Recibir, dentro de un inocente sobre o titilante en la pantalla como correo electrónico, una cadena de la suerte, no es exactamente lo mismo que ser afortunado.

El fenómeno tiene ese nombre porque, aunque propone una forma de proliferación más afín con la imagen de una red infinita, produce la incómoda sensación de encadenar a sus destinatarios. En cuanto a la suerte proclamada, debe ser entendida en su sentido más general y abierto: puede ser favorable o adversa, y ello parece depender, según la filosofía de la cadena, de dos factores de convergencia solidaria: la voluntad de los corresponsales y su fe.

“Ésta es la cadena de la buena suerte” suele ser un comienzo frecuente, y el que lo lee advierte de inmediato (un desagradable cosquilleo se lo dice, inequívoco) que lo que tiene en sus manos es una pequeña brasa de la que deberá desprenderse cuanto antes.

Toda cadena contiene, por lo menos, estos elementos:

una presentación, el mito de su origen, la garantía o la promesa de sus efectos benignos, la certeza o la amenaza de las catástrofes que sobrevendrán a los que se sustraigan a su mandato.

De manera adicional, puede incluir un conteo de su propia circulación, consejos secundarios, eventuales técnicas de copiado, algún objeto mágico o talismán: una moneda de baja denominación (la cadena de San Martín de Porres), una vela (la de San Cayetano).

No es broma

El fin declarado de la cadena es beneficiar a sus destinatarios, siempre y cuando se conviertan en disciplinados remitentes. Su objeto real es otro y queda dicho en la condición anterior: transformar a cada pasivo destinatario en un agente voluntario del sistema, en un militante ocasional.

En otras palabras: la cadena sólo busca perpetuarse. Su modelo reproductivo amplifica la cariocinesis que, como se sabe, a partir de una unidad que se divide en dos (y así sucesivamente) excluye toda alternativa seminal. No hay amor en estas cartas impersonales, aunque se lo declare: sólo compulsión.

“Esta cadena la manda un sacerdote y debe dar la vuelta al mundo”, proclama, humilde, una de ellas. Pero otras no se contentan con tan poco. “Esta cadena ya ha dado la vuelta al mundo siete veces y ahora ha llegado a ti.” La noticia es, en sí misma, intimidatoria. ¿Cómo atreverse a sabotear semejante logro cuando el itinerario ha decidido -bendición o maldición- pasar por el cuerpo de uno? Como toda ortodoxia, ésta prevé y condena la principal herejía que genera: interrumpir la serie.

“Esto no es una broma” o “Esto no es un juego” son frases reiteradas en el género. Y para demostrarlo, nada mejor que la casuística. “Un oficial de Panam recibió 170 millones de dólares después de enviar las copias a sus amigos.” “Los Elliot recibieron 20 millones por no haber roto la cadena.” En cambio, “En Filipinas, Cana Walap perdió a su esposa luego de una enfermedad de seis días a contar desde el día en que recibió la cadena. Falló en hacerla circular entre amigos y conocidos, pero antes de esa muerte recibió siete millones de dólares.”

Como se ve, el monstruo cultiva la ironía: la suerte prometida ha llegado, pero con un plus como réplica al descreimiento y la desobediencia.

Un dilema fatal

En su afán conminatorio, la lógica de la cadena enloquece, devorándose a sí misma. ¿Quién transmite la cadena? En un plano inmediato, está clarísimo: el eslabón destinatario-remitente. Pero, más hacia atrás, ¿quién la inicia, escribiéndola por primera vez? Aquí entra a tallar la novela del origen que el género cultivan con celo. En general, se trata de un misionero. Ahora bien, si la misión de cada eslabón es la de un respetuoso copista, entonces el texto original permanece inalterado.

Grave problema: la cadena del amor asegura haber dado diez veces la vuelta al mundo (¿por dónde?, ¿por los círculos polares o por el ecuador? ¿Cómo una red puede dibujar una línea?). Aceptemos, igual, el dato. Pero ¿cuándo ocurrió eso? Si el texto es siempre el mismo, la cadena -como muchas ideas- nació vieja y baqueteada, con las diez vueltas dadas. Y nunca dará la oncena.

Yendo más a fondo, ¿qué pasa con Debora Falhills, que “recibió la cadena y al no creer en ella la tiró y murió en nueve días”? Concretamente: al leer la copia, ¿Debora vio escrito su destino y tomó la única decisión posible, equivalente en su caso al suicidio? Porque, para ella, continuar la cadena hubiera significado, horror de horrores, algo peor que cortarla: contradecirla.

Ahora, si se prefiere suponer que, en el momento de recibir la copia, Debora no leyó en ella su propio caso, la conclusión es desconcertante: entonces no recibió nada, o recibió otra cadena, no ésta, ya que el sistema no prevé la ampliación de su texto sino tan sólo su respetuoso copiado. Una prueba: en la era Xerox, muchas piezas llegan en condiciones de muy precaria legibilidad.

El drama insoluble de Debora, su dilema fatal, contrasta con la actitud sospechosa de Cana Walap: para él, la cadena fue la crónica de una muerte anunciada, y además con recompensa. En ese caso, su desidia raya el uxoricidio. Hoy, seguramente, goza de una viudez acomodada. Los siete millones lo habrán ayudado a elaborar el duelo y quizá a mitigar la culpa.

Una cuestión demográfica

Entre los muchos candores del género figura su modelo imaginario de crecimiento, que no es uno de sus menores equívocos. Las cadenas se piensan a sí mismas (contra el propio sistema que instauran) en un avance aritmético. Una que circula por correo electrónico exige que cada eslabón envíe dentro de los cuatro días de recibida quince copias; otra, por correo convencional, veintisiete, dentro de los nueve días (y admite fotocopias). Por poco que se calcule, se llega enseguida a un abismo exponencial.

Veamos: la de cuatro días por quince copias enumera seis casos, cuatro de felices secuaces y dos de infaustos herejes. Si tomamos esta breve estadística como modelo interno porcentual de eficacia, podemos postular que dos terceras partes de los destinatarios se convierten en corresponsales. Comenzando con quince cartas y suponiendo, como hipótesis pesimista de correo de Tercer Mundo, que todas arriban a destino en quince días, con un índice de respuesta favorable de dos tercios, en menos de cinco meses la cadena ha cubierto la población actual del planeta. Eso, claro, si consideramos que nunca se superponen los corresponsales. Pero aunque hubiera un índice mediano de superposición, la progresión geométrica haría igualmente su labor implacable en muy pocas semanas más, acaso días.

Ahora, ¿dónde quedan, en este cálculo, los refractarios, los heterodoxos, los agnósticos, los infames relapsos? Son bajas. Mezquinos que reciben sin dar, su tasa de mortandad (y la de sus íntimos) moderaría la explosión demográfica, mejorando el radio de acción y el ritmo de avance de la cadena. En este punto, la historia de la cadena se confunde con la del mundo.

La conexión filipina

Todo esto, desentendiéndonos de un pequeño detalle: el idioma (para no mencionar otro, la religión; podemos intuir que el grado de influencia de San Martín de Porres o San Cayetano en Nepal o en Tientsin es más bien bajo). Conciente del problema, la cadena no carece de astucia. El ejemplo filipino es un verdadero comodín, porque permite citar un país lejano, exótico, asiático y no ajeno al español. Nueva Inglaterra (otra figurita repetida), no parece New England: suena como si dijéramos Colonia Suiza o Nueva Granada. Y California tiene un aceptable aire mexicano.

Queda en pie la pregunta: el más que desmañado castellano en que recibimos la cadena, ¿cómo pasó al alemán, al esquimal, al navajo, al chibcha, al noruego, al guaraní, al tagalo, al tai…?

No importa. La eficacia de la cadena no reposa en estas enojosas coartadas, sino en otros supuestos menos verificables. “La carta original se encuentra en Nueva Inglaterra”, certifican varias cadenas. En esa matriz textual -prodigio del verbo- está contenido, como en el Aleph borgiano, todo: la fortuna del oficial de Panam y de los Elliot, el desconsolado fin de Debora, la holgada viudez de Walap y hasta tu propia peripecia, alegre e irresponsable lector.