Marzo fue un mes conflictivo en América Latina y en la Argentina.

En la primera semana del mes fuerzas del ejército colombiano ingresaron en territorio del Ecuador y bombardearon un campamento de las FARC que se encontraba del lado del país vecino. La ofensiva fue vista desde el lado ecuatoriano como una invasión a su soberanía territorial. Colombia salió a denunciar que Ecuador apañaba a los terroristas. En el medio se metió Hugo Chávez, que movilizó a sus Fuerzas Armadas y expulsó al embajador de Colombia en Venezuela. Son situaciones subjetivas vividas en forma muy traumática por cada uno de los actores. A veces -desde afuera- es difícil tomar partido. Especialmente porque cuando empieza una ascensión de violencia, en determinado momento, ya no se discute más por contenido sino por poder.

En la última semana del mes, se desató en la Argentina un conflicto feroz entre el Gobierno y productores del campo. Para hacerla corta, el Gobierno argentino aumento los impuestos a las exportaciones de soja (principal producto de exportación) y el campo se sublevó: primero fue un paro masivo, luego cortes de ruta que impedían que los camiones transportaran alimentos. Incluso, pararon micros turísticos que estuvieron varados más de 12 horas en el medio de la nada, sin comida ni bebida. El Gobierno no cedió a las presiones. La escalada de violencia hizo que muchas personas en Buenos Aires salieran a cacerolear, en protestas que recordaban a diciembre de 2001. Luego grupos piqueteros salieron a despejar las calles en forma violenta. Nuevamente: son situaciones subjetivas vividas en forma muy traumática por cada uno de los actores. A veces -desde afuera- es difícil tomar partido. Especialmente porque cuando empieza una escalada de violencia, en determinado momento, ya no se discute más por contenido sino por poder.

Dos situaciones que a simple vista nada tienen que ver la una con la otra. Sin embargo tienen un denominador común. Ambas, por distintos motivos generaron espirales de violencia.

Tienen un denominador común y una solución en común: el diálogo. En éstos u otros conflictos, sólo si las partes se sientan a escucharse mutuamente y dialogar se puede arribar a una solución. Y no se trata de claudicar ni de bajar la cabeza o resignar posiciones. A veces, el solo hecho de escucharse permite que personas que creen pensar distinto se den cuenta de que no piensan tan diferente.

El ejercicio del diálogo es fundamental en cualquier sociedad democrática. Nuestra región conoce muy bien lo que sucede cuando esos diálogos se cortan.