Últimamente en esta sección editorial, por desgracia, tenemos que referirnos a catástrofes naturales que son devastadoras para algunas regiones de la Argentina. El mes pasado el tema fue Tartagal, un distrito del noroeste del país que fue arrasado por un brutal temporal.

Esta vez el tema se corrió un poquito más al Este, más precisamente en la provincia del Chaco, donde se detectó una epidemia que está expandiéndose lentamente al resto del país: se trata del dengue, una enfermedad que se transmite a través de un mosquito y que fue creciendo con los años, a la par de la pobreza de la Argentina y el incremento de las temperaturas. Si bien los primeros focos se encontraron en Chaco, en provincias como Mendoza, Santa Fe, La Rioja, Corrientes y Tucumán, hay decenas de pacientes en observación. Y también se detectaron casos en Buenos Aires.

El dengue es transmitido por el mosquito hembra Aedes aegypti y produce fiebres altas, dolor de cabeza, de articulaciones y músculos, y genera una sensación de tener los “huesos rotos” (en algunos lugares lo denominan el “rompehuesos”). Si no se detecta y trata a tiempo la enfermedad, puede ser letal. Pero si se trabaja de manera adecuada, las estadísticas dicen que sólo es mortal en uno de cada mil casos.

El dengue es una enfermedad asociada a la pobreza. El mosquito deja sus huevos en aguas estancadas: palanganas de agua, botellas destapadas, llantas en que se depositó agua, entre otros. En zonas sin redes de agua potable es más común que se acumule líquido, lo que redunda en una amplificación de las posibilidades de expansión del mosquito.

También está asociada al cambio climático. El Aedes aegypti,como el resto de los mosquitos, tienen más probabilidades de sobrevivir en zonas húmedas y calurosas.

Como se señalaba ante la tragedia de Tartagal no se puede decir que esto sea culpa de las autoridades locales o nacionales. Pero sí se les debe exigir a los gobiernos que tomen medidas claras y contundentes para que este virus no se siga expandiendo. Esto implica en primer lugar no intentar ocultar ni tapar el problema, sino reconocerlo. En segundo lugar, desarrollar un adecuado plan de atención de la emergencia y prevención. En tercero, hacer las obras de infraestructura necesarias para que este tipo de enfermedades asociadas a la pobreza no sigan expandiéndose.

No es culpa de las autoridades que esta ¿epidemia? se haya desatado. Pero es responsabilidad de ellos y ellas canalizarla de manera que sus efectos sean lo menos letales posible.