Autora: Marina Burana | OPINION SUR JOVEN http://opinionsur.org.ar/joven Buscadores de contextos Sat, 09 Feb 2019 04:07:37 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.1.13 Los pibes de oriente http://opinionsur.org.ar/joven/los-pibes-de-oriente/ Fri, 12 Sep 2014 19:59:39 +0000 http://opinionsur.org.ar/joven/?p=4112 Por Marina Burana

Taipei es la ciudad de la diversidad, el té, la frondosidad y las sonrisas simpáticas a toda hora. Pero una de sus características más significativas es la vitalidad de su población longeva. Es que no sólo en la capital sino en varios lugares, por toda la isla, los ancianos tienen acceso a muchísimos beneficios que los mantienen vitales y activos en una sociedad que paulatinamente experimenta muchos cambios.

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Ancianos en la ciudad de Taipei disfrutando de una jornada musical.

 

Los ancianos alcanzaron el 7% de la población total de la isla en 1993 y el 10,2% en 2007, lo cual comparado con algunos parámetros occidentales no resulta sorprendente. Sin embargo, se prevé que un 40% tenga más de 65 años para el 2050.

Desde hace un tiempo, el gobierno de la ciudad de Taipei puso en práctica varias iniciativas con la idea de favorecer la calidad de vida de sus ancianos. Además de ciertos subsidios y planes especiales que se empezaron a otorgar en la década de los 90, numerosas actividades recreativas comenzaron a ser una realidad entre la población más adulta. Pero no todo es yang, el yin toma también su forma en los 2.800 ancianos que buscaron asistencia del estado en 2010 por negligencia, abandono o abuso.

 

Las mañanas de los “pibes”

Todas las mañanas cuando salgo de casa los veo. Sonríen contentos y se hacen bromas o se molestan jugando con sus bastones de bambú. Algunos de tanto reír dejan que las lágrimas se les pierdan entre sus arrugas que se abren sabias como caminos. Otros andan más serios, listos para lo que traiga el día. En la intimidad los llamo “los pibes”, porque de tanto verlos en el colectivo o andando en bicicleta por la calle, yendo entusiasmados hacia los parques para ejercitarse y practicar su tai chi, me parece que podrían tranquilamente ser parte de mi grupo de amigos. Sólo que ellos no entienden nada sobre compartir mates o jugar al truco los domingos. No. Ellos son dueños de las mañanas, de los juegos y de las sonrisas en la ciudad de Taipei.

Muy temprano, ni bien comienza el día, se adueñan de las primeras horas de un sol que luego se esconde detrás de las montañas mientras ellos siguen haciendo ejercicios en los aparatos que hay en casi todas las plazas específicamente emplazados para eso, o descansan en los asientos de piedra blanda, o caminan moviendo los brazos de un lado a otro, o le rezan a algún dios en los templos callejeros, o se ponen a jugar al ajedrez chino.

Antes del mediodía, cuando el sol se esconde y esta ciudad húmeda campanea una pronta lluvia, vuelve cada cual a su casa. Con las mismas sonrisas, algunos se dan aire con sus abanicos de madera y se suben a su bici o se toman el colectivo de regreso.

 

Datos de color en el aquí y allá 

En la Universidad Popular de Tainan, al sur, se ofrecen cursos de masaje “tuina”, una técnica de masaje tradicional chino, pensados para beneficiar a los mayores de la comunidad, y así fomentar los lazos con las generaciones más jóvenes y celebrar los valores de la familia compartiendo momentos juntos.

Por otro lado, algunos templos, de un tiempo a esta parte, han abierto sus puertas no sólo con fines religiosos sino también para ofrecer actividades recreativas a los ancianos, tales como cursos de herboristería. Dicha práctica demostró ser un éxito, con muchísimos interesados que construyeron sus propias huertas, comenzaron un intenso estudio sobre las plantas y a cultivar de acuerdo a las prácticas de agricultura ecológica. Pero también se dictan otro tipo de cursos, como el aprendizaje de er hu, lo que sería el “violín chino”, enseñanzas sobre espectáculos folclóricos, danza o manualidades y excursiones de estudio.

En oposición a algunas realidades de nuestro país, donde muchas veces los mayores tienen oportunidades de ir a los clubes de abuelos o planear viajes en grupo, pero dejan de lado el ejercicio físico y una sana alimentación, los taiwaneses, llegados a cierta edad, ponen mayor énfasis en el cuerpo, en una dieta saludable y en armarse rutinas donde la edad no sea un impedimento para moverse de un lado a otro, ya sea en bicicleta, en largas caminatas, en subte o incluso en moto. Muchos de ellos llevan y luego van a buscar a sus nietos al colegio y juegan con ellos en las plazas o empiezan pequeños negocios con el conocimiento que les proveen alguno de los cursos a los que asisten. Lo que prima siempre es el movimiento, el yin y el yang, la búsqueda del balance. La población adulta en Taiwán es, por momentos, hasta más activa que los jóvenes, quienes andan un poco más interesados en celulares y computadoras, olvidándose, muchas veces, de ir a robarle al sol los primeros momentos de la mañana en algún parque.

 

El Yin y el Yang

Lamentablemente, también está la otra cara de la moneda: grupos de ancianos que recurren al estado no sólo como un recurso recreativo sino con necesidades muy específicas. Lee Hua, de 77 años, vive en Taipei y fue abandonada por sus hijos, quienes no le pasan dinero y ya no la visitan. Parte de su ingreso procede de la venta de basura a empresas de reciclado y otra parte de lo que le da el gobierno.

Hay un dicho popular chino que dice “criar a un hijo trae seguridad en la vejez” y las sociedades de este lado del mundo se rigen, de alguna manera, con esa máxima, manteniendo familias numerosas en una misma casa, conservando su tradición y asegurando así el cuidado de los mayores por parte de las generaciones más jóvenes. Sin embargo, desde hace unos años eso está cambiando y las nuevas generaciones viven ya otras realidades un poco más alejadas del pensamiento convencional chino de familia. Ésto ha ocasionado varios problemas entre los ancianos taiwaneses, alertando al estado sobre la realidad de algunos mayores.

 

Bicicleteando

Al final del día, el turista o el advenedizo que recorre los recovecos de esta hermosa ciudad, seguramente verá con asombro cómo la mayoría de los ancianos, incluso en edades muy avanzadas, bicicletean de un lado a otro, vitales, enérgicos, contentos y persiguiendo soles. Auténticos pibes de oriente.

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El sueño en el monte http://opinionsur.org.ar/joven/el-sueno-en-el-monte/ Mon, 10 Mar 2014 03:20:52 +0000 http://opinionsur.org.ar/joven/?p=4035

 

Había días que le costaba despertar, no porque la modorra le ganara, sino porque muy adentro de sí mismo, allí donde el vacío se acumulaba estrepitoso, los años crecían con la fuerza piramidal de un álamo, suspendiéndolo en un cansancio infinito. Afuera, sobre el pasto desierto, la simbiosis eterna de la tierra susurrándole baladas a la luna.

Se engañó creyendo que soñaba. Era difícil soñar, porque siempre temía despertar. Entonces prefería soñar despierto, que no era lo mismo pero al menos mientras lo hacía, la brisa de verano peinaba sus miedos.

Supo, cuando despertó, que era de noche. Más bien, lo sintió. El calor de las estrellas no se hacía esperar cuando el sol se cansaba de sus teatros nocturnos y las dejaba a sus anchas sorteando obstáculos inverosímiles. La luna estaba gorda y le deformaba su cuerpo sobre una sombra que se estiraba cansada y taciturna. Oyó (aunque ¿cómo?) que un gato guitarreaba la pesadumbre de andar solo en una noche tan linda. Y en verdad la noche era linda.

Suspiró antes de entrar en la realidad del monte. Los suspiros eran su forma de hacer que las bestias y los hombres entendieran que aún estaba vivo. Más allá de la cabaña (que él decía su cabaña), alguien caminaba intranquilo. Los pasos resonaban fúnebres lacerando la voracidad de la tierra sin memoria. Él estaba acostumbrado a los ruidos. La noche era un gran ruido de voces, mientras que los días callaban abombados por la canícula de enero.

Hacía mucho tiempo que su vida había echado raíces en las costumbres ingratas del monte. Allí tenía sólo un amigo (el verdadero dueño de la cabaña) que lo visitaba y le hablaba de sus alegrías y sinsabores. Se llamaba Gabriel y era un hombre talludo, con hombros de toro y mirada boscosa. Juntos se pasaban noches enteras contemplando la distancia que los separaba de un mundo que más allá, mucho más allá, se oxidaba en la mecánica marchita de falsos profetas. Por suerte Gabriel era como él y creía en la sabrosa profundidad de las tardes mansas; de los cielos abiertos y del fulgor casi demencial de un horizonte tranquilo.

Su rutina era siempre la misma. La mayor parte del día se la pasaba atento a cualquier mínima distracción. Pero como nunca sucedía mucha cosa, era de dormir siesta y de entregarse a los incalculables placeres del ocio. Por las noches todo era mucho más interesante y, como ahora, solía desvelarse sin motivo. Aunque, a decir verdad, esta vez, sin que él lo supiera, su desvelo nacía desde las profundidades más ignotas de la tierra, que siempre con ese silencio de madre conocedora, le revelaba en pequeñas dosis una realidad que quizá él no quería ver del todo.

Entendió, finalmente, que los pasos nerviosos eran de Gabriel. Trató de ubicarlo con una mirada furtiva, pero no dio con él. Los pasos no venían de la cabaña. Creyó sentir el aire dulce que anuncia la tormenta, pero al ver las estrellas se resignó al hecho de tener que seguir sufriendo el calor apabullante. A su edad, sus extremidades se hinchaban con la lluvia y le dolían, pero al menos el agua le devolvía un poco la frescura que le recordaba a sus primeros años, cuando sin entenderlo siquiera, la vida lo estiraba inclemente hacia arriba y lo forzaba a ser adulto.

Intentó dormirse nuevamente, pero la intranquilidad de los pasos que ahora se hacían más claros y fuertes no lo dejaba. Quizá eran muchos pasos, de muchos hombres. No estaba seguro. La noche y los grillos eran ahora grandes laberintos del sueño. Finalmente durmió un poco y despertó con el sonido sepulcral de la lluvia sobre sus grandes piernas. Todo le dolía. Pero era un dolor lleno de la felicidad del recuerdo.

Aún con la noche epidémica sobre su nariz, volvió a dormirse.

Él tendría unos cuatro años, era bajito y mínimo. Un niño lo miraba como perdido y él le devolvía una mirada desafiante. Esa fue la primera vez que se conocieron con Gabriel y el primer día que decidieron jugar juntos. Su nuevo amigo le hacía dibujos y se los mostraba contento. Él sonreía y pretendía, de alguna forma, imitarlo. Hacía mucho calor también y la madre de Gabriel lo llamaba a la distancia, pero el niño prefería quedarse allí dibujando. De pronto, una araña jugó a balancearse entre sus cabellos y Gabriel se asustó. Desde ese día entendió que serían inseparables.

Cuando despertó ya había parado de llover. Las enormes piernas le dolían mucho, pero una felicidad extrema surgía desde ese vacío estrepitoso que le recorría el cuerpo: había soñado. No estaba seguro de si así había sido el primer día con Gabriel (los años eran pesados como el agua de lluvia sobre sus anchos brazos). Lo magnífico de los sueños (recién ahora lo descubría) era que podían deformar la realidad a su antojo, pincelando en pequeñas imágenes mundos impensados y fabulosos.

Ya el sol se peleaba con la luna y las estrellas. Era el momento más teatral del monte, cuando casi de un pequeño golpe, toda existencia podía desvanecerse al no ser soñada por los hombres. O al menos eso le decía Gabriel, pero él no lo creía. Pensarlo así le asignaba algo de cosa divina a los seres humanos que, en definitiva, no eran más que pequeñas hormigas junto a un cosmos cargado de dudas colosales.

Ahora él era lo que se dice feliz. De a poco el día ascendía sobre el suelo verde, mientras la noche, alejándose, rumoreaba sus temores. Quizá estaba un poco ansioso y quería repetir el sueño (todavía no sabía que uno puede soñar cosas diferentes cada noche). Algo ya no era lo mismo para él, porque las mariposas, los pájaros, las flores no entendían que él había soñado. Y a medida que pasaba el día, más entendía que nada de lo que lo rodeaba podría comprenderlo. Salvo Gabriel.

La cabaña estaba sola y el gato sin gata dormiría en algún rincón de la cocina. El sol, que envuelto en tanta luz parecía de plata, lo golpeaba en la frente y lo amansaba en un sopor que pedía la diaria siesta de la tarde. Contento, lanzándose en busca del sueño, se dejó llevar por aquellas manos cálidas que lo empujaban más y más a una profundidad inconsciente.

Gabriel venía cansado. Pero ya no era un niño asustado por las arañas, sino el hombre que él conocía. Como siempre, se sentó a sus pies y le relató sus desdichas. Él lo escuchó atento sin decir una palabra, esa era la forma de comunicarse que ambos tenían. El hombre estaba más triste que de costumbre y a él le pareció que había derramado alguna que otra lágrima. En esta otra dimensión del sueño las palabras parecían más pesadas y serias (¿o acaso siempre lo serían?). Gabriel, arrodillado ahora, pedía un perdón divino y lloraba unas penas que él no lograba entender del todo.

Lo vio alejarse y volver con otros hombres. No podía ver muy bien porque la inconstancia del sueño (o del calor) le obsequiaba imágenes borrosas. Y así, en esa nebulosa fatídica, sintió el primer golpe sobre su tallo. Sus piernas enormes, desanudándose de la tierra, le dolían como nunca antes le habían dolido. Sus verdes cabellos caían libres al pasto húmedo. Ese vacío estrepitoso que lo recorría desde niño se estremecía mustio buscando despertar del sueño.

Pero el sueño era el que lo buscaba a él ahora, al menos para apagar aquello que ocurría en el monte. Porque lo que le hacían esos hombres era real, muy real. Y Gabriel, compungido como un niño que sabe que traiciona, empuñaba el hacha con increíble destreza.

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Cuento del mes: «La señorita de Avignon» http://opinionsur.org.ar/joven/cuento-del-mes-la-senorita-de-avignon/ Mon, 05 Nov 2012 21:04:02 +0000 http://opinionsur.org.ar/joven/?p=3461

Deslizó el pincel con una amabilidad majestuosa sobre la tela, como si cada contorno desnudo de aquellos cuerpos vencidos estuviera esperando el trato gentil de la mano de un hombre. Nadie sabe a ciencia cierta qué pensaba Pablo cuando desvanecía las axilas y los vientres en colores vivos y hundía las pupilas de sus damas en oscuridades de burdel. Muy pocos saben, también, que sus cinco modelos eran hermanas provenientes de Aviñón con las cuales había mantenido, separadamente, relaciones amorosas breves que habían decantado en un gran cuadro.

Hacía días, sin embargo, que se valía sólo del recuerdo para pintar a la más chica, ya que ésta había decidido abandonarlo, golpeada por los celos y la envidia al enterarse de los múltiples amores de Pablo. Las hermanas no se preocuparon por la más pequeña, quien solía tener caprichos separatistas. El pintor, consumido como estaba en su obra, tampoco dejó lugar para la preocupación; sólo para la bronca de saberse con una modelo menos.

Sus amigos más íntimos visitaron su cuadro en proceso y se asquearon, calificándolo de insolente y desvergonzado. Uno llegó a acotar «es como si nos obligaras a tragar una soga y beber aguarrás», pero eso fue mucho más tarde, cuando ya estuvo terminado. Ahora, una de sus modelos aún se hallaba entre tinieblas. Le faltaba lo fundamental: el rostro. Pablo no era un amante de los rostros y solía preferir la belleza de un cuerpo a la armonía de una cara. Por eso no recordaba exactamente cómo era la de la hermana desaparecida. Sin embargo, hizo todo lo que pudo y le otorgó un encanto que tal vez en la realidad la mujer no había tenido nunca. De todas las figuras, fue la más hermosa y la más brillante, acariciada por una luz que parecía alejarla del resto, ubicándola más obscenamente en el protagonismo de aquel que Apollinaire alguna vez llamó «el burdel filosófico». Las demás modelos, un poco celosas, no admitieron que aunque Pablo no se hubiera dado cuenta, su memoria había trabajado maravillas.

Finalmente estuvieron todas, solitarias, mirando al espectador, estableciendo unicidades como si jamás hubieran sido hermanas. Los artistas amigos y la sociedad parisina se tragaron la soga y bebieron el aguarrás nueve años después de finalizado el cuadro cuando fue expuesto en la Galerie d´Antin en París. La noche antes de presentarlo, Pablo lo tapó con una de sus grandes telas y se acostó pensando en la magia del recuerdo. El rostro de la más pequeña era el más poderoso, y toda la obra parecía moverse hacia él, encantada por una secreta brujería artística que era incomprensible. El pintor estaba satisfecho y creía que lo único que le daba valor a su obra era esa figura bella y luminosa que miraba de frente con unos ojos celestes y una frente ancha y pálida. La observó antes de taparla y soltó una lágrima. Era una de las mujeres más hermosas que había conocido en su vida, aquella, la del lienzo; alta, sutil, con una palidez que la hacía brillar por sobre las demás y con aquellos ojos intensos que lo miraban a él. Lloró, pero sólo su gato fue testigo.

Las señoritas de Avignon se hizo público una mañana temprano. Pablo no asistió a la mudanza de su cuadro hacia la galería. Durmió pesadamente, soñando en la modelo que con su ausencia le había dado una de las imágenes más poderosas de su vida. A la tarde caminó con cadencia de enamorado hacia la exposición. Entró y escuchó los suspiros, los murmullos, las voces de descontento. Algunos de sus amigos estaban allí (quién sabe desde hacía cuánto tiempo), junto con críticos y visitantes, todos, consumidos por el horror. Antes de llegar a la multitud, bailando hacia ella en la dulce rítmica apostática en la que ahora se encontraba, Pablo se sintió feliz por su ruptura y por el asco. Pero cuando estuvo frente a su obra no imaginó que ese mismo asco también a él lo sobrecogería.

El rostro de arriba a la derecha, el angelical punto de luz de su vida y obra se había transformado en una caricatura oscura y macabra, con ciertos rasgos équidos. Los grandes ojos celestes eran ahora enormes puntos negros y la que en un momento había sido una fina nariz en punta era ahora una trompa animada. Uno de sus pechos había corrido la misma suerte, arañado por la oscuridad y el salvajismo. Y como si fuera poco, otra de las hermanas había caído en la desgracia de la transformación.

Escuchó que un crítico alababa la obra, y aún inmerso en el horror como estaba, tuvo una epifanía: su cuadro sería grande. Pero él jamás revelaría que el extravagante y enigmático toque cubista que se iniciaba en los rostros de la esquina derecha no le pertenecía a la amabilidad de su pincel majestuoso, sino a la ira de unas vengativas manos de mujer que él había creído para siempre desaparecidas.

Marina Burana


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Cuento del mes: «La quinta» http://opinionsur.org.ar/joven/cuento-del-mes-la-quinta/ Tue, 04 Sep 2012 01:20:14 +0000 http://opinionsur.org.ar/joven/?p=3284

Le llamábamos “la quinta” porque era una casa improvisada, con ese algo de no acabado pero cómodo que tienen dichos lugares. Claro que nunca tuvimos una quinta, sólo sabíamos de lo que estábamos hablando por haber sido habitués en la de unos amigos de mis padres.

La casa era amplia y expansiva; uno se movía con la sensación de que cada rincón existía de manera despreocupada. No era infrecuente tropezar con rápidas y temerosas arañas o de repente internarse en una población de bichos bolita; sin olvidar, claro, el ser acunados todas las noches por el torrentoso croar de las ranas o el silbido de los murciélagos. Fue fácil enamorarse de un lugar así, imaginarnos por las mañanas, las tardes y las noches en cada espacio.

Antes de comprarla nos advirtieron: la casa se vende con dueño incluido. Al principio nos pareció algo digno de un cuento fantástico. Mi mujer se puso roja de rabia cuando el de la inmobiliaria le aseguró que no era un chiste. Tardamos en entender que se nos estaba diciendo la verdad y durante unas semanas, mucho antes de firmar, evitábamos hablar de la casa, pensando en otras opciones, como si nunca la hubiéramos ido a ver; como si nunca nos hubiéramos enamorado del sonido torrencial de los pájaros a pocos metros del balcón o del golpe del sol sobre la terraza. Creo que evitábamos hablar para no pasar por idiotas; porque no podíamos realmente plantearnos qué hacer con el dueño.

Las otras opciones nos parecían feas; demasiado perfectitas, siguiendo el diseño de algún arquitecto que hacía que todo cuadrara en un sistema cerrado, cuya premisa básica era el orden en el estilo, algo que a mi mujer y a mí nunca nos convenció. Por el contrario, siempre adoramos la imperfección del esfuerzo: el olor a durlock y a plástico viejo; el jarrón que no pega demasiado con el cuadro de la esquina (herencia familiar invaluable); la silla rústica que apenas entra en el espacio del living. Por eso, desalentada por la creciente sensación de lo nuevo, fue mi mujer la que dio el primer paso. Andá a saber, por ahí lo podemos meter en la terraza y que viva ahí, ¿o no? Luego comenzó a reír y yo hice lo mismo.

Decidimos acatar las reglas fabulosas que se nos imponían y descartamos las opciones que no nos interesaban, regresando así a la inmobiliaria a firmar el contrato de compra-venta de aquella “quinta”. Apuntando un último dardo de realidad a aquel universo fantástico, le pregunté al empleado cuándo podía mudarse el dueño, pero él me miró y se rió, luego trajo el contrato y casi sin real consciencia de lo que estábamos haciendo, firmamos. En la cláusula 5ta se especificaba en detalle: “La parte vendedora entregará la posesión del inmueble materia del presente contrato a la parte compradora en la fecha fijada en la anterior cláusula, manteniendo el derecho de residir en el mismo, ajustándose el valor de su persona dentro del precio total del inmueble.” Es decir, al precio total de la casa se le agregaba un porcentaje que era lo que valía el dueño.

Su nombre era Vicente. Tenía 77 años y en otro tiempo había sido arquero de Cambaceres. No tenía familia y nunca se había casado, pero sabía que tenía dos o tres hijos en Ensenada. A mi mujer pareció indignarle desde el primer día que el hombre no supiera nada de esos hijos ni de las madres. Parte de su indignación estaba fundada en el hecho de que ella nunca había conocido a su padre, quien las había abandonado de muy pequeñas a ella y a su hermana. Por eso a partir de allí, le cayó muy mal. A mí, sin embargo, me pareció macanudo. Quizá me daba lástima que fuera tan solitario y se hubiera vendido junto con la casa. Por eso traté de integrarlo a nuestras vidas y hablé con mi mujer para que entendiera que con aquel hombre íbamos a vivir para siempre.

Nuestros días empezaban con peleas disimuladas en la cocina, dinamitadas luego en la habitación. Cuando a mi mujer se le pone algo en la cabeza, difícil es que cambie de parecer, y Vicente era un personaje que le desagradaba. No sólo por ese detalle de su vida personal sino por pequeñas conductas cotidianas. Es verdad que era un poco fanfarrón y se le escapaba la soberbia con la misma asiduidad e insistencia con la que se le escapaban pedos. Hasta hacía unos años atrás, había recorrido el país en su Harley-Davidson y se jactaba, por esa cuestión, de ser muy macho y malo. Mi mujer reía con principio de lágrima al imaginarlo apretado en cueros, subido a la moto y con cara de interesante. Cuando yo le pedía un poco de compasión, empezaban nuestras disputas. Creo que nunca discutimos tanto como en la quinta.

Fue al encontrar la tapa del inodoro toda meada cuando dio el grito en el cielo y pidió que estableciéramos espacios para cada uno en la casa. Para mi sorpresa, Vicente accedió sin problema, casi como esperando que alguien hubiera planteado aquello más temprano en lo que iba de convivencia. A él se le dio, claro, la terraza. Los otros espacios nos los dividíamos mi mujer y yo de acuerdo a nuestras necesidades. No era nada injusta la repartija. La terraza era uno de los lugares más preciados de la casa, y como era techada y casi como escondida, podía estar tranquilo sin ser molestado por los días lluviosos o por el frío. En un día se instaló allí con todo lo que tenía: su ropa, sus dos o tres trofeos de infancia y un baulcito enigmático que tenía consigo siempre. Créanlo o no, aquella división hizo nuestras vidas un poco más calmas. Mi mujer no veía demasiado a Vicente, salvo cuando se cruzaban en el baño o en la cocina, y yo podía disfrutar algunas de sus anécdotas de fútbol sin los comentarios oscuros de mi mujer, a quien ahora el viejo ya no parecía molestarle.

Lo que ayudó mucho a esa paz hogareña fue que Vicente comenzó a introducir la rutina de la sopa. Después de cenar (nosotros en la cocina, él en la terraza), se ponía a preparar las sopas más ricas que hemos comido en nuestras vidas, que además de alegrarnos el paladar, cumplían la función oculta de estrechar nuestras relaciones. Sin darnos cuenta, pasábamos buena parte de la noche los tres en la terraza, tomando la sopa y hablando de fútbol, de las estrellas, y de cualquier cosa que nos pareciera interesante. Al principio mi mujer era un poco cortante con el viejo y se limitaba a agradecer y alabar la sopa. De a poco, se dejó engatusar por la exquisitez que nacía a partir de aquellas manos prodigiosas y se mostró un poco más dulce. Es que son las mismas manos que usaba para acariciar la pelota. Porque a la pelota hay que tratarla con amor, como a la comida, si no…fuiste, decía Vicente.

Cómo decirlo…era un tipo al que le gustaba mucho hablar de sí mismo, pero creo que a todo hombre grande le gusta hacer lo mismo; hablar de su vida se transforma en una especie de necesidad vital, algo así como plantearle al resto -y sobre todo a sí mismo- que aún habiendo vivido, todavía está vivo. Las historias de fútbol empezaron a interesarle  hasta a mi mujer que no entiende nada y se empecina en ser de Gimnasia. Una vez contó la anécdota de un jugador de Cambaceres a quien en mitad del partido, desde la hinchada, su propio hermano lo llamaba y lo llamaba para avisarle que le habían robado su auto y que debía ir urgente a la policía. El tipo escuchó lo que su hermano le decía pero siguió jugando como si nada hubiera pasado. Una vez que te atrapó, te atrapó. Nada te saca. Es un infierno. Es una droga que te consume. Te consume hasta la muerte, dijo Vicente. Tenía esas frases solemnes y trágicas que mi mujer primero catalogó de “exageradas” y luego de “poéticas”.

Así transcurría nuestra vida en la quinta. Aunque hubiéramos pagado por ella, siempre me quedó la sensación de que no era nuestra; de que éramos sólo inquilinos, sensación que obviamente venía de la presencia de Vicente en el día a día. Pero al momento de la sopa la cosa cambiaba y aquella comunidad me parecía perfecta, nuestro propio sistema cerrado de cosas. Desde el balcón del fondo, podíamos sentir la naturaleza en su forma más viva: los árboles atropellando a la tierra; la vegetación extensiva haciéndose pájaros y verde; la soltura mágica de las decadentes hojas de otoño; la helada del invierno; las flores de la primavera; el color del verano; y el sonido interminable de las chicharras, que cuando en un momento dado se ponían a cantar todas juntas, parecían llevarse en ese sonido abierto cada pequeña parte de la casa.

Hasta que mi mujer enfermó y la cosa cambió. Un día sintió el estómago revuelto entonces enseguida la llevé al hospital para que le hicieran estudios. Ningún doctor supo decir qué era lo que tenía, pero sin lugar a dudas, estaba muriendo. Quedó internada varios días mientras investigaban cuál era su problema. Sin embargo, nadie entendía lo que estaba ocurriendo. Muchos doctores fueron a verla, todos con la actitud de quien quiere develar un misterio. A las dos semanas seguía en estado crítico, agonizando y con la mirada de despedida que tiene todo ser humano que sabe que se está por morir. Yo no me movía de su lado. Sólo cuando debía ir a trabajar o bañarme la dejaba. Pero luego de un mes de agonía, mi mujer comenzó a mejorarse. De repente, su cuerpo respondió a la extraña mezcla de remedios que le suministraban y un día terminó por sentirse bien, como antes.

Cuando le dieron el alta y ya estuvo repuesta en la quinta, sentí que me podía deshacer de toda la tensión que había sentido en todo ese trágico proceso, en el que, como imaginarán, debía mostrarme fuerte y entero. Por eso, apenas ella estuvo en la casa, empecé a llorar un llanto que duró casi un mes. Claro que era un llanto secreto, perdido entre el agua mientras me bañaba o escondido en algún baño. Siempre, a cierta hora del día, toda la tensión de los pasados meses se liberaba de esa manera. Creo que mis lágrimas también guardaban algo de miedo, porque nadie había podido entender qué le había pasado a mi mujer. Y acaso pensé que podía repetirse.

Sin embargo, ella parecía saber muy bien lo que le había pasado. Una noche, tirados ambos en la cama, sintiendo el croar intermitente de las ranas y el chapoteo de la vida animal allá fuera en lo verde, me dijo “fue la sopa”. Tardé en reaccionar porque era una frase muy vaga para mí. Te digo que fue la sopa, repitió. Le pedí que no exagerara pero, como ya he dicho, cuando a ella se le pone una cosa en la cabeza, no hay nada que cambie su parecer, ni siquiera la constatable verdad de los hechos. Es más, “la verdad” en su universo personal podría estar parada en la puerta de su habitación, observándola o danzándole alrededor que ella la ignoraría por completo, cerrando sus ojos y acatando a rajatabla los empecinados designios de su capricho.

Pronto me di cuenta de que mi mujer, desde que había salido del hospital, andaba un poco perdida y nerviosa. Cuando veía a Vicente se internaba en su pieza y no salía hasta que el viejo no estuviera en la terraza. Parecía odiarlo con ganas y lo miraba con la mirada de la injusticia, de la pena capital, de la angustia más oceánica que podía permitirse.

No sé cómo me dejé engatusar. No sé cómo accedí a su plan. En su momento me pareció, creo, algo coherente. Si no lo matás vos, lo mato yo, pero este viejo asesino tiene que tener su merecido. Esas fueron sus palabras. O no sé si dijo algo así como que tenía que probar algo de su propia medicina. El tema es que estaba convencida de que el viejo debía “pagar” por su intento de homicidio.

Hablar de matar y de muerte así tan a la ligera parece un trámite poco complejo. Pero no lo era. Al menos para mí. Quizá para mi mujer, un poco desenfocada y fatídica en su andar como zombi en la casa después de la internación, todo era una especie de continuación de aquel cuento fantástico en el que nos habían metido a vivir con un extraño. No sé. La cosa es que se lo mató. Un día que Vicente nos invitó a ver las estrellas desde la terraza, mi mujer, casi ansiosa en su exquisita criminalidad, le clavó uno de sus trofeos de infancia en la garganta y el viejo se desangró en el piso; no sin antes alcanzar su baulcito y atesorarlo entre sus manos como si fuera una ofrenda a los dioses en el largo camino hacia la otra vida.

Qué decirles sobre todo lo que siguió: la estupefacción, el silencio que colmó a la quinta durante uno cuantos días, la sangre lavada y el cuerpo oculto entre la maleza del fondo. Una vez escondido el cuerpo, cada rincón ya no parecía existir de manera despreocupada para mí. El cantar de las chicharras y de los pájaros ahora era aquello que no merecía; el canto de una vida apacible que se había transformado en un tormento. Estuve muchas noches sin dormir pero con mi mujer no hablábamos de nada. Ella también quedó un poco tocada con todo lo que pasó, pero le duró muy poco tiempo, enseguida le volvió la antigua felicidad que había sentido el primer día que fuimos a la inmobiliaria y descubrimos la casa, mucho antes de saber que se vendía con dueño y todo. Sin embargo, incluso cuando ella estuvo un poco mejor, omitíamos nombrar a Vicente y durante unos meses no usamos la terraza.

Pero, fieles al animal de costumbre que somos, de a poco el crimen pareció quedarse atrás como un mal recuerdo, como esas cosas que uno intenta olvidar porque necesita seguir vivo. Pero yo lo recordaba todo muy bien: los ojos asombrados, bien abiertos; las manos aferradas al baúl y el ruido de la carne blanda golpeando el piso frío de la terraza. Fue como si no hubiera querido defenderse, como si le hubiera dado lo mismo vivir o morir, siempre y cuando estuviera aferrado a su baulcito.

Mi mujer estuvo ya de buen humor pasado el año de la ausencia de Vicente. Nadie preguntó por él jamás y de a poco fuimos repatriando la terraza. Al segundo año recién pudimos, de vez en cuando, hablar sobre lo acontecido. Es que era un asesino, no podíamos vivir con un asesino, empezaba mi mujer. No, claro, decía yo automáticamente. Siempre que hablábamos de Vicente hablábamos de su perversidad oculta; de la muerte pergeñada en el secreto de la sopa. Era audaz, bicho como todo viejo, decía luego mi mujer. No nos quedó otra, ¿qué íbamos a hacerle?, me preguntaba, pero no era una pregunta.

No sé cómo nunca antes se nos ocurrió abrir el baúl que tanto había atesorado al morir. Simplemente lo guardamos en un cajón de la cocina y allí quedó. Hasta que un día, buscando no sé qué cosa, me topé con él. Era la hora de la cena y mi mujer estaba bañándose. Una temerosa araña pasó rápido por la mesa cuando apoyé el baúl sobre la misma. Desde el baño me preguntó qué quería comer justo cuando logré abrirlo. En él había varios papeles, recortes de diarios sobre noticias de fútbol, algunas monedas ya viejas y, envuelta en un sobre dorado, lo que parecía ser una receta. Era, entenderán, la receta de su sopa mortal. Mi mujer salió del baño y se quedó con la pregunta en la boca. No había nada malo en la receta, es más, parecía ser una de esas cosas que se pasan de generación en generación, de abuela a abuela. Ella misma la leyó y luego la colocó en el baúl sin mirarme.

Al otro día lo quemamos con todo lo que tenía adentro. Porque andá saber qué clave oculta tiene esa receta para que nadie entienda que en realidad es un veneno, dijo mi mujer. Y enseguida retornamos tranquilos a nuestra vida en la quinta, con el croar de las ranas y el silbido de los murciélagos.

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