¿Te imáginas si las botellas, las bolsas o hasta los celulares estarían hechos a base de plumas de gallina en lugar de plástico? El bioplástico, un material que se presenta como una solución posible a la contaminación que producen los plásticos convencionales.

La botella de agua. La jabonera. El cajón de la heladera. El interior del auto. La notebook. Las bolsas del supermercado y la mitad de las cosas que llevamos en ella. Todo el tiempo y a toda hora estamos vinculados en forma material al plástico.

Pocos productos representan tanto a esta era. Desde la Revolución Industrial, si hay un elemento que fue ícono del capitalismo de masas y del consumo no sustentable, fue el plástico. Se inventó en Estados Unidos en 1860, cuando un fabricante de bolas de billar ofreció una recompensa a quien consiguiera reemplazar al marfil natural. John W. Hyatt no ganó el concurso pero sí desarrolló el celuloide, inventando así un material esencial para la futura industria del cine, y además, un tipo de plástico.

Las décadas fueron pasando y el plástico invadió todos los aspectos de la vida cotidiana, ayudado por el auge de la exploración petrolera (por ser un derivado del crudo) y por el consumo masivo tan típico del siglo XX. Si se hiciera un ejercicio mental para imaginarnos hoy un mundo sin plástico, sería casi imposible poder seguir viviendo de la misma manera.

Pero así como es un emblema del capitalismo post industrial, lo es también del calentamiento global. El plástico es uno de los elementos más perjudiciales para el medio ambiente, porque además de no ser biodegradable, implica en su proceso de producción la generación anual de millones de metros cúbicos de gases de efecto invernadero.

Se calcula que en los últimos 30 años el planeta viene acumulando 1000 millones de objetos de plástico y la naturaleza no tiene dónde reubicarlos, ya que cada objeto de este material demora hasta 500 años en desintegrarse. Por eso, mientras tanto, el plástico convive con personas, animales y plantas, y su impacto en el ecosistema es notable.

Además, según un estudio del Ministerio de Medio Ambiente de Dinamarca, cada kilo de plástico implica una emisión de 2,7 metros cúbicos de dióxido de carbono, diez veces más que el cartón (aunque menos de la mitad del aluminio). En su masividad radica el peor problema: en todo el mundo se utilizan cerca de tres millones de toneladas de plástico para embotellar agua al año, por dar sólo un ejemplo.

Las cifras asustan también en lo que hace a las bolsas de plástico: 12 millones de barriles de crudo fueron usados en 2010 en Estados Unidos para la producción de 88.5 millones de bolsas. Los esfuerzos por reemplazar el plástico por bolsas de tela parecen prometedores pero aún muy insuficientes.

La necesidad de comenzar a dar vuelta la historia y encontrar un reemplazo para el plástico es evidente desde hace tiempo. Por eso, la ciencia avanzó en su sustitución y, así como ocurrió con el combustible, creó lo que hoy se denomina bioplástico, una de las esperanzas del capitalismo sustentable del siglo XXI.

El tandem Bio-Bio

Los bioplásticos, en vez de estar hechos a base de derivados del petróleo, se fabrican a partir de biomasa, como por ejemplo aceite vegetal o almidón de maíz, soja, caña de azúcar u otros materiales que por lo general son desechos agrícolas.

“A diferencia de los plásticos convencionales, la ventaja de los bioplásticos es que se degradan totalmente en condiciones aeróbicas, es decir, al aire libre”, explica en diálogo con Opinión Sur Joven la doctora en biología Nancy López, investigadora delDepartamento de Química Biológica de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires (UBA).

López agrega que “otra ventaja es que se producen a partir de productos renovables, a diferencia del petróleo”. Ella forma parte de uno de los dos equipos que investiga en esa casa de estudios la producción de bioplásticos a partir de bacterias, a diferencia de la otra variante, que es almidón.

“Las bacterias acumulan polímeros de reserva, y a partir de la extracción de esos gránulos que producen, se hacen los bioplásticos. Hoy, los fabricados a partir de bacterias no pueden competir por los costos, pero en un futuro se van a tener que balancear con los costos de alimentos”, señala.

López da en la tecla de uno de los grandes desafíos de la economía ecosustentable: la dicotomía entre cuidado del medio ambiente y resguardo de los precios de las materias primas. “Habrá que evaluar más adelante si es conveniente producir (bioplásticos) a partir de recursos vegetales utilizables para alimentos, como son la caña de azúcar y el maíz”, advierte.

Queda claro que el tandem Bio-Bio (no en referencia a esa provincia chilena al sur de Santiago, sino a lo biogenético y lo biodegradable) es la clave que hace a este producto una sustitución responsable del plástico tradicional, morigerando sus dos principales defectos y haciéndolo sustentable en el tiempo.

Pero además de la fabricación de bioplásticos a partir de bacterias en la Argentina, existen otras alternativas coloridas en el mundo: la American Chemical Society dio a conocer un nuevo tipo de bioplástico, hecho a base de desperdicios de plumas de gallina, aprovechando algunos de los 1360 millones de kilos de pluma de gallina al año que se generan en Estados Unidos. Esas plumas están compuestas en su mayor parte por queratina, una proteína que también se encuentra en cuernos de animales, así como en cabello y uñas, y con la cual se produce un termoplástico, que es una película que cuando es calentada se contrae. La creatividad al servicio de la ciencia.

El factor petrodólares

Como todo lo que hace al medio ambiente, hay un costado económico y geopolítico que pesa mucho. Esto se debe a que la producción de plásticos es masiva e implica un gran negocio a nivel mundial, y al estar tan emparentado con el petróleo, complejiza aún más el tema.

Según el sitio Web especializado Grist.org, la producción de plásticos tradicionales se lleva 84,5 millones de barriles de crudo por día, es decir que sumado representa el 8% del total de la producción anual global. No hace falta ser un Nobel de Economía para saber que estamos hablando de un negocio de miles de millones de dólares.

Pese a que los costos aún son funcionales a la producción en base a crudo (además hay todo un sistema de fabricación que lleva décadas y desandar ese camino requiere una inmensa inversión), los emprendimientos de bioplásticos están incrementándose en forma acelerada y constante, incluso en nichos del sector que sorprenderían: hay avances en plásticos para usos especiales como implantes médicos o para utensilios de agricultura.

Pero la tasa de crecimiento más grande se da en las industrias automotoras y de electrónica, en los artículos como las consolas o las cajas del teléfono portátil. Durante los últimos ocho años, el consumo de bioplásticos hechos a base de almidón, azúcar y celulosa aumentó 600%. Los principales esfuerzos empresariales para producirlos se dan en Europa (donde predomina el almidón como insumo), Japón, Estados Unidos, Australia, Brasil, China, India, Canadá, Corea y Taiwán.

En la lucha contra el plástico, hay mucho aún por hacer, más allá de usar menos bolsas de polietileno en el supermercado. El plástico marcó una era, y el consumidor (y votante, a no olvidar que la acción estatal es, como siempre, fundamental) ya tiene el reemplazante para darla por terminada.

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