De Pablo Gentili

Ese día que conocí a Ramón. Mi conferencia había concluido en el Teatro del Águila, en Medellín, y compartía una animada tertulia con compañeros de algunas organizaciones populares colombianas. Ramón era parte del grupo que me había invitado, siendo activo militante de una ONG dedicada a la defensa de los derechos humanos en una de las tantas regiones del país arrasadas por la guerra, el intervensionismo imperial y la indiferencia. Mientras lo escuchaba, pensaba que tenía todo lo que una mujer podía desear y lo que un hombre convencional podía envidiar: hablaba poco, pero de forma muy articulada; sus palabras no tocaban asuntos importantes, simplemente, los acariciaban; su cuerpo marcaba el contorno de la geografía antioqueña (en algún momento dijo, y yo entendí, que había sido durante muchos años profesor de educación física); su altura combinaba con su risa franca, y su risa franca con el color dorado de su piel. Dijo ser soltero.

La noche nos encontró en el cerro Nutibara, compartiendo una botella de ron de Caldas y hablando de temas políticos esenciales, a cada uno de los cuales fuimos encontrando perfectas e inéditas soluciones. Mientras la bebida se mezclaba con el rocío del calor tropical, iniciamos una inevitable discusión acerca del tango; tema, por cierto, convencional cuando un paisa y un rioplatense se encuentran. Medellín y Buenos Aires comparten pasiones comunes. De hecho, para un porteño, más allá de algunos detalles arquitectónicos y del número de psicólogos por metro cuadrado, Medellín suele ser tan familiar como el gusto del mate cocido. Independientemente de las eventuales controversias que el tema generaba, nuestra charla, de hecho, confirmaba el parentesco (Ramón, por ejemplo, se empeñaba en convencerme de que Gardel había nacido en Tacuarembó y muerto en Medellín, posibilidades que yo consideraba absolutamente improbables, dada su precaria y refutable comprobación empírica).

La botella se consumía fatalmente, cuando decidí cambiar de asunto y preguntar sobre la razón de la extraordinaria belleza de las mujeres colombianas.

Ramón, sorprendentemente, dejó de sonreír. “Estoy en problemas, hermano”, dijo. Sin comprender demasiado, lo interrumpí haciendo un estúpido comentario sexista que ya ni recuerdo. “No, no me entiendes”, continuó, “estoy jodido, hermano”.

Su relato fue llenando el cielo del cerro Nutibara.

Contó que unos meses atrás fue, como todos los años, al carnaval de Barranquilla. Una fiesta que dura varias semanas. Todas ellas alimentadas de cumbias, congos, garabatos y mucho calor. De danzas de negros, de indios, del son de farotas, con sus hombres travestidos, inclinados hacia delante pero sin doblarse, como sutil venganza al abuso de las mujeres indias por parte del hombre blanco colonizador, sin gracia en el cuerpo ni en el alma.  Noches eternas de cumbiamba, con el sereno menear de las caderas, de los pies que se deslizan suavemente, dejando las marcas de los amores que vendrán y la tristeza de los que se fueron. El carnaval, contaba Ramón, es vida y muerte. Es la unidad de los opuestos. Es la mirada hipnotizada en la pollera de la mujer que amás por algunos segundos, sin que ella lo sepa. Es el silencio cómplice de un beso que se oculta en el brillo de la luna. Una luna que derrota la claridad del día y su permanente monotonía. Es la victoria del balanceo tenue de la cintura sobre la rigidez frenética del pensamiento. De la caricia sobre la palabra. De la guacharaca y del tambor sobre la orquesta de cuerdas. De la alianza indestructible entre el cuerpo desnudo y el disfraz. Entre la realidad y la promesa. Entre el enfrentamiento y la reconciliación. Es el sonido del paloteo, que simboliza el enfrentamiento entre las naciones y el patriotismo. El ritmo negro del Mapalé. La exaltación de la unidad y lo diverso. Es el desprecio a toda forma de diáspora. Es la victoria definitiva del color y de la risa sobre la penumbra que entristece las almas y derrota los sueños.

“En Barranquilla”, siguió Ramón, “el río Magdalena y el mar del Caribe se unen sensualmente, instalando el principio dogmático del derecho al amor eterno y a la infidelidad. Y fue allí donde amé a Camila, a Pilar y a Sol, que yo llamaba Tomasita, porque la conocí en la Danza del Caimán, cuya historia, si quieres, después te cuento. Y, aunque el carnaval en Barranquilla nunca termina, yo tuve que volver a Medellín”.

El ron iluminaba la mirada de Ramón. Sus ojos se llenaron de lágrimas. “Soy soltero, es verdad, pero ahora tengo tres hijas. Nacieron hace dos meses, con dos días y tres horas de diferencia: Blanca, Catalina y Sofía. La naturaleza, en el carnaval de Barranquilla, no perdona. El Caribe, dijo, tiene un inmenso poder fecundador. Y se dio lo que nunca imaginaba. Fue una noche de amor con cada una, aunque con Sol fue casi de madrugada. Qué ricas aquellas noches. Qué rica la madrugada con Sol. Lo supe muy sobre la hora, justo cuando estaban naciendo. Y las tres nacieron casi juntitas, sólo separadas por la distancia. Una en Cartagena, otra en Santa Marta y otra en Riohacha. Lejos de aquí, lejos de mí. Estoy jodido, hermano. Me volví padre sin saberlo y tres veces seguidas, con dos días y tres horas de diferencia. Las amé a las tres: a Camila, a Pilar y a Sol. Creo que las sigo amando. Aunque lo único que quiero es estar con mis hijas. Porque ahora soy el papá de cada una de ellas. Y quiero serlo para siempre. Y las quiero bautizar. Y darles mi nombre; mostrarles, a pesar de todo, mi dignidad. Voy a ser un papá bueno. Te lo juro, hermano: un papá bueno. Ellas son lindas como la noche de Barranquilla. Quiero ser un papá enorme para las tres. Un papá triple. Les voy a regalar mi vida. Y todo mi amor. Quién diría, hermano, vos y yo, un paisa y un porteño, aquí, llorando bajo la luna. La paternidad es una experiencia revolucionaria; es la derrota del mito que nos condena a tener que mostrar nuestras supuestamente heroicas cualidades de macho inmortal. Hoy, más que nunca, me siento vivo: resucité. Brindemos”, dijo Ramón, mientras enjuagaba sus lágrimas y bebía las últimas gotas de ron. Por la vida. Por el carnaval. Por ellas.

El silencio y la luna reinaban sobre el cerro Nutibara. Nos fuimos caminando sin rumbo fijo. Hablando de temas esenciales: la risa de los hijos, las ganas inacabables de abrazarlos, el amor perfecto de sus caricias. Mientras tanto, sobre la costa norte, las noches de Barranquilla continuaban su ritmo cumbiero. Allá, donde el río Magdalena y el mar del Caribe se juntan para contarse éste y otros tantos secretos.