La iniciativa de Desertec que busca reemplazar los combustibles fósiles por energía solar para 2050 gana terreno. Hablamos con el chileno Ignacio Campino, flamante director de la Fundación Desertec, un latinoamericano en un puesto clave, en la ONG que puede cambiar el mundo para siempre.

En apenas seis horas, los desiertos de la Tierra reciben más energía solar de la que la humanidad gasta en un año entero. Sólo en las planicies arenosas de Medio Oriente y del norte de Africa, el sol brilla durante 12 meses generando una energía equivalente a 630.000 teravatios por hora. Eso es 30 veces más de lo que se produjo mundialmente de electricidad en todo 2010.

Por si fuera porco, el desierto en tanto ecosistema está al alcance de la mano. Más del 90 por ciento de la población del planeta vive a no más de 3.000 kilómetros de algún desierto del cual se puede obtener energía limpia.

Nuestro astro, el Sol, eje del sistema en el cual vivimos en el cosmos, ya no solo es fuente de vida sino también de soluciones. Su aprovechamiento podría llevarnos a combatir la máxima amenaza contra la civilización humana después de las bombas nucleares: el calentamiento global.

Por ejemplo, si la humanidad se pusiera de acuerdo en reservar un área de 83 mil kilómetros cuadrados en las regiones más receptoras de luz solar del planeta para la construcción de usinas termosolares, esa zona podría atender la actual demanda global de electricidad. Y 83 mil kilómetros cuadrados no es mucho: equivale a un territorio del tamaño de Austria.

Anclados en esa utopía, científicos, políticos, militantes ambientalistas y hombres de negocios se organizaron en enero de 2009 y lanzaron la Fundación Desertec en Alemania y bajo el amparo del Club de Roma. Fundación que tiene como meta pegar un volantazo en la ecuación energética global y, si lo logra, transformará la economía y la geopolítica como las conocemos hoy por hoy. Un latinoamericano acaba de asumir la conducción de Desertec: Ignacio Campino.

En Sudamérica se puede

Campino es un ingeniero chileno que lleva trabajando 40 años en Alemania, 17 de los últimos a cargo de la parte de Desarrollo Sustentable de la megacompañía de telecomunicaciones Deutsche Telekom. Se fue de joven a estudiar a ese país tras egresar de la Universidad Católica de Santiago.

Recientemente tuvo el honor de ser designado en uno de los puestos más importantes del mundo en lo que hace a la lucha contra el cambio climático, como es estar al frente de la Fundación Desertec, por lo que significa hoy esa organización para el ambientalismo global en tanto las posibilidades de cambio que representa y el vigor que viene demostrando.

“La fundación tiene como tarea principal la promoción del uso de la energía renovable con especial atención en la solar en desiertos y zonas áridas, debido a la alta radiación en estas regiones, pero sin excluir otras formas de energía renovable, como es la eólica, que se complementa con la solar en la generación de electricidad”, explica en diálogo con Opinión Sur Joven.

Según Campino, Desertec procura la “integración de las diferentes formas de energía renovable en una región para así lograr un abastecimiento permanente de energía aun cuando no brille el sol o no sople el viento. El concepto Desertec se destaca también por considerar los principios del desarrollo sostenible, lo que significa promover el desarrollo de las comunidades vecinas a donde estén localizadas las plantas termosolares”.

Al consultarle sobre las posibilidades de impulsar el dogma Desertec en Sudamérica, Campino resaltó que “en varios países sudamericanos hay muy buenas condiciones para el uso de la energía solar y también eólica. El desierto de Atacama (en el altiplano chileno) y zonas de Perú, Bolivia y Argentina ofrecen condiciones excepcionalmente favorables para la aplicación del concepto Desertec”.

“Ahora es el momento para tomar decisiones con gran repercusión para el futuro. El consumo de energía en Sudamérica está creciendo fuertemente y hoy se ofrece la posibilidad empezar a tomar las medidas para cubrir esa demanda en un futuro próximo con energía limpia.  La fundación tiene la aspiración de extender su trabajo a todo el mundo, a donde haya las condiciones requeridas”, señaló.

Campino comparte con su colega Thiemo Gropp la dirección estratégica de Desertec, que es una entidad sin fines de lucro y que tampoco tiene proyectos propios de construcción de plantas de energía, sino que se dedica a definir criterios para su implementación en forma sustentable. Es decir, produce el know-how y sale a la caza de conciencias y articula con el sector público y privado para tentarlos a invertir. Se financia principalmente por donaciones de personas y/o compañías interesadas en la promoción de la energía renovable.

La luz de Europa

“Hasta hoy no tenemos a nivel mundial una ecuación o modelo general para el suministro de energía en forma sustentable,  y menos que menos sin emisiones de CO2. Las negociaciones a nivel mundial no han llegado a un final exitoso en ningún ámbito. Por eso la importancia de Desertec: ofrecemos una alternativa que se puede aplicar ampliamente en mucho lugares del mundo, y en su promoción de este concepto vemos con mis colegas nuestro gran desafío a futuro”, opina Campino.

La Fundación, junto a un conjunto de empresas alemanas y de otros países europeos que quieren impulsar el dogma Desertec, crearon la Iniciativa Industrial Desertec (DII por sus siglas en inglés), mediante la cual promueven la realización de plantas termosolares para la generación de electricidad en el norte africano y Medio Oriente y transportarla a Europa Central para reemplazar la matriz energética nuclear y fósil.

“Según un estudio reciente realizado por el Fraunhofer Institute for Systems and Innovation Research, en 2050 es posible abastecer el 20% de la electricidad requerida en Europa con energía traída del norte de África, promoviendo al mismo tiempo el desarrollo económico de aquella región. Para alcanzar esta meta será necesario instalar una gran cantidad de plantas generadoras en base a viento y radiación solar e interconectarlas por medio de una red de distribución inteligente para garantizar un uso optimizado de la electricidad”, explica.

La idea suena revolucionaria. No sólo cambiaría la geopolítica (el petróleo perdería su poder de chantaje en las relaciones internacionales entre Rusia y otros países asiáticos con Europa), sino que se vuelve imprescindible para un planeta que para 2050 estará habitado por 10 mil millones de hombres y mujeres, sobrecargando su sustentabilidad y poniendo en jaque sus recursos.

Para producir al menos el 15% de la necesidad eléctrica europea, se requerirían 2.500 kilómetros cuadrados de desierto con usinas termosolares. Un área del tamaño del Ducado de Luxemburgo. Para ese objetivo, un octavo del presupuesto previsto se dedicaría a las nuevas líneas de transmisión entre Europa y Medio Oriente y África.

Desertec quiere convencer al mundo de la viabilidad de un proyecto que, en su magnitud, ya está siendo comparado con el primer paso del hombre en la Luna, sólo que esta vez el protagonista no es el satélite terrestre, sino el Sol. De hecho, el CEO de DII, Paul van Son, remarcó en una conferencia sobre energía impulsada en Estados Unidos por el German Marshall Fund que “Desertec no será un segundo ‘Eurotúnel’ (en alusión al subfluvial que unió Londres con París). No es un megaproyecto particular sino una oportunidad de crear mercados energéticos en el vecindario periférico a Europa”.

Van Son también tiene razón en evitar compararlo por su costo: para lograr la meta que relató Campino haría falta una inversión total de 400 mil millones de euros. En tiempos en que la turbulencia financiera no deja de arreciar, la cifra pesa como nunca. Pero los grandes proyectos siempre conllevan grandes plazos y grandes esfuerzos.

El motor del dogma, Alemania, puso fecha límite el 2022 para cerrar su última usina atómica (decisión derivada por el colapso de Fukushima). Tal vez entonces sea este momento de grave crisis el indicado para sembrar, y que la generación que viene no coseche únicamente los costos de la resaca de la timba financiera de sus padres.