¿Creés en Dios? Pregunta difícil de responder en plena posmodernidad…Sin embargo para algunos está más que claro: tienen la certeza de su existencia o de su inexistencia; otros en cambio no se animan a definirse. ¿Sirve para algo creer o Dios fue un invento del hombre antiguo para explicar cosas que no podía justificar? ¿Qué función cumple Dios en el siglo XXI? Para responder estas preguntas, un joven rabino de 28 años esboza algunos conceptos. Obviamente, él cree en Dios. Pero su texto, sirve para abrir el debate.

La pregunta del editor de la revista me dejo pensando durante unos instantes. “¿Queda lugar para Dios en la era de Internet?”. Mi primer intento de respuesta fue desde la lógica de la fe. Aquellos que creemos, pensamos que, como dice el profeta Isaías, “el mundo está lleno de Su gloria”. Es decir, si está en todos lados, ¿cómo no va a haber lugar para Él? Desde la perspectiva tradicional de la fe monoteísta, a los comienzos Dios (que es infinito en tiempo y espacio) se preguntó si quedaba lugar para el mundo. Esta es una paradoja clave en la mística judía, porque si Dios ocupa todo (por ser infinito y porque Su gloria llena el mundo), entonces no quedaría más espacio. Los místicos antiguos respondieron que Dios al crear el mundo tuvo que contraerse, porque si no, no quedaba lugar para nada que no sea Él. En cambio, si hubiere un lugar lo suficientemente inmenso como para contenerlo, entonces ya no sería Dios, porque su naturaleza radica en no poder ser reducido ni limitado.

Pero más allá de todas estas disquisiciones filosóficas pasadas de moda, se me ocurrió que la mejor manera de saber si queda lugar para Dios en la era de Internet, era preguntarle precisamente a la Web. Chequear si en la Red de Redes había lugar para el “Rey de Reyes”, como es llamado en las fuentes judías y cristianas. Google, ese ente difícil de definir, pero que todo lo ve y todo lo registra, tiene 531 millones de sitios en los que Dios puede ser encontrado, si lo buscamos por su nombre en inglés. Si lo googleamos por su apodo local, aparece 72 millones de veces, siempre omitiendo resultados similares o repetidos.

La pregunta, entonces, ya no es si hay lugar para Dios, sino dónde podemos encontrarlo. Y como hombre posmoderno que soy, no me hizo falta ni una brújula ni cartas de navegación para saber por dónde empezar. Google Earth, Google Maps o un dispositivo GPS de cualquier teléfono celular, de esos que se pagan en cómodas cuotas, me ayudaría a buscarlo. Pero para mi sorpresa, me encontré con una leyenda que decía “su búsqueda no produjo ningún resultado”. Es decir, más allá de mi hipótesis confirmada por Google, de que había lugar para Dios en la era de Internet, nadie podía ayudarme a encontrarlo.

Esto no es nuevo. A lo largo de la historia muchos buscaron a Dios, pero pocos (quizá nadie) lo encontraron. Albert Einstein solía manifestar que “Dios no juega a los dados con el universo”. Y aunque no sé si eso es cierto, me animaría a decir que sí juega con nosotros a las escondidas. Esa es quizá una de las imágenes más claras que tengo de lo divino. Dios como alguien que juega a esconderse, para despertar nuestro deseo de encontrarlo y movilizar nuestro sentido de la búsqueda. Un famoso dicho rabínico sostiene que “no hay lugar desprovisto de Su presencia”, y sin embargo, yo estoy afirmando que en estos tiempos, como en todos, nos cuesta percibirlo.

Esta dicotomía en relación a lo divino es parte de la duda que domina la vida de cualquier hombre de fe. Quien cree que la fe se trata de certezas, en realidad tiene una fe demasiado débil. Las certezas, como tales, son refutables. En algún momento de la historia nadie dudó de que el mundo fuera plano y de que estuviera sostenido por tortugas. En alguna etapa de la ciencia la certeza era que todo giraba alrededor del sol y, quien afirmara lo contrario, corría riesgo de que su cabeza rodara como un planeta más de la vía láctea. Sin embargo, las certezas fueron siempre verificables y por lo tanto cuestionables. La fe es una experiencia del dominio de la duda, de la búsqueda eterna de aquello que nunca finalmente comprenderemos, porque es precisamente ésa Su naturaleza.

Creer es esencialmente dudar. Creer es entregarse a una experiencia en la cual nos enfrentamos continuamente a algo de lo que el hombre moderno intentó privarse: el misterio. Lejos de ser una debilidad como consecuencia de nuestra imperfección, el misterio es una sensación sublime que nos posibilita comprender más acerca de nuestra humanidad. Percibirlo nos permite sabernos incompletos, imperfectos; ser testigos de que existe un Uno al cual no vemos sino que tan sólo descubrimos a partir de sus obras, de su palabra y de su creación. Y así, disciplina nuestro ego y nos posibilita tomar más consciencia de nuestra humanidad. En una época en que con un click podemos acceder a casi todo; en una dinámica en que el saber está al alcance de cualquier ‘usuario’ y no hay lugar del mundo que no pueda ser navegado montados al ratón, la fe nos recuerda permanentemente que existe una imposibilidad de comprender todo. Aunque podemos caminar las calles de cualquier lugar (incluso aquellos que no podríamos caminar si no fuera virtualmente), existen lugares que no pueden ser transitados ni siquiera con el más moderno de los GPS.

Pero hay algo más. La era de Internet amenaza a la humanidad con el peligro del aislamiento: en un mundo en el que todos estamos ‘conectados’, es más fácil que nuestros vínculos desaparezcan. Las relaciones se reducen a contactos y las amistades a pequeños rectángulos en el costado de nuestro Facebook. Hasta me animaría a decir que pronto vamos a estar en condiciones de enunciar un nuevo teorema moderno (una especie de Pitágoras de la era Google), que afirmará que la relación entre la cantidad de ‘friends’ en Facebook y la de amigos en la vida real es inversamente proporcional.

Los profetas bíblicos imaginaban los tiempos de redención como aquellos en los que “cada hombre vivirá bajo su higuera y bajo su palmera”. Los tiempos que vivimos nos encuentran, por el contrario, a cada uno frente a la pantalla, cada vez más diminuta y con mejor definición, de nuestra computadora de mano. Es precisamente en ese contexto, que la fe se revela como una herramienta de valor excepcional a la hora de preservar las relaciones entre los humanos no mediadas por la tecnología. Las experiencias religiosas que se derivan de la fe, son mayormente comunitarias y de contacto real, no virtual. La fe entonces, tiene como consecuencia la necesidad de una vida comunitaria que, por ahora, no puede ser reemplazada por la vida on-line. Y aún cuando esto suceda, aún cuando en algún momento surjan las Web-misas o las meditaciones virtuales, siempre el hombre de fe va a tener una ventaja ante el aislamiento de la vida en el mundo Google: quien cree en Dios, nunca está solo.

Ilustración: Bárbara Dana

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Algunos links para quienes quieran buscar a Dios en la Web:

Google Earth

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