Por Branko Andjic

–¿Ves lo mismo, o tenemos que movernos a la sombra?

El otro policía asiente y sigue masticando. Sentado al lado del chofer, tiene abierto el diario en las piernas y en una caja plástica, pedazos del pollo rebosado.

El del volante se saca los anteojos oscuros y con un pañuelo arrugado limpia el sudor de su cara enrojecida. En el fondo descolorido del desierto, fija su mirada en el punto rojo vivo que está creciendo rápidamente en la ruta. Mientras busca ayuda de largavistas, el cuadro minimalista reverbera con el calor agobiante del mediodía.

–Un negro en una Ferrari Testarosa roja –dice.

–En Alabama –dice el otro. Se limpia la boca, las manos, junta el papel de diario y los restos de pollo en una bola y la tira por la ventana de su lado.

–Va rápido, ¿eh?

–Y vos ¿qué crees?

–Demasiado, ¿eh?

–Lo paramos, si quieres.

–¿Lo paramos?

–Y vos ¿qué crees?

Salen lentamente del coche, como en cámara lenta, y se acercan a la Ferrari parada al otro lado de la ruta. El del largavistas (que ahora de nuevo tiene puestos los anteojos oscuros) se para al lado de la puerta del conductor que mantiene silencio y ambas manos en el volante, bien visibles. El policía observa el pantalón de lino negro del conductor y un pequeño cocodrilo verde en su polera amarilla. El conductor sigue sin mirarlo, esperando.

El del pollo da una vuelta alrededor de la Ferrari. Ve en el asiento de atrás del conductor un estuche de forma alargada. Se pregunta qué tipo de arma cabe adentro.

–Un coche bonito –dice el policía de anteojos–. ¿Es tuyo?

El conductor apenas asiente. Su cabeza negra permanece en la sombra.

–¿Dijiste algo?

–No –dice el conductor.

–Entonces, decime, ¿de quién es este coche?

–Es mío. –El conductor saca lentamente su documento del bolsillo del pantalón, como en cámara lenta, y lo alcanza al policía.

–¿Tuyo, eh? ¿Y por qué no nos dices qué haces en la vida para ganarte una belleza como ésta?

–Soy músico.

–Músico, ¿eh? –El policía saca sus anteojos y busca la mirada de su socio.

–Sí, de jazz. Esta es mi trompeta –dice el conductor y al mismo tiempo hace un movimiento con su cabeza en dirección al asiento de atrás.

El del pollo se acerca a la ventana del conductor y le dice:

–¿Por qué no nos muestras?

El de anteojos observa primero a su socio, luego al conductor y dice:

–Sí, ¿por qué no?

–Mostrar ¿qué? –pregunta el conductor sin mirarlos. Lentamente, como en cámara lenta, se da vuelta y abre el estuche. El bronce de la trompeta brilla en sus manos.

–Mostranos cómo se gana una Ferrari tocando… –La cara del policía que comía pollo se estira en una ancha sonrisa, como si acabara de entender un chiste muy gracioso.

–¿Hice una infracción, oficial? –pregunta el conductor sin dejar la trompeta.

–No sé. ¿La hiciste? A vos ¿qué te parece, Virgil?

–Me parece que hace mucho calor, Nathaniel. Mejor escuchemos cómo suena esa trompeta del señor músico.

Si los hubiera mirado, el conductor podría haber visto a los dos policías al lado de su coche, acariciando los dos las hebillas de sus cinturones, esperando el inicio de la función.

–Mejor que esto sea bueno –Nathaniel le dice a Virgil.

–¿Sos bueno? –Virgil le pregunta al conductor.

–El mejor –responde el conductor y, al pronunciar las palabras, sus labios se cierran alrededor del pito de la trompeta y del otro lado del instrumento sale un sonido inverosímil, una nota única que no sube ni baja, no se fortalece ni amaina, no termina, sólo sigue así sin caerse, en el fondo descolorido del desierto, mucho tiempo después  de que Virgil y Nathaniel primero escuchan, luego se miran, se encogen sus hombros, se alejan un poco de la Ferrari, y por fin entran en su coche, arrancan y se pierden en la nube de polvo sin siquiera darse cuenta de que Miles es el único que sabe tocar una nota donde todos demás tocan dos.