Es una enfermedad producida por un mosquito. Se registraron más de 120.000 casos en Brasil y más de 22.700 en la Argentina. ¿Se puede hablar de epidemia? ¿Qué hacer para prevenirlo? ¿Hay responsabilidad política en este brote? El impacto del cambio climático.

Si bien los últimos títulos de diarios y TV que invocan la catástrofe se refieren a la gripe porcina que hace estragos en México y otros países, ese problema (a la fecha en que se escribe esta nota) todavía parece estar circunscripto al hemisferio norte. En estas latitudes al sur del Ecuador, la epidemia que mostró su virulencia fue derivada de un viejo conocido: el dengue.

Más de 120.000 casos de dengue se registraron en Brasil, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), y más de mas de 22.700 en la Argentina –que sufrió su peor epidemia de esa enfermedad en la historia, con 5 muertes-, según el Ministerio de Salud local. El flagelo también dijo presente en Bolivia y Paraguay. ¿Nos tenemos que acostumbrar a que cada verano las cifras sigan creciendo? ¿Qué responsabilidad le cabe a los gobiernos de cada país en su propagación? Como todo problema, primero, mejor entenderlo.

El dolor tiene cara de Aedes Aegypti

El dengue es una enfermedad infecciosa causada por un virus (flavivirus) que no se contagia directamente de una persona a otra, sino que para que se transfiera se necesita la intervención de un vector. En este caso, el ya tristemente célebre mosquito Aedes Aegypti.

“La forma más común de la enfermedad (dengue clásico) se caracteriza por un cuadro de comienzo brusco, con fiebre, dolor de cabeza, sensación de cansancio extremo en los ojos, dolores en los músculos y articulaciones, y la posible aparición de manchas rosadas en la piel. Algunos pacientes pueden tener vómitos y dolor abdominal”, explica en diálogo con Opinión Sur Joven el doctor Néstor Jacob, jefe de Infectología del Hospital Universitario Austral.

Según cuenta Jacob, esta forma de dengue clásico (o también llamada fiebre del dengue) tiene una duración aproximada de entre cinco y siete días, y se cura espontáneamente, ya que –aclara- no existen aún medicamentos que tengan actividad contra el virus.

El tratamiento consiste en algo casi tan simple como la vieja receta de la abuela: reposo y toma de algún antitérmico como paracetamol; no aspirina ni derivados. “Se evita aspirina e ibuprofeno porque así se disminuye el riesgo de sangrado. Y el dengue puede desencadenar en sangrado”, comenta Hernán Barugel, médico del Hospital Pirovano de la ciudad de Buenos Aires, quien recibió en su institución a varios pacientes infectados.

Lo que sí, mejor resguardarse de los mosquitos, porque sino el propio enfermo facilita la propagación al dejarse picar. Jacob destaca, además, que muchas personas se infectan con el virus pero no terminan padeciendo la enfermedad.

Pero la cuestión puede no ser tan simple. Hay formas más graves en las que puede derivar la enfermedad: el dengue hemorrágico y el shock por dengue. Aunque se producen en menor proporción que su variante más benigna, éstas pueden llevar a la muerte si no son tratadas a tiempo.

“Estas formas se caracterizan principalmente por la aparición de manchas hemorrágicas en la piel, hemorragias en el tubo digestivo, en las mucosas, disminución de la presión arterial, dolor abdominal intenso y vómitos. Se requiere siempre la internación de los pacientes y con frecuencia su asistencia en unidades de cuidados intensivos”, agrega Jacob.

Cómo se previene

En este tipo de enfermedades, la prevención es esencial y la misma pasa fundamentalmente por evitar la picadura de los mosquitos infectados. En tiempos de calor y de reproducción exponencial de los benditos bichitos, no parece tarea sencilla. Pero es posible.

“Evitar la picadura se logra mediante el control de la proliferación del vector, impidiendo su reproducción (anulando reservorios de agua donde pone los huevos y nacen las larvas) y por medio de las medidas de protección personal (ropa adecuada, repelentes)”, añade Jacob, y recalca que no existe una vacuna efectiva para el dengue, así que la prevención cobra mayor importancia.

El Ministerio de Salud argentino recomienda, además de poner mosquiteros en la casa y utilizar repelente, aniquilar todo tipo de criadero de mosquito. Esto implica una verdadera batalla contra cualquier lugar donde se pueda acumular un poco de agua, por lo que se insta a limpiar el patio de la casa, tapar los depósitos, sacarse de encima neumáticos, latas y botellas no utilizadas, y colocar boca abajo recipientes que no estén en uso.

Además, llama a cambiar el agua de los bebederos de animales cada tres días, mantener vacías o cloradas las piletas de natación y dejar destapados los desagües de lluvia de los techos.

La prevención no cesa ni siquiera cuando se tiene la enfermedad. Incluso, a los que más se debe aislar en cuarentena, es a los propios enfermos, por más cruel que pueda sonar.

Barugel contó a Opinión Sur Joven la experiencia de tener un enfermo de dengue: “Se trató de un jugador de fútbol profesional, que había ido a la ciudad de Rosario y a las 48 horas presentó síntomas. Inicialmente entró como un caso sospechoso, y cuando se mandaron a hacer los análisis de sangre, se pudo confirmar que tenía dengue”.

“Mientras estuvo internado como caso sospechoso se lo ubicó en una pieza en aislamiento. Estaba sólo y envuelto en un mosquitero, para evitar que lo piquen otros Aedes Agypti y que eso termine contagiando al resto de los pacientes. En el Hospital tuvieron que salir a comprar una red, y luego se lo envolvió en una manta que le cubría todo el cuerpo”, explicó.

El factor climático-político

La aparición de la epidemia en la Argentina disparó varias polémicas, principalmente en torno a la pobreza estructural. También generó dudas la política del Gobierno frente al tema: ¿Había preparado a la ciudadanía lo suficientemente como para enfrentar al dengue? Vale aclarar que cada verano que pasa la enfermedad resurge con más fuerza.

“El problema actual viene gestándose desde 1986, cuando se registra nuevamente la presencia de Aedes en la Argentina, luego de su erradicación en 1965. Desde hace varias décadas se reconocen brotes epidémicos y comportamiento endémico de la enfermedad en la mayoría de los países de América del Sur y el Caribe, y en 1997 se notificaron los primeros casos en el norte de nuestro país”, señala Jacob.

Y agrega: “Sería injusto cargar toda la responsabilidad de la situación que hoy vive la Argentina al Gobierno actual, pero es fundamental que las autoridades sanitarias definan estrategias globales y regionales para controlar la epidemia. Es la sociedad en su conjunto quien debe comprometerse y hacer efectivas las acciones. Es fundamental transmitir mensajes claros y una fuerte acción educativa”.

Algunos miembros del gobierno argentino salieron al cruce de las acusaciones de imprevisión, y argumentaron que en países como Brasil (como se dijo, con más de 120.000 casos confirmados) la situación era mucho peor.

El razonamiento -que busca en forma escurridiza huir de responsabilidades- encima es inverosímil. Teniendo en cuenta además la obvia mayor cantidad de casos que puede haber en Brasil, por tener una población cinco veces mayor que la de la Argentina, el Ministerio de Salud brasileño informó que los casos de dengue disminuyeron 28,6% con respecto al mismo período de 2008, cuando más de 160.000 personas fueron víctimas del mosquito.

Difícilmente la reproducción del Aedes o las condiciones socioeconómicas de los brasileños hayan variado tanto como para explicar casi un tercio menos de casos. La explicación no puede ser otra que la prevención y la intervención del Estado en el problema.

He aquí el otro tema: el dengue no discrimina entre pobres y ricos, pero es puro sentido común saber que los primeros están en condiciones más vulnerables para afrontar la epidemia, debido a la carencia de redes cloacales en muchos casos, el menor acceso a la información, prevención y salud.

No menos importante es el calentamiento global. En esta sección, en artículos anteriores como Las enfermedades del cambio climático La invasión de mosquitos se explicó la íntima relación entre el calentamiento global y la proliferación de enfermedades como el dengue.

La tropicalización de la mitad norte de la Argentina a partir del cambio climático tiene varias aristas, entre ellas, las explosiones de dengue. De ahora en más habría que tener en cuenta que el aumento de las temperaturas, la pobreza estructural y los gobiernos desatentos son el cocktail peligroso en el que más de un Aedes elegiría reposar.

¿Te gustó esta nota? Suscribite clickeando acá

+Info

Algunos artículos relacionados:

Las enfermedades del cambio climático

La invasión de mosquitos

Sitios recomendados para conocer más acerca del dengue:

Ministerio de Salud de la Nación

Organización Mundial de la Salud