Pekín es una de las ciudades más grandes de China y es reconocida como su capital cultural, política y social. Una colaboradora de Opinión Sur Joven viajó y cuenta qué similitudes y diferencias encuentra con las ciudades latinoamericanas. Los festejos en el año nuevo chino y el mito de la “tranquilidad y espiritualidad”.

Pekín tiene 22 millones de habitantes. Está repleto de edificios y no puede escapar de lo que persigue a toda ciudad moderna: la infatigable manta de smog. La idiosincrasia de su gente, los prolíficos letreros con caracteres chinos, las luces de neón y las grandes estructuras de cemento y vidrio, lo hacen un lugar como pocos en el mundo. Sin embargo, guarda con algunas ciudades de Latinoamérica parecidos evidentes y antinomias singulares.

¡Es la hora de gritarrrr!

Es más que conocido el hecho de que en Brasil se maneja rápido o que algunas rutas se tornan complicadas en los pasos de cerros donde cualquier desastre se espera al doblar esa esquinita fatídica que se abre al abismo. Por lo general, hay muchos camiones en esas rutas y es muy frecuente que haya algún que otro accidente.

En Pekín, así como en Brasil, el tráfico da que hablar. Pero no justamente por su velocidad sino por lo opuesto. La canción Manuelita, de María Elena Walsh, con esa cadencia acompasada y sentimental, podría aplicarse para las lentas y exasperantes calles de Pekín repletas de autos y gente. No es que los conductores sean prudentes (en cuanto ven una salida, no les importa si es necesario pasar por arriba a un ser humano). Tampoco es que, siguiendo a la antigua sabiduría china, se apele a la calma de espíritu y a la paz del alma. Todo lo contrario. Si el tráfico de Pekín es famoso por algo, es por la desbordante cantidad de vehículos que se agolpan en las calles, no permitiendo que la circulación sea fluida y organizada. No hace falta estar mucho tiempo para ver que el tráfico es un verdadero problema. Tomarse un taxi para cruzar 500 metros puede ser una travesía de media hora. Esto les debe sonar normal a los mexicanos que viven en DF.

Por suerte, no es frecuente que conductores chinos enojados se bajen con un arma y hagan un escándalo como sí sucede en algunos lugares de São Paulo en los que el tráfico, como en Pekín, también es lento. Por eso, en ambas ciudades hay numerosos helipuertos para los que pueden escapar del caos de la tierra.

Sin embargo, lo más caótico de Pekín es el subte en la hora pico. Si bien esto es característico de muchos lugares del mundo, aquí sí no tiene comparación. Las líneas de subte se colman y la gente se apelotona en los pasillos para luego aglutinarse dentro de los trenes. Es tanta la histeria colectiva, que hay personajes vestidos de amarillo encargados de contener a la turba y de aleccionar a quien se pase de histérico. Pero esto no es lo peor. Lo más terrible del subte de las 6 de la tarde son los gritos. Todos, además de empujarse, se insultan y se quejan elevando la voz de un modo que hace la espera y el viaje aún más caótico. Es característico escuchar una seguidilla de “rrrrr” enojosas y violentas -casi perrunas- ya que los pekineses hablan normalmente utilizando mucho este sonido. Un desprevenido y despistado turista podría imaginarse en el medio de una jauría impaciente y hambrienta.

Si se busca la paz… ¿Se la encuentra?

Mareados un poco por el tráfico pekinés, muchos deciden pasar el día en alguno de esos lugares interesantes que hacen famosa a la ciudad. ¿Qué podría inspirar más paz que un sitio que se llama “El Templo del Cielo”? ¿O aquel otro que se denomina “Palacio de Verano”, a donde uno imagina que iba el emperador cuando hacía calor para olvidarse de su triste vida de guerra y trabajo?

El Templo del Cielo fue construido en el año 1420 durante la dinastía Ming (1368-1644) y se desempeñó como su altar sagrado. Está rodeado de un gran parque y tiene, además del gran templo de tres pisos con la típica estructura china del techito con tejas que finaliza en punta -en el cual se pedía tiempo propicio para las cosechas-, otras dependencias para orar o buscar tranquilidad. Las áreas verdes están repletas de pinos y cipreses; y todo el lugar comprende 273 hectáreas. Los edificios más importantes sólo ocupan el 1% de la totalidad del terreno.

El Palacio de Verano, por otro lado, es un jardín imperial de la dinastía Qing (1644-1911) que fue construido en 1750 y cubre 290 hectáreas. Tiene 30 grupos distintos de construcciones y está dividido en tres partes: la zona administrativa, la residencial y la de turismo. Lo que distingue a este lugar del Templo del Cielo es el gran lago (llamado Kunming) al que desemboca toda la estructura de varios pisos y extraños vericuetos.

Por eso, cuando uno se encuentra con tanta inmensidad y cosa vieja (si seguimos pensando, como solía ser, que lo viejo alude a lo “sabio”) es imposible no pensar en paz y tranquilidad. Pero lo cierto es que estos lugares están tan llenos de turistas y chinos que van de paseo, que pocas veces se tornan solitarios y espirituales. Ni hablar si se los visita en época de Año Nuevo Chino. Las entradas y salidas son colmadas por gente de otras provincias que aprovechan el tiempo libre que les da el feriado y -¡peor que en el subte!- todo se transforma en un mar de gritos, empujones, multitudes y ruido. Algo parecido a lo que se experimenta cuando se va al Parque de la Costa, en Tigre, un día feriado de primavera, o lo que se siente en Montevideo los días de carnaval y calor, o el inmenso caos de visitar el Corcovado en Río de Janeiro un día que no es de playa.

Otro lugar en el que la paz jamás se encuentra (pero ¿acaso ahí se la busca?) es en la Plaza de Tiananmen y en la Ciudad Prohibida. Con una figura gigante del Mao – máximo dirigente del Partido Comunista de China y de la República Popular China- en la entrada dando la bienvenida, uno se siente en un mundo paralelo en el que muchísimos extranjeros y chinos caminan y caminan como en busca de algo. Hay, sin embargo, espacios más amplios y no siempre atestados de gente, pero como es una de las principales atracciones turísticas de Pekín, es inevitable que la paz o el espíritu no se encuentren.

La cereza del postre

La verdadera cereza de este postre de caos y desborde es el Año Nuevo Chino. El que empezó el 2 de febrero es el año del conejo. No es infrecuente encontrar en todos lados figuras de conejos y liebres para celebrarlo. A diferencia de Occidente, donde la fiesta de año nuevo dura un día (el último día del año, claro), acá en China se prolonga casi por dos semanas. Son casi 14 días de (¡por fin!) una pseudo-paz y silencio.

Incluso en un lugar tan ajetreado como Pekín, estas fiestas generan un poco más de calma en las calles. No es que la ciudad se paralice o que de repente cobre un cariz profundamente budista ni nada por el estilo, sino que mucha gente de otras provincias se va de la capital.

Pero en verdad, la paz y la tranquilidad encuentran su fin temprano en algo que ha sido lo más fascinante que pueda verse en Pekín durante el Año Nuevo: los fuegos artificiales. La pirotecnia surgió en China en el siglo IX con el invento de la pólvora para la utilización de armas. Luego fue introducida en Europa por los árabes hacia el 1200. Como no podía ser de otra manera, el despliegue de fuegos artificiales en este lugar del mundo es imponente y escandaloso. Comparado con las muestras que se hicieron a fin del milenio en muchos lugares de occidente, el uso de la pirotecnia que se hace en Pekín durante su festividad es mil veces más estruendoso y profuso. No sólo tiran fuegos artificiales la última noche del viejo año sino que lo hacen -acaso como regla- los días previos y los días que le siguen, casi con la misma intensidad que esa noche en la que se abre el año nuevo. Desde las ocho de la mañana hasta altas horas de la madrugada, se escuchan cohetes, petardos, fuegos, cañitas. Al día siguiente las calles están inundadas de pedazos de cartones y cerillas.

El día con mayor cantidad de fuegos artificiales es el primero del nuevo año. A las 12 de la noche encuentra su auge el petardeo que comienza a ser más intenso a eso de las 19 horas. Desde el piso 80 de un hotel pude ver cómo toda la ciudad resplandecía y cobraba color con la increíble cantidad de fuegos. El cielo era casi blanco y sobre aquellas minúsculas casitas y grandes edificios se veían, como linternas de colores, todo tipo de centelleos. Los pekineses de nacimiento eran los que producían aquello. La gente de otras provincias ya se había ido a festejar año nuevo con su familia, como se acostumbra.

La paz tan ansiada, esa que se deja ver en estos feriados del nuevo año, se vio pisoteada por los tronadores festejos. Sin embargo, su espectacularidad hace que uno se olvide de la tan buscada tranquilidad y se deje llevar por los ruidos y las explosiones.

Hu Tong: oasis en el desierto

En el casco antiguo de la ciudad de Pekín hay pequeños barrios llamados Hu Tong, la mayoría construidos a partir del siglo XIII. Son estructuras con callejones y casas que dan a un patio común y parecen pequeños laberintos grises y oscuros. No tienen el encanto postmoderno sino ese que guarda la historia: pequeñas casas bajas, bicicletas apoyadas contra las paredes, entradas con techos de tejas bien chinos, baños con letrinas y portones de madera que son antiguos portales. Muchos de ellos fueron derribados para construir nuevas viviendas altas y modernas.

La paz que parece difícil de encontrarse en el resto de los lugares de Pekín, acá se hace presente. Cuando se ingresa a uno de estos barrios, parece como si uno se fuera de la ciudad y viajara a un sitio más calmo. Algunos autos circulan las callecitas pero la mayoría de la gente se maneja en bicicleta o en rickshaw, que son unas bicis que acarrean un asiento con techo incluido para llevar a los turistas a recorrer los Hu Tong.

Estos laberintos antiguos y un poco apagados son parecidos -dejando de lado la arquitectura característica china- a algunos barrios de Buenos Aires, como Barracas. También a ciertas calles mexicanas de Tepoztlán, con su calma, sus laberintos, sus confusos vericuetos. La inseguridad en estos lugares latinoamericanos es lo que no coincide con la que sí se encuentra en los Hu Tong chinos, pero más allá de ese problema social, la tranquilidad alejada del ajetreo de los centros bulliciosos es la misma. Estos pequeños lugares pekineses son muy oscuros de noche y bastante grises de días -en medio de una ciudad llena de luces y modernidad-, pero eso es quizá lo que los hace singulares. Sin lugar a dudas, son los oasis de paz en medio de un desierto caótico.

Sinónimos y Antónimos…

Pekín tiene historia y modernismo. Es caótica, desenfrenada, y por momentos se vuelve dificultoso encontrar paz. pero finalmente, en algún que otro lugar, se la encuentra.

Tiene algo de Brasil en sus calles, con la gente y el tráfico. Pero también es mexicana por su lamentable contaminación, y bonaerense, por sus pequeños barrios oscuros y laberínticos.

Algo que sí tiene y que la diferencia de Latinoamérica, es que parece segura. Y la cantidad de gente que se mueve por estos sitios, como se sabe, es mucha más que la que anda por las grandes ciudades latinas.

Se queda a medio camino entre ser una super urbe de esas que parecen no descansar nunca y la tranquilidad que le da la historia a distintos pueblos del mundo. Es una mezcla de culturas pero se define como un lugar bien chino. Pekín, como muchos espacios de América Latina, termina siendo, también, una gran contradicción. Cualidad que la hace, desde ya, muy interesante.

¿Te gustó esta nota? Suscribite clickeando acá

+Info

Algo más acerca de Pekín:

Página Oficial Pekín

Te mostramos algunas imágenes de Pekín

Un poco de historia acerca de Pekín, con algunos de sus palacios, templos y monumentos más característicos

Un dato curioso: ¿Sabés qué es un rickshaw? En estse link te contamos qué es