Fue un 11 de marzo. El último, el de hace no tanto, aunque parezca el de otra década. Aquel día estalló un conflicto entre el Gobierno argentino y los productores agrarios; una pelea que hartó hasta la asfixia al resto de la sociedad y la dividió como hace tiempo no pasaba. Con especial interés en sus lectores no argentinos, Opinión Sur Joven se propuso contar el conflicto desde otro punto de vista, sin tomar partido…ni morir en el intento. Paisajes urbanos de un conflicto que nos aburrió a todos.

Breve síntesis: el 11 de marzo la presidenta argentina decidió subir “las retenciones”, que son impuestos a la exportación. Generó un esquema móvil para la soja y el girasol: cuánto más aumentara el precio a nivel internacional, más aumentaría el porcentaje del impuesto.

La rebelión no tardó en llegar. Primero, los ruralistas hicieron huelga; pero como no les prestaban mucha atención, probaron cortando las rutas. Unas 200. Y vino Semana Santa. Y fue un caos.

En esos días me tocó estar en el corte de ruta cerca de la ciudad de Gualeguaychú (epicentro simbólico de la rebelión). Había productores de soja, de girasol, de maíz, de cítricos, de arroz… de todo un poco. Se instalaron en la ruta e impedían el paso de todo. Las interminables colas de los ómnibus repletos de turistas que volvían a Buenos Aires con gente bajándose y preguntando a coro “¿qué hacemos?” no era un buen presagio. Y no lo fue.

El primer round que hizo trepar la tensión fue entre camioneros y turistas versus productores del campo. Insultos, forcejeos, todo en el medio de la nada, de la pampa sin árboles, a la luz de un sol radiante, de los primeros que regalaba el otoño septentrional.

Gendarmería intervino. E intervino ese día la Presidenta, en sus primeras palabras referentes al conflicto. Su discurso fue percibido como leña al fuego. Hubo protestas, allí y en Buenos Aires y en muchas otras ciudades. Volvieron los “cacerolazos”, esa forma de protestar golpeando cacerolas que se hizo célebre en la crisis argentina de 2001. Y de golpe, un árbitro se subió al ring para situarse entre los dos boxeadores: la opinión pública.

Los ruralistas, rústicos pero no tontos, entendieron que si querían ganar la pulseada había que vencer en la batalla principal y quedarse con el favor de la gente. El Gobierno también se percató de que al árbitro era mejor tenerlo de su lado…

Nueva etapa, viejo problema

El conflicto, de ahí en más, fue otra cosa. Los cortes se restringieron a tan sólo los camiones con carga de granos para exportación, mientras que, a veces con intermitencias, se dejaba pasar al resto. La bronca entonces fue ya sólo de unos: los camioneros.

El Gobierno dialogó con los líderes de las entidades, y después dejó de hablar, y volvió, y así sucesivamente. Los ruralistas volvieron al paro una y mil veces, al compás de la cuerda que se tensaba pero nunca se cortó.

Hubo un acto de 250.000 personas en la ciudad de Rosario a favor de los del campo. Y otro menos numeroso pero igual de rimbombante a favor del Gobierno en la histórica Plaza de Mayo de la Capital.

Pasó el tiempo y llegamos a junio. Y el conflicto ya no daba para más. Ya desde abril no daba para más. Los argentinos estaban hartos. Hartos de escuchar hablar del tema en la radio, la tele, los diarios. Hartos de la pelea, del enfrentamiento permanente, la retórica bélica y los discursos en cadena nacional.

Y la tensión en las rutas volvió con todo, en parte, porque se sumó un nuevo boxeador: los “transportistas autoconvocados”, que en el dialecto del conflicto significaba “camioneros de granos que no podían circular, ergo trabajar y cobrar sueldo, por lo que bloqueaban la ruta para impedir cualquier paso y así llamar la atención en búsqueda de una solución”.

La crispación volvió a Gualeguaychú y tuve que volver a esa ciudad. Tres meses después, la situación era muy distinta. De la respetuosa bronca inicial de los ruralistas se había pasado a una furia desmesurada. En medio de la pampa fértil se respiraba y exhalaba enojo.

Los ruralistas y camioneros entremezclaban su protesta en la ruta de una manera tan informal y espontánea que el resultado era anárquico. A veces, 6 ó 7 personas votaban en “asambleas” que decidían cuántas horas se bloquearía el camino. No había líderes definidos, ni que se quisieran definir. Sólo se presentaban ante la prensa con sobrenombres; ni decían de dónde eran ni cómo seguiría su medida. Todo dependía de la más absoluta eventualidad.

Los ruralistas ya no eran sólo ruralistas. Los había y varios, que se turnaban para llegar a la ruta, pasaban la noche cerca del fuego (el invierno tiene poca piedad en el medio de la pampa) y trataban de mantener viva la protesta.

Pero también se habían acercado muchos otros. Como Gustavo, un contador que esperaba ansioso y ofuscado el discurso de los ministros del Gobierno en el que iban a anunciar nuevas medidas referentes al tema. En la espera, tomaba cervezas y descargaba su bronca en el único restaurante que había cerca del corte, en medio de la nada.

“Yo no tengo nada que ver con el campo, pero vengo a quejarme por éstos que nos están hundiendo. Así no se puede seguir, se tienen que ir”, me dijo, con poca paciencia en referencia a la Presidenta y su Gobierno.

Intenté exponer una postura más conciliadora del conflicto, decir que había que buscarle una solución. En seguida pasé de la conciliación al miedo, ante las miradas de jóvenes que exudaban furia contra todo lo que intentara justificar en una mínima parte la medida del Gobierno.

Después intervino un enfermero más contemplativo que trabajaba en un hospital no muy lejano: José. “Yo tampoco tengo negocios con el campo, ni tengo nada que ver. Pero vengo a apoyar, porque esto no puede ser así”, dijo con más paciencia pero igual de hartazgo.

Del ring al circo

El anuncio de que la Presidenta enviaría su resolución al Parlamento para que se discutiera y se le otorgara más legitimidad a la medida distendió los ánimos. No hubo más paro, ni transportistas ni ruralistas cortando rutas. Pero el show tenía que seguir, y se trasladó.

La Plaza de los Dos Congresos, frente al Parlamento, fue el nuevo teatro. Grupos afines al Gobierno instalaron carpas. No de las de camping, sino carpas gigantes para albergar, por ejemplo, una fiesta de casamiento. Pero en este caso, no había pareja que casar sino legisladores que presionar.

Los ruralistas ubicaron la suya, “la verde”, rodeada por carteles con consignas a favor de su causa y debate. Mucho debate. Gauchos por doquier, mirando de reojo la trinchera de enfrente, a metros nomás, donde estaban las seis (¡sí, seis!) carpas “pro Gobierno”. Más tarde se agregaría una carpa “roja” de la izquierda pro-campo.

En el campamento había de todo un poco: talleres, mini recitales, charlas de profesores o funcionarios de rango medio que se tentaron por la atención mediática, que la hubo y mucha. Y casi al final, lo que faltaba para terminar de satirizar la cuestión: un desfile de jinetes a caballo en las cuadras cercanas a la plaza, como para agregarle un poco más de pampa al oscuro asfalto de la gran ciudad.

Cuando se escribe esta nota, la discusión está instalada en el Parlamento. Todavía falta mucho trecho para que el debate llegue a su fin: se aprobó la norma en la Cámara de Diputados, pero falta el Senado y –seguramente- una vuelta a Diputados. Si todo marcha bien, el tiempo irá apagando el conflicto. Y sus actores saldrán de escena. Ojalá que la platea recuerde la obra, aburrida y dramática, para intentar no volverla a ver.