias organizaciones sociales intentando clarificar el panorama electoral. Participaban un promedio de 30 personas en cada una. Antes de arrancar con mis conferencias, pedía que levantaran la mano aquellos que creían saber qué se votaba. Para evitar que la gente se incomodara, aclaraba que no me importaba si sabían o no, que no les tomaría prueba y que sólo quería que me contaran si creían saber qué se votaba. Sólo en una de mis charlas levantaron la mano la mitad de los que estaban; en el resto, apenas dos o tres manitos solitarias quedaron arriba. Conclusión, la gente no sabía qué era lo que se elegía. Más allá de mi percepción, una encuesta hecha 10 días antes de la elección por la Universidad de Belgrano reveló que el 46% de los porteños no podía mencionar a más de un candidato.

¿Pero por qué tanta confusión? ¿Son todos los ciudadanos ignorantes? Esa podría ser una respuesta, pero alguna vez un profesor me enseñó que si de un curso de 30, reprueban 25, el problema no es de los alumnos sino de los profesores. En este caso, si la mayoría de la gente no puede identificar qué es lo que se vota y no conoce a los candidatos, lo que falla no es la gente sino el sistema.

Espacios e ideas

Hace un tiempo escribí que era necesario fortalecer a los partidos políticos. Y creo que finalizadas estas elecciones, el peso de los hechos vuelve a demostrar esa necesidad: los políticos deberían dejar de jugar al solitario y empezar a trabajar en equipo. Como mencioné al principio, vivir en sociedad implica necesariamente que nos tenemos que poner de acuerdo entre nosotros. Todo el tiempo en nuestra vida cotidiana negociamos con alguien. Pero en política esto parece ser una misión imposible, no sólo entre adversarios sino también entre quienes dicen estar en un mismo espacio. Incluso los aliados no se hablan entre sí; pareciera que existe un abismo de distancia entre todos y cada uno de los dirigentes. No hay nada, absolutamente nada, en lo que puedan pensar de manera similar y tirar para el mismo lado.

Hoy la política argentina no se juega en el terreno de las ideas sino de los odios, simpatías y empatías personales. Y eso dificulta aún más la organización de espacios que atraviesen a más de una persona.

¿Pero se les puede echar toda la culpa a los políticos? En parte sí, porque ellos son los responsables de gestionar lo público, lo que es de todos. Pero, como comentaba un poco más arriba, cuando nadie puede pasar un examen, la culpa probablemente no sea de los alumnos sino del profesor o del método de evaluación.

Volvamos al sistema. Tal vez haga falta hacer algunas reformas para fomentar que la gente se junte en partidos políticos y desalentar la presentación de espacios unipersonales.

No hacen falta cambios gigantes como los que algunos pensaban en 2001, sino pequeñas modificaciones metodológicas: si los ciudadanos no saben qué se vota, difícilmente puedan dotar de legitimidad al sistema.

Pequeñas reformas

¿Qué cambios habría que debatir? Terminar con los traspasos indiscriminados de distrito para evitar que –sólo porque un candidato mide bien en las encuestas- se mude de provincia para obtener un cargo. Eso posibilitará el surgimiento de nuevas caras.

Prohibir saltar de un cargo a otro sin finalizar los mandatos; o al menos, impedir los pases de puestos ejecutivos a legislativos. Parece ya un clásico que los vices dejen el rol para el que fueron votados, y se presenten para otra cosa.

Limitar la participación de ministros como candidatos es otra necesidad imperiosa. O al menos que renuncien antes de comenzar la campaña. No creo que un tipo que está 20 horas diarias haciendo campaña pueda dedicarse a gestionar su área.

Pero hablando del fortalecimiento de los partidos, se vislumbra un problema aún mayor. Hoy existe un sinfín de candidatos que se dicen peronistas y están afiliados al Partido Justicialista, pero luego –como no tienen lugar en las listas de su partido- consiguen algún amigo que les presta una sigla partidaria y se presentan por un espacio al que no pertenecen. Así, los argentinos nos acostumbramos a que cualquiera puede ser aspirante, aún sin tener una base de representación partidaria. ¿Pero de qué manera se puede evitar que esto suceda? Es muy sencillo. Impidiendo la presentación de candidatos que no sean afiliados al espacio político por el que se postulan. Así, se termina esta historia de que haya más de un aspirante por partido y que las internas de los espacios políticos se definan en la elección general.

La forma de votar también reclama cambios. La boleta única o el voto electrónico pueden ser opciones para terminar con algunas prácticas nefastas y eliminar la confusión de las listas sábanas horizontales (también llamadas “colectoras” o “espejo”). (Para ver más información sobre esto, clickeá acá->1028]

Juntos es mejor

En definitiva, todas estas medidas redundarían en un fortalecimiento de los partidos políticos y desincentivarían la personalización de la política. La ciudadanía tendría más claro qué espacios políticos se presentan en cada elección, evitándole memorizar cientos de nombres que en dos años terminan desapareciendo del mapa político electoral.

La mayoría de estas ideas de reforma no surgen de mi mente trasnochada, sino que ya están presentadas en el Congreso. Es cuestión de que los legisladores se sienten a debatirlas.

Vivir en sociedad implica ponerse de acuerdo. Si no lo hacemos, es difícil que nuestro país pueda progresar y mejorar. Lo que no implica resignar nuestras ideas, sino ir trabajando para que ellas se concreten: convencer al otro de que lo que proponemos es mejor y no imponérselo. Eso no sólo hará que vivamos con mayor tranquilidad, sino que también permitirá que –cuando se vayan produciendo los cambios- éstos sean más duraderos en el tiempo. Caso contrario, el próximo gobierno destruirá todo lo hecho por el actual y así sucesivamente.

¿Es esto una utopía? Creo que no. Mientras en la Argentina transitábamos una elección en que se elegía entre personas con propuestas dudosas e ideas difusas, en nuestra hermana Uruguay se vivía una interna abierta sin precedentes, en que los sólidos partidos políticos uruguayos definían quiénes serían los candidatos a presidente. Terminado el escrutinio, los perdedores ofrecieron su máxima colaboración a aquellos que resultaron vencedores. Ese es el modelo que sería bueno para la Argentina. Y no hay que ir a buscarlo al hemisferio norte.

Ilustración: Hernán Pitarque

+Info

Algunas notas que reflejan lo que sucedió durante las elecciones legislativas:

Diario La Nación

Infobae

Diario Clarín

Página 12

Una encuesta de la Universidad de Belgrano acerca de las elecciones legislativas 2009

Una nota de OSJ relacionada con la temática:

Fortalecer a los partidos políticos

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