La historia de la ciencia argentina no es una disciplina que esté consolidada ni mucho menos, a pesar de ser practicada por algunos grupos sueltos, y de tener cultores de  fuste (como Alfonso Buch, Marcelo Montserrat, Diego Hurtado de Mendoza, Miguel de Asúa). El Proyecto Ameghino (una historia de la ciencia argentina en Internet), que reúne información en una página virtual, contribuye asimismo a llenar un impresionante vacío: aunque parezca mentira, no existe una  buena historia de la ciencia argentina. La escrita por José Babini, hace ya más de cincuenta años, obviamente, no abarca los últimos períodos ni está al día con los adelantos en la historiografía.

Así las cosas, es poco lo que se sabe del papel de la ciencia en la construcción de la sociedad y la identidad argentinas, y de las dinámicas relaciones entre el desarrollo del conocimiento y las fuerzas productivas, culturales, económicas y políticas que dieron forma a nuestra sociedad, en un mundo que cada vez más apoya su desarrollo en las innovaciones técnicas y científicas. Es difícil también establecer una periodización que conforme a todo el mundo.

No puede decirse que el desarrollo científico haya jugado algún papel antes del período de la organización nacional, salvo intentos aislados, como la escuela de matemáticas de Belgrano, o la  breve intervención de Rivadavia con la Universidad de Buenos Aires; pero sí que la ciencia estaría incluida en el proyecto de la generación del 80, y sería anticipada por Domingo Faustino Sarmiento, que instauró por primera vez una política científica.

“Sarmiento intentó fundar un movimiento científico sólido, arraigado, que aportase conocimientos del territorio y sus riquezas naturales, pero también que diese fuerte impulso a la actividad productiva a través del desarrollo técnico. En esta perspectiva, la llegada al país de Germán Burmeister; del astrónomo norteamericano Benjamín Gould, de los sabios europeos que integraron la academia nacional de ciencias de Córdoba, fueron hechos que conformaron una coherencia de intenciones. Sarmiento quería (…) dar continuidad a la labor de reconstrucción iniciada por J. M. Gutiérrez en la Universidad de Buenos Aires después de la caída de Juan Manuel de Rosas”. (Sergio Núñez y Julio Orione, en Disparen contra la ciencia, Espasa Calpe, 1995)

Más allá de Sarmiento, la  ciencia era consistente con el proyecto laico y positivista de la generación del 80. El positivismo, en su versión latinoamericana, fue el tamiz ideológico que cobijó al roquismo y al orden conservador, que se extendería desde 1880 hasta la irrupción política de Hipólito Irigoyen en 1916. También fue el imperio intelectual sobre el que se levantaron las investigaciones de los científicos argentinos de mayor presencia de esta época: Juan B. Ambrosetti (autoridad en estudios arqueológicos, etnográficos y antropológicos), Eduardo Holmberg (naturalista) y, sobre todo, Florentino Ameghino (1854-1911), seguramente la primera gran figura de la ciencia nacional. Curioso como pocos, Ameghino fue uno de los responsables de poner la piedra fundamental en la historia científica argentina con sus revelaciones en el campo de la arqueología y zoología y paleontología, que entró en ebullición impulsada por las teorías de Charles Darwin. Su trayectoria científica quita el aliento: su obra comprende casi veinte mil páginas y el ochenta por ciento de las especies de mamíferos fósiles descriptas en la época son descubrimientos suyos.

Autodidacta pleno, evolucionista por convicción (incluso antes de que las teorías de Darwin fueran totalmente aceptadas por la comunidad científica), fundador de institutos, elogiado por Sarmiento y Mitre, Ameghino también desarrolló el sueño chauvinista de suponer que el ser humano se había originado en suelo argentino, punto cero de las migraciones que poblaron los demás continentes. Lo cierto es que mientras Ameghino recorría la Patagonia rastreando yacimientos geológicos en busca de eslabones perdidos, el trasfondo ideológico de la época se solidificaba: Darwin era tratado como una celebridad; recibían toda la atención los trabajos de Herbert Spencer en los que extiende la teoría de la evolución de las especies al desarrollo de las sociedades, justificando así toda campaña de conquista y colonización; “progreso” (ilimitado) es la palabra en boga; y la historia comienza a ser vista como una línea recta en la que el presente siempre es mejor que el pasado.

Por algo el positivismo se erige como la ideología del régimen conservador: teorías, ideas e hipótesis son utilizadas como herramienta de justificación de la dominación. Así lo demuestran los diversas incursiones revisionistas emprendidas por intelectuales de la talla de Carlos Octavio Bunge, José María Ramos Mejía y José Ingenieros quienes, alentados por la naciente frenología y la flamante “psicología de las multitudes” del francés Gustave Le Bon, analizan aspectos tan intangibles como la “pereza criolla” y la “tristeza nacional” como herencia del conquistador, en contraposición con el empuje europeo por el trabajo y la alegría, garantía de su derecho a la supremacía.

Mientras Freud publicaba su “Interpretación de los sueños” y Max Planck enunciaba la teoría cuántica, el conocimiento científico tuvo la peculiaridad de fluir no en casas de estudios como universidades, sino afuera. Recién con la reforma universitaria de 1918 esta modalidad circulatoria cambió: las facultades se convirtieron en polos y centros neurálgicos de la investigación y de la formación de científicos. La visita de Albert Einstein en la década de los ´20 fue, tal vez el punto más alto de este período, por lo menos en relación con la ciencia global.

Pero a medida que la Argentina, no obstante su riqueza y su acelerado crecimiento, se integraba al mundo como país periférico, el programa positivista, tarde o temprano iba a carecer de un sustento industrialista que lo sostuviera, y así, a pesar de que la inercia del proyecto roquista evitó que instituciones como el Museo de la Plata y el Observatorio de La Plata, o tantas otras desaparecieran, era hasta cierto punto natural que no hubiera una política científica en la Argentina y que la ciencia anduviera a los tumbos a lo largo del siglo XX (y aún así pudo dar tres premios Nobel, o mejor dicho dos y medio, ya que el de Milstein no puede considerarse exactamente argentino, pues las investigaciones se realizaron en Inglaterra).

La irrupción del peronismo en el 45 estancó el desarrollo científico, al producirse una ola de cesantías que paralizó la investigación universitaria (y que incluyó, desde ya, a Bernardo Houssay). Poca ciencia produjo el peronismo, aunque hacia su ocaso, y tras el frustrado episodio de Richter, se sentaron las bases para la Comisión nacional de Energía Atómica, se emprendieron los estudios antárticos, y se registró un notorio avance en la medicina al erradicarse males como el paludismo. El proyecto de industrialización que intentó el primer peronismo no fue acompañado por una política cultural e ideológica que permitiera el libre fluir de la ciencia, ya que las instituciones científicas y universitarias quedaron en manos de  sectores conservadores, católicos y de derecha.

De la época de oro a la noche de los bastones largos.

Probablemente, cuando se escriba la historia de la ciencia argentina, desde los ‘50 en adelante, el eje estará en los avatares de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA: al fin y al cabo, allí es donde se enseñan las disciplinas de avanzada: matemáticas, física, que estuvieron en la línea de frontera en el siglo XX, hasta que la biología molecular y la nanoquímica (que también sientan allí sus reales) les disputaron el cetro.

Después del golpe del ‘55, se derrumbó la mediocre universidad peronista y empezó lo que se conoce como “época de oro”, liderada por la Facultad de Ciencias Exactas, que se colocó en la vanguardia, adoptando y reflejando las corrientes de pensamiento científico en el mundo, implementando la idea del profesor-investigador, comprando la primera computadora científica del país. Fue la época en que el decano era Rolando García, meteorólogo y epistemólogo piagetiano; el vicedecano era Manuel Sadosky (que introdujo la computación, que no era entonces ni la sombra de lo que es hoy) en el país y fundó el Instituto de Cálculo; Oscar Varsavsky desarrollaba la matemática aplicada; José Giambiaggi elaboraba teorías sobre las partículas subatómicas; Cora Ratto y Enzo Gentile introducían la teoría de conjuntos y el álgebra moderna y Gregorio Klimovsky la lógica matemática y las últimas corrientes epistemológicas, sin olvidar Eudeba, donde Boris Spivacow y Myriam Polak lanzaban miles de libros baratísimos y de suprema calidad. Cuando Onganía, un militar inculto y de pocas luces, derrocó al gobierno constitucional de Illia, intervino las universidades. El 29 de julio de 1966, que quedó en la historia como la “Noche de los Bastones Largos”, la policía invadió la Universidad de Buenos Aires y se ensañó particularmente con Exactas, a cuyos profesores y alumnos apaleó indiscriminadamente. El  resultado fue un vaciamiento de la universidad con la renuncia y partida hacia el exilio de sus más brillantes profesores. El pensamiento argentino se refugió en las catacumbas.

El golpe fue terrible; cientos de científicos partieron del país, los institutos se vaciaron y la ciencia argentina empezó a vegetar. De poco sirvió la breve restauración democrática del 73; enseguida vino el ministerio de educación de Oscar Ivanissevich y el fascismo más duro en las universidades, y enseguida los años de plomo y la dictadura asesina de Videla y sus secuaces. El período que se abre a partir del gobierno de Onganía hasta 1983 está marcado por la vacuidad y el exilio, una especie de agujero negro histórico en el cual ningún avance científico por importante pudo destacar sobre la cuota de terror cotidiano de por entonces.

Breve restauración.

Si el nombre de Raúl Alfonsín se vincula casi por extensión con el retorno a la democracia, el de Manuel Sadosky se asocia con la tradición iluminista de la ciencia en la Argentina, con la universidad estatal, laica, pública y gratuita, y con la restauración de aquella línea imaginaria trazada en la historia científica nacional que se vio fracturada en “la noche de los bastones largos” de 1966 y que abriría las puertas migratorias para impulsar la primera tanda de lo que luego se llamaría “fuga de cerebros”.

Unos meses antes de que asumiera Raúl Alfonsín, Sadosky regresó al país, como muchos otros científicos, desde el exilio y el nuevo presidente de la democracia le dio el cargo de secretario de Ciencia y Técnica de la Nación, en un acto de recomposición y homenaje, un gesto que indicaba a la ciencia como una meta a alcanzar. Desde allí, el peldaño burocrático más alto en lo que respecta a ciencia en el país, democratizó el Conicet y creó la Escuela Superior Latinoamericana de Informática, y trató como pudo, de retomar la senda.

Lavar los platos

Sin embargo, el intento de Sadosky se extinguió bajo la presidencia de Carlos Menem, quien entregó la secretaría de Ciencia y Técnica a sectores reaccionarios, oscurantistas y fascistas, encabezados por el neurocirujano Raúl Matera, y una cohorte de funcionarios ligados a la dictadura de Videla y sus secuaces. A lo largo de la década menemista la ciencia y la tecnología fueron desplazadas cada vez más del lugar central que debería tener en un país deseoso de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos. Los recortes presupuestarios fueron una constante y el proceso de “fuga de cerebros” tomó nuevamente fuerza.

Al ritmo de la marginación presupuestaria, la creencia de que los científicos (y otros intelectuales) gozan de alguna quintaesencia pujante que los hace triunfar y avizorar los caminos del éxito desligados de cualquier apoyo institucional o financiero tomó cada vez más auge y presencia. El lugar asignado en el mapa nacional por el gobierno de Menem durante la década del noventa se aprecia no sólo mirando los índices presupuestarios de por entonces. También se lo identifica en el consejo de un ministro de economía a los científicos del momento: ocurre que cuando Domingo Cavallo mandó a lavar los platos a la socióloga Susana Torrado (porque no le gustó el resultado de su investigación sobre la pobreza, y mucho menos que la hiciera pública), el padre de la convertibilidad puso en palabras la visión cortoplacista y corporativa que imperó por muchos años en la Argentina: la ciencia como derroche, la ciencia como privilegio prescindible. Y además, el reinado indiscutible del mercado en el que cualquier artilugio se compra afuera y no se intenta producir adentro.

Hacia una nueva frontera

En realidad, el desarrollo de la ciencia en un país está relacionado con el proyecto que lleven adelante tanto su dirigencia política y las clases, estamentos y grupos sociales que sostengan ese poder político. Después de la horrenda crisis del 2001, el sector científico nacional da señales de vida y de intentar, por lo menos, renacer. Aumenta su presupuesto, se abren las puertas del CONICET, se creó el Ministerio de Ciencia y Tecnología, se repatriaron científicos…. Señales que son auspiciosas. Es política. Veremos.