Volvemos con la sección en que un extranjero que vive en el país decide mostrar algunos aspectos de nuestra cultura que quienes vivimos acá no advertimos. En este caso una colaboradora ecuatoriana desmiente el mito de que en la Argentina se come bien, dice que las calles de Buenos Aires son seguras y que el transporte público es ordenado.

Llegué a la ciudad de Buenos Aires, hace más de un año, para cursar una maestría en comunicación audiovisual. El tiempo transcurre y estoy cerca de terminar los estudios que me propuse. Elegí estar aquí porque la oferta académica es considerable y los espacios para la cultura y el arte son generosos y más asequibles para todos.

Ser “extranjero”, es un calificativo que nos sitúa de una forma particular en un espacio y tiempo. Me refiero al espacio porque no es el lugar del que provenimos y al tiempo porque es relativo y, quién sabe, al pasar de los días o los años podemos mimetizarnos con la cultura. Adaptarse a una nueva forma de vida genera situaciones interesantes, unas de lucha constante y otras de lo más graciosas e inimaginables. A continuación les contaré, como ecuatoriana, algunas impresiones de Buenos Aires.

Las monedas

Una de las primeras sorpresas con las que se encuentra un extranjero al llegar a Buenos Aires tiene relación directa y de dependencia entre el transporte público y las monedas; si no dispone de ellas, será casi imposible movilizarse en colectivo. Esta situación, en primera instancia, te deja un tanto perturbado pues no será tan fácil llegar a todos los lugares turísticos que se propuso o simplemente a la universidad, como en mi caso.

El sistema informal se ha organizado de tal forma que cuando las monedas escasean, existen ciertos métodos y opciones a los que uno puede recurrir: el recomendado por las entidades oficiales es cambiar en el banco billetes por monedas, pero esto no siempre funciona; muchas veces no te dan cambio y los bancos no están abiertos después de las 15.

Otra estrategia común es que cuando tenga monedas en su poder, debe aferrarse a ellas y no soltarlas, salvo en casos en que sea extremamente necesario; si alguien le pregunta por ellas debe adquirir aptitudes teatrales y fingir que se gastó todas. Otra alternativa a la que uno se acostumbra es a dominar los cálculos matemáticos, de tal forma que, a partir de cualquier transacción, logre obtener el cambio en monedas; para este efecto es común invertir en chicles, chocolates o algún tipo de refresco.

A la espera del colectivo

En el país del cual provengo, Ecuador, el sistema de transporte funciona muy distinto. Prácticamente no existen las paradas de colectivos y es posible subir y bajar del bus en cualquier parte de la ruta del mismo. Al llegar a una ciudad como Buenos Aires, con cierto orden en este sistema, cuesta acostumbrarse a esperar el colectivo en un punto determinado, hacer fila, aprender a ceder el asiento a quien lo necesita y llegar a un destino después de caminar varias cuadras.

Caminar en relativa calma

Debido a la inseguridad, la mayoría de los habitantes de América Latina, caminamos por nuestras calles muy atentos a cualquier situación extraña y a veces presos de cierta paranoia. Cuando llegué a esta ciudad mi situación y la de muchos otros cambió: la posibilidad de caminar largas distancias, ayudados por la plana geografía, brinda un aire especial a nuestro día a día. Vamos con cuidado pero no atemorizados, podemos disfrutar de largas conversaciones por la Avenida Corrientes y andar al ritmo de un reproductor de música bien guardado en un bolsillo.

La comida

Los primeros síntomas de nostalgia se manifiestan en el paladar. ¿Será porque ciertos sabores nos conectan con la tierra y con los mimos del hogar? La situación es que a pesar de saborear un buen bife o un delicioso sandwich de bondiola en la costanera, yo sigo sin entender cómo en Buenos Aires se come empanadas sin ají (salsa picante), la escasez que existe de frutas para disfrutar de un buen batido, la ausencia del plátano verde para hacer bolones o patacones y el precio tan alto que se paga por unos pocos mariscos.

Entonces, para matar esa añoranza, suelo esperar ansiosa a que algún viajero, con espacio libre en su maleta, me traiga de contrabando algunos de los manjares que tanto extraño. Mientras, me acostumbro a prescindir del arroz y a comer la famosa fugazzeta, las empanadas de humita que tanto me gustan, un sandwich de milanesa o, en un día de apuro, alguna hamburguesa de esa marca amarillo con rojo que aquí me sorprende en cada esquina.

…en la vejez

No sé si será porque estoy cercana a los 30 años que pienso muchas cosas frente al tema de la edad, pero me llama la atención y me encanta cómo la gente de la tercera edad aquí no se esconde y es independiente. Salen seguido a tomar un café con los amigos y amigas, frecuentan el cine e inclusive hay veces que asisten solos, se movilizan en colectivo y pasean al perro, sin miedo, a la media noche.

He pensado seriamente que si bien debo regresar a trabajar a mi país, mi vejez la quiero pasar aquí en Buenos Aires. Tendría más oportunidades y me divertiría. Claro que eso será si cuento con una buena jubilación porque con la inflación que se vive en este país prefiero no imaginarme los precios en el futuro.

La procedencia, el acento y las palabras

Es peculiar la sensación cuando uno llega a un país de lengua castellana, como la de uno, y no entiende nada; desde las palabras y expresiones, hasta ciertas costumbres. Así, al principio, toca pedir que nos repitan tal o cual frase, entender las palabras por el contexto o hacernos los desentendidos porque preguntar mucho a veces avergüenza.

Sucede, por ejemplo, que los extranjeros pensamos que decir boludo, es insultante, pero luego de escucharlo de la boca de todo tipo de personas y en variadas situaciones, comprendemos que es una palabra que sí en efecto puede ser usada de forma peyorativa, también, manifiesta camaradería y confianza.

Nuestro acento extranjero y ubicación en el mapa también llaman la atención a los argentinos. Por mi acento pocas veces descubren que soy ecuatoriana y el hecho de bailar bien salsa lo asocian inmediatamente con una ubicación inminente en el mar caribe, nos dicen “caribeños”. Puedo decir que Ecuador esta en Sudamérica bien abrazado al Pacífico. La costumbre de tomar el mate, en casa, en el parque o en alguna fila de larga espera, me gusta, porque a partir de este buen “pretexto” se forman interesantes reuniones que pueden durar horas. Lo extraño es ese sabor amargo del mate, que varios extranjeros lo prefieren con azúcar para poder ser parte de las largas tertulias.

Detalles y experiencias como estas hacen que mi vida en Buenos Aires tenga un distinto aire a lo que solía ser mi cotidianeidad. Vivir en una patria diferente amplía la visión, refuerza la identidad y te convierte en un ser más tolerante con las diferencias.

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*La mirada de un mexicano

*El análisis de una joven estadounidense

*La perspectiva de una noruega