Es posible que especies como la ballena franca y la ballena gris dejen de existir antes de que termine el siglo XXI. A pesar de los avances, la situación de los cetáceos a nivel global sigue siendo preocupante. Intereses en juego y perspectivas a futuro.

Ilustración: Lorena Saúl

Hace 20 años, cuando la ecología empezaba a ser considerada un tema relevante a nivel masivo, había un símbolo que se popularizó mundialmente. Eran unas aletas de cola de ballena, que bajo la consigna “Salva a las ballenas” (Save the Whales, en inglés) se transformó en uno de los primeros eslóganes ambientalistas en masificarse. Pegatinas, camisetas, collares…por doquier se lo encontraba.

Dos décadas y mucho marketing después, las ballenas aún permanecen en peligro y la lucha por su cuidado sigue dando que hablar. En sus albores, allí por los 70´, cuando comenzó el movimiento mundial contra la caza indiscriminada de los cetáceos, ya una conferencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre medio ambiente recomendó una moratoria de diez años sobre la caza comercial para permitir que las poblaciones pudiesen recuperarse.

En 1982, la Comisión Ballenera Internacional (CBI), un organismo creado en 1946 con la finalidad de evitar la caza y el comercio, determinó el fin de la captura con objetivos mercantiles –vigente desde 1986- pero dejó en pie el permiso para la caza con fines científicos. La moratoria persiste y es renovada constantemente, pero los asesinatos de ballenas continúan, especialmente en aguas internacionales.

Los países cazadores son principalmente tres: Japón, Noruega e Islandia. La captura con fines comerciales, rechazando la moratoria de la CBI, fue liderada por los noruegos, con 536 ballenas en 2009, y los islandeses, con 38, en tanto Japón lidera la caza científica con 1.004 cetáceos en ese mismo año, a pesar de que los ambientalistas consideran que su cacería es con fines industriales y poco tienen que ver con la ciencia.

Según datos de la agencia France Press, hay una caza legitimada para pueblos aborígenes que pueden demostrar que su subsistencia y tradiciones dependen de ella, como ocurre en Alaska, Groenlandia, Tchukotka (Siberia rusa), las antillas San Vicente y Granadinas, y la de los inuit (esquimales) canadienses.

El consumo de la carne de ballena está en detrimento en todo el mundo, e incluso en Japón, mayor consumidor mundial, sólo un 10% de su población come carne de cetáceos. Además el aceite de ballena, que en el pasado era comercializado en reemplazo del petróleo, prácticamente no tiene valor alguno en la actualidad. Sin embargo, el panorama aún es sombrío y el peligro de extinción, una realidad.

Santuario se busca

“La situación de las poblaciones de ballenas es crítica, después de haber sido diezmadas en los dos últimos siglos, quedando hoy aproximadamente un 10% de la biomasa total. Las 12 especies de grandes ballenas están protegidas por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas y en Peligro, ya que muchas de las poblaciones de cetáceos todavía no se han podido recuperar, aun sin ser cazadas”, dice a Opinión Sur Joven el biólogo Francisco Gonçalves, consultor científico de la International Fund for Anifal Welfare (IFAW).

Gonçalves, quien reside en Portugal pero vivió en Sudamérica estudiando a las ballenas, explicó que “quedan tan pocos ejemplares de especies como la ballena franca del Atlántico Norte y la ballena gris del Pacífico Oeste, que probablemente dejen de existir antes de que termine el siglo XXI”.

No sólo la caza afecta a las ballenas, sino también muchos otros problemas: “El calentamiento global, la reducción de la capa de ozono, los químicos tóxicos vertidos al mar, la captura incidental, las colisiones con embarcaciones; por nombrar algunas, son acciones que tienen un gran impacto en los cetáceos y conforman parte de la crisis que afrontan los océanos del mundo”, añade.

Gonçalves afirma que es de imperiosa necesidad establecer un santuario en el Atlántico Sur que proteja a las ballenas, así como el que existe en el Océano Índico y el Mar Antártico. “Sería un claro mensaje a la comunicad internacional, despertaría más confianza para la actividad turística en la zona y protegería a todas las ballenas francas australes, que también siguen amenazadas y son las que se reproducen en las costas sudamericanas durante el invierno”, agrega.

En ese sentido, señala que con un santuario se crearían reglas y protocolos para manejar y disminuir el impacto de la actividad humana sobre las ballenas: “Hay que tener en cuenta que las ballenas proveen el sustento de unas 500 comunidades en 90 países, y el turismo de observación genera ingresos por más de 1000 millones de dólares con un crecimiento promedio del 12% anual”.

Vale recordar que desde la institución de la moratoria a la caza comercial, más de 20.000 ballenas fueron asesinadas para consumo humano, y el principal país cazador, Japón, tiene la flota pesquera más grande del mundo.

El sabotaje nipón

A mediados de julio, la CBI –integrada por 89 países- tuvo su reunión anual en la isla de Jersey, Reino Unido. Allí, el denominado Bloque Buenos Aires, que aglutina a los países latinoamericanos (que es el más homogéneo y conservacionista) impulsó, con Brasil y Argentina a la cabeza, la propuesta para instituir el santuario en el Atlántico Sur, la cual necesitaba para ser aprobada el visto bueno del 75% de los miembros. Pero no pudo ser.

“Este santuario sería un área de protección que promovería la investigación e iría desde Ecuador hasta la Antártida y de Sudamérica a África. El 80% de las ballenas de todo el planeta vive en el hemisferio sur, porque los países que las cazan comercialmente son del hemisferio norte”, explica a Opinión Sur Joven el enviado de Greenpeace Latinoamérica a la reunión de la CBI, el argentino Milko Schvartzman.

Como todos los años, Greenpeace envía representantes a los encuentros de la CBI. Este año, el que según Schvartzman significó el de mayores logros, los ambientalistas de diversas ONGs globales atestiguaron sobre un hecho sin precedentes. “Cuando Argentina y Brasil pidieron la aprobación del santuario, ya se alcanzaba el 70% de los votos de los miembros, pero Japón y sus países aliados se negaban a llegar al consenso. Al decidir el grupo Buenos Aires llevar a votación igualmente la propuesta para dejar sentado el nivel de apoyo logrado, por más que no fuere el necesario, Japón se retiró junto con otros 15 países para no dar quórum y que no se pueda votar”, relata.

Schvartzman destaca que por más que no se lograran los votos suficientes, Japón quería evitar que la elección mostrara la construcción de una clara mayoría creciente de alrededor del 70%. “Hubiera sido histórico”, suspira, y describe la maniobra “como una clara señal de debilidad por parte de Japón”. Igualmente, el grupo de países miembros que se quedaron en sesión determinaron que el primer tema a tratar en la próxima reunión (el año que viene en Panamá), será la creación del santuario del Atlántico Sur.

El saldo positivo que dejó la reunión de la CBI se traduce en una propuesta del Reino Unido para cambiar el estatuto y mejorar el acceso a los documentos del comité técnico (que recién se hacían públicos al comenzar el plenario y no antes), a obligar a realizar las contribuciones anuales de los miembros a través de transferencias bancarias (y no más cheques o efectivo), y a darle voz y fomentar la participación de las organizaciones civiles ambientalistas en las reuniones de la CBI.

“Para lograr un acuerdo con los países aliados de los cazadores, hubo que dejar de lado el darles voz a las ONGs, pero lo importante es que se aprobaron las otras dos propuestas, especialmente la de financiamiento, porque obstaculiza mucho la compra de votos, que hasta fue denunciada por Transparency International”, señala.

El proceso ya lleva mucho tiempo y pendula entre avances y estancamientos. El rescate y conservación de las ballenas amenazadas por la insaciabilidad del hombre es una causa que despierta simpatías en todo el mundo pero implica el embate a intereses complejos y un entramado comercial y cultural.

Pero la meta es clara y asequible. Debe serlo. Porque sino, como dice una frase que inmortalizó Roger Payne, descubridor de los cantos de las ballenas jorobadas y uno de los mayores estudiosos de cetáceos de la historia: “Si no logramos salvar a las ballenas, entonces no podremos salvar nada”.

Ilustración: Lorena Saúl

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+Info

Te mostramos algunas imágenes sobre la caza indiscriminada de ballenas:

Algunos links para que investigues:

Organización de las Naciones Unidas (ONU)

Comisión Ballenera Internacional (CBI)

France Press

International Fund for Anifal Welfare (IFAW).

Greenpeace

Transparency International