Algunos países y especialistas piden frenar las políticas medioambientales hasta que pase la crisis internacional. Pero los ambientalistas los critican e intentan resistir. Ellos dicen que se podría aprovechar para invertir en bonos verdes o en generación de energías renovables. Opinan Juan Carlos Villalonga, director de Greenpeace Argentina y Matías Steinacker, especialista en finanzas y medio ambiente del J.P Morgan.

La crisis financiera mundial arrancó su ruta como una bola de nieve en septiembre y ya se convirtió en una avalancha que está arrasando con todo: desde puestos de trabajo, industrias, bonos y acciones, hasta con los mismísimos dogmas neoconservadores que imperan hace tres largas décadas.

En ese sentido, no tardaron en llegar las voces que comenzaron a clamar una suspensión de la lucha contra el cambio climático: un parate que los ayude a recomponer las finanzas primero y cuidar el planeta después.

El pedido encuentra su lógica en que, en momentos de anorexia presupuestaria, la batalla contra el calentamiento global implicaría “perder” recursos valiosos en intentar reducir las emisiones de carbono, en vez de gastarlos en reactivar la economía.

Ahora bien, la pregunta es si realmente existe esta contradicción entre ambas cuestiones y si esta guerra que algunos quieren crear puede terminar posponiendo la resolución de uno de los problemas más emblemáticos del siglo que estamos viviendo.

No hay mal que por bien no venga

El caso más sonoro de los primeros resquemores fue en la Cumbre de la Unión Europea que se llevó a cabo en octubre. Allí, Polonia e Italia, secundados por varios países de Europa del Este, amenazaron con vetar medidas en la Unión Europea (UE) para frenar las emisiones de gases de efecto invernadero (principalmente dióxido de carbono) y reducir la dependencia europea de los combustibles fósiles que los emanan (como petróleo).

La preocupación de estos díscolos tiene asidero: de aquí a 2020, la UE aspira a reducir un 20% de dióxido de carbono. Actualmente ya ahorra un 20% de consumo de energía y produce otro tanto a través de fuentes renovables. Todo esto implica una elevada factura por la reconversión productiva y la inversión en energías limpias.

El presidente francés Nicolás Sarkozy –a cargo de la presidencia de la UE este semestre- salió al cruce de estos pedidos y recalcó: “¿Cómo vamos a pedir a países como China que reduzcan sus emisiones si nosotros mismos rebajamos las previsiones? Si Europa quiere ser líder en la lucha contra el cambio climático, no puede renunciar a sus objetivos. No seríamos creíbles. El clima es tan importante que no podemos dejarlo caer por la crisis financiera”.

Ahí está el meollo de la cuestión para Juan Carlos Villalonga, director de Greenpeace Argentina, quien en diálogo conOpinión Sur Joven contó su temor a un “efecto cascada que lleve a todos al menor esfuerzo”.

“Si los países industrializados bajan sus expectativas de lucha, China e India también lo harán, y eso es muy peligroso porque puede derrumbar la construcción del Protocolo de Kyoto 2”, explica.

A fin de 2009 comenzará en Copenhague, Dinamarca, la discusión para elaborar la segunda fase del célebre Protocolo, que buscará impulsar metas más allá de las fijadas en su primera versión durante la década pasada. “Ya hay reuniones para negociar ese texto, y si se empantanan, vamos a tener un retraso y los objetivos serán mucho menores”, agrega. Según el consenso entre los especialistas, las emisiones de los países industrializados deberían estar ya un 30% reducidas, con miras a alcanzar una disminución de entre el 50 y el 80% para 2050.

Pero más allá de los reclamos, Villalonga plantea que, en medio de la turbulencia financiera, se abre una ventana de oportunidad para avanzar en el cuidado del planeta. “Hay algo esperanzador. Existe una enorme oportunidad para inversiones vinculadas al cambio climático, porque todos los países están pensando en un fuerte movimiento de inversiones anti-crisis. Esto se puede aprovechar para que se invierta en energías renovables y generar un New Deal Verde”, opina.

Según el líder de Greenpeace Argentina, la generación de empleos en negocios eco-sustentables es mucho mayor: “Cuando comparás una inversión en energía eólica, por ejemplo, con otra inversión industrial, la primera es la que mayor impacto tiene en la generación de puestos de trabajo. Y no es una hipótesis”.

“La crisis claramente tiene un efecto negativo, hay menos inversiones, y se le da prioridad a la economía y no al cambio climático. Y si cuesta más producir en forma eco-sustentable, peor. Pero hay que aprovechar la situación para que se vuelva virtuosa, y descarbonizar la economía con inversiones que traigan empleo”, concluye.

Ambiente de finanzas

Hay un vértice en el que las finanzas y el ecosistema no se chocan como intereses contrapuestos, sino que se cruzan y se nutren: se trata de los mercados ambientales, donde se comercian los títulos relacionados con el medio ambiente, como por ejemplo créditos de carbono, cuotas de emisión de gases de efecto invernadero, certificados de energías renovables, y todos los activos que llevan liquidez a los emprendedores que quieran adoptar un modo de producción ecoamigable.

Matías Steinacker, asesor financiero de Environmental Markets de J.P Morgan (cuya sede destinada al mercado ambiental está en Santiago de Chile) explica que su rol es ayudar a sus clientes a aprovechar las oportunidades y prepararlos a los nuevos desafíos de una economía limitada por la salud del planeta.

“La crisis internacional está afectando tanto en la demanda como en la oferta de créditos de carbono. El otorgamiento de estos créditos depende de que se lleven adelante proyectos que generen reducciones de los gases y, actualmente, hay una disminución en inversiones de este tipo”, explica el especialista chileno a Opinión Sur Joven.

“Por el lado de la demanda, estamos viendo que industrias intensivas en consumo de energía, y por lo tanto emisoras de dióxido de carbono, están recortando sus niveles de producción entre un 20 y un 30%, lo que significa una reducción inmediata en la demanda de créditos de carbono”, añade.

Como se ve, el brutal y multi-mediatizado stop que sufrió la economía en septiembre no sólo afecta la ayuda estatal al cambio climático, sino la propia concreción de proyectos eco-sustentables. Ante este sombrío panorama, ¿cobra más fuerza la opinión de los que quieren poner en el freezer el combate a favor del ecosistema?

La respuesta de Steinacker es rotunda: “En el mediano y largo plazo, la crisis económica pasará, pero la medio ambiental estará presente por un largo período, por lo que este conflicto trae una oportunidad para un desarrollo más sostenible. Aprovechando el gran nivel de inversiones que será necesario para reactivar la economía, se puede plantear un crecimiento inteligente, con los gobiernos jugando un rol preponderante al incentivar inversiones en tecnologías más limpias, más sustentables y más duraderas”.

Por si fuera poco, Steinacker parece responderle elípticamente a Silvio Berlusconi (primer ministro italiano, abanderado en octubre de frenar los esfuerzos contra el cambio climático) y enfatiza: “Si se deja esta lucha de lado, los costos de enfrentarla en el futuro serán más altos. Esto no sería para nada conveniente”.

Tanto los gobiernos de los países desarrollados, como los que están en vías de desarrollo, sacuden medidas para todos lados en pos de levantar o evitar una caída estrepitosa de la economía. Todavía no está todo dicho en cómo combatir el problema, ni consta que los mercados no vayan a pulverizar estos paquetes anti-crisis antes de que terminen siendo efectivos.

Por eso mismo, es el momento para que la sociedad civil actúe de inmediato y exija a los gobiernos que la batalla contra el calentamiento global no sea pospuesta. Que los proyectos de inversión pública (algunos con costos astronómicos) contemplen una revolución productiva a favor del medio ambiente. Porque si no es cuando el sistema global se está recomponiendo y reconfigurando, ¿cuándo va a ser? Porque si no es ahora, ¿cuándo?