Una yanki vino a vivir a la Argentina y estuvo trabajando en Ciudad Oculta, una de las villas (asentamientos ilegales) más importantes de Buenos Aires. En base a su experiencia elaboró su tesis universitaria y en este artículo comparte su vivencia con nosotros. ¿Por qué dentro de Buenos Aires conviven dos ciudades tan distintas? “Es un esfuerzo humilde para unir estos dos mundos”, dice la autora, que además nos invita a bajar su trabajo completo.

Cuando vivía en Buenos Aires, sentía a menudo que tenía una doble vida. Si no era una doble vida, era una vida, por lo menos, que se estaba viviendo en dos mundos distintos. Podríamos decir que el primer mundo se representaba por la querida casa—hermosa y con terraza—que yo llamaba home, que se encontraba en el barrio residencial de Boedo. “Tarija”, le decíamos a la casa; era un término que derivaba simplemente del nombre de su calle, pero que me resultaba familiar y atractivo cada vez que lo escuchaba.

Después de todo, para mí Tarija significaba cosas muy buenas, como por ejemplo estar rodeada por gente que adoraba. Dani y Darío, los chicos argentinos que manejaban la casa, eran dos porteños de veintitantos años —agudos, graciosos y extremadamente lindos— que estudiaban historia y sociología en la UBA; eran mis mejores amigos, mi familia. Por ellos, llegué a conocer a un grupo de jóvenes intelectuales argentinos de clase media, la mayoría de los cuales estudiaban letras o ciencias sociales, y que tenían un nivel bastante alto de inglés por lo que siempre me dejaban impresionada (al parecer, la mayoría habían ido a institutos privados de inglés cuando eran niños). Con gente como ellos, sumado a los europeos que solía cruzar en Tarija o en la ciudad, estuve en incontables cenas y fiestas nocturnas donde discutíamos repetidas veces sobre la cultura argentina y la política internacional. Juntos formábamos un grupo bastante cosmopolita y ambicioso: todos teníamos el mismo impulso y las mismas ansias de estudiar y conocer el mundo. Para mí, éste era el “Mundo 1”.

“Mundo 2”, el otro mundo en el que también pasaba bastante tiempo, pero que no tenía nada que ver con el primero. Geográficamente, el Mundo 2 sólo se encontraba a 25 minutos en colectivo de mi pequeño y pintoresco Mundo 1 de Boedo. Mi mundo 2 era un centro comunitario que quedaba al lado de Ciudad Oculta, una de las villas más grandes y peligrosas de Buenos Aires que está ubicada entre Mataderos y Villa Lugano. Aunque la distancia física que los separaba no era tanta, Ciudad Oculta era un lejano lamento de Boedo.

Cada vez que me acercaba a Ciudad Oculta con el 97, me llamaba la atención cómo iba cambiando la geografía: ya no se veían los altos edificios que caracterizan a la ciudad, y en lugar de las cafeterías, librerías y de las boutiques chetas que suelen encontrarse en Palermo Soho, la mayoría de los negocios de este barrio de clase obrera eran supermercados, quioscos, estaciones de servicio, talleres de reparación y alguna que otra cafetería que le daban al lugar un aire triste y decaído. Pero lo más llamativo era cómo iban cambiando las personas: el color de su piel se oscurecía, aparecían mujeres más gordas, la higiene bucal bajaba visiblemente, y a diferencia del estilo de vida elegante del porteño típico, esta gente -que andaba más despeinada- demostraba humildad y llevaba el cansancio de haber trabajado duro.

Entre los adolescentes de la ‘villa’—el término general que se utiliza para los asentamientos de emergencia en la Argentina—las diferencias eran aún más marcadas. Estos chicos, que casi no hablaban una palabra de inglés —aunque el inglés es una asignatura obligatoria en las escuelas públicas— parecían hablar un castellano mucho más rápido e incomprensible. Los varones en particular tenían una forma de vestirse muy distinta: llevaban zapatillas de marca Nike, baggies, cadenas de oro y gorras de béisbol; un estilo que me recordaba a la ropa que usa en los barrios urbanos de los Estados Unidos.

Al principio, cuando empecé a relacionarme con los chicos de la villa, no percibí ninguna diferencia importante en relación a otros adolescentes “normales”. Es decir que a pesar de su forma distinta de hablar y de vestir -y de su sentido del humor que era un poco más descarado- por lo general parecían estar involucrados en las mismas cosas que típicamente caracterizan la vida juvenil. No fue hasta que empecé realmente mis ‘investigaciones’ —esto es, cuando me senté a hablar con ellos acerca de sus vidas— que me di cuenta de mi equivocación. La vida de estos chicos era de todo, menos normal.

Durante mis conversaciones con ellos, hubo algunos momentos claves me resultaron tan asombrosos como reveladores; eran momentos en que ellos eran lo suficientemente valientes y abiertos para compartir conmigo algunos de los aspectos más íntimos y tristes de la realidad que vivían diariamente. Recuerdo cuando le pregunté a Fernanda, una adolescente de 14 años, qué era lo que menos le gustaba de la villa. “La muerte,” me contestó. Sari, 16 años, fue otra de mis entrevistadas. Cuando tenía 9 años su familia decidió irse de la villa porque a su hermano mayor, que había sido testigo de un asesinato, lo mataron para que no hablara. Cuando le pregunté cómo había sido su vida en la villa, me contestó con lo siguiente:

“Como que en la villa es re común que maten a un pibe o salir a robar… capaz que matan a alguien y te vienen y te lo cuentan y es como que… no sé… uno se fue a comprar cigarrillos o se fue a comprar caramelos. Eso se ve cuando vivís adentro… como que es re común…

“Pero cuando te vas a vivir afuera, empezás a pensar, ‘¿Cómo te lo pueden contar así? ¿Cómo que pueden salir a robar? ¿Cómo piensan así?’ Yo cuando vivía en la villa era re común, pero cuando vivís afuera… nada que ver. Por eso la gente que tiene plata ve a la gente de la villa así.

“Para la gente en la villa es re común… que se agarren a las piñas por el respeto. Suponete, si tenés problemas con alguien, se agarran a las piñas, te ganan, y después te pegan un tiro. ¡Eso no está bien!”

Cuando terminaba de hablar con los chicos, las conclusiones a las que llegaba eran alarmantes y desgarradoras. Casi todos habían experimentado la muerte directa o indirectamente: todosconocían a gente que había sido asesinada o habían visto muertos tirados en la calle; la mayoría había perdido a personas importantes en sus vidas, como a un mejor amigo o a un hermano. Además, muchos dijeron que las drogas habían arruinado las vidas de una gran cantidad de personas y se quejaban de no poder andar tranquilos por su barrio; me contaron que los entristecían los robos, las peleas y los asesinatos que veían, los que siempre quedaban impunes. Lamentaron la violencia de la calle y en la escuela, y dijeron que no soportaban la corrupción de la policía. Una chica peruana de 17 años, Caro, me contó lo siguiente:

“¿Viste? No podés dormir tranquilo porque a la noche escuchás tiros… o están robando y alguien grita afuera y pide que lo ayuden y como no podés, te sentís mal. Se escucha ‘¡Ayúdenme, ayúdenme!’ Pero si por ahí vos te metés, los problemas vienen a tu casa…

“Y cuando esas cosas pasan, llamás a la policía pero ellos no entran… no te dan bola… es feo. Por ejemplo ayer dos chicos le estaban pegando a su mamá… la señora no podía salir de su casa y entonces llamaba a mi mamá… ella salió por la ventana, se agarró fuerte y decía, ‘Ana, ¡ayúdame, ayúdame por favor! ¡Me están matando!’ Los chicos le gritaban y le pegaban más. Y yo no sabía qué hacer… yo me sentía re triste… encima verle gritar así… yo me puse re nerviosa… estaba re mal…”

De muchas maneras, la vida diaria de estos chicos es una batalla constante contra la inseguridad de la villa y contra la falta de un futuro; es una batalla que deben lidiar para sobrevivir emocional y físicamente. Sin embargo, a pesar de todos sus problemas, la mayoría parecían ser bastante equilibrados: siempre lograban sonreír y hacer chistes. Creo que justamente por eso eran mis héroes. Es decir, a pesar de que sufrieron tanto y que fueron testigos de cosas horribles, no dejaban de ser divinos, hermosos.… Y cada vez que me iba de Ciudad Oculta—Mundo 2— me daba cuenta que tenía la necesidad de alejarme emocionalmente de la realidad de la que había sido parte por unas horas. Tal vez lo hacía por razones emocionales prácticas, o tal vez también por cobarde.

Después de todo, temía que el Mundo 2 y el Mundo 1 se cruzaran. Sospechaba que los de Mundo 1 veían a los del 2 de forma arrogante; es decir, sentía que los pibes de la villa les daban asco y miedo a mis amigos del Mundo 1. La primera vez que le conté a alguien del Mundo 1 que trabajaba en Ciudad Oculta, se rió, hizo unos gestos de disparos, y me dijo: “Cuidado Amy, que no te peguen un tiro”. Y aunque sabía que no tenía malas intenciones, su respuesta me desconcertó: en ese momento, me di cuenta cómo la violencia de la villa había logrado -para la sociedad argentina- deshumanizar, hasta un nivel extraordinario, a los habitantes de la villa.

Por lo tanto, y en un esfuerzo humilde para unir a estos dos mundos —sobre todo, para humanizar a los de la villa— les presento el análisis etnográfico que realicé a partir de mi experiencia. Espero que este trabajo sirva de punto de partida para una especie de conversación entre los del Mundo 1 y los del Mundo 2: es decir, entre argentinos de clase media y los de la villa. Para mí, es fundamental empezar a involucrar al otro, empezar a conocerlo.

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Acá te podés bajar el trabajo completo de Amy Hong (en Inglés)

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Tesis de Amy Hong

La Fundación PH15 es una organización que cree en la educación a través del arte como medio de inclusión social. El proyecto empezó en agosto de 2000 por iniciativa de un grupo de chicos de Ciudad Oculta que querían aprender fotografía. Acá te mostramos algunas de las obras que hicieron los chicos

Una página para que conozcas más sobre Ciudad Oculta