La adolescencia se extiende cada vez más y muchos jóvenes deciden posponer su independencia para hacer posgrados, ahorrar guita o, simplemente, por la comodidad del hogar materno. ¿Hasta qué edad es sano que continúe la adolescencia? ¿En qué medida esto es consecuencia del miedo a fracasar? ¿Por qué la sociedad exige ser eternamente jóvenes? Opinan psiquiatras y psicólogos.

“Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer”. El cazador oculto, J. D. Salinger.

Ser autónomo, ser responsable, ser jefe, ser profesional, ser marido, ser esposa, ser padre, ser madre, ser adulto. O, visto desde otro lado: ser dependiente, ser desempleado, ser estudiante, ser soltero, ser hijo, ser adolescente. Se supone que en la vida uno va superando etapas y, por eso, a medida que crecemos, las obligaciones cada vez son más e implican mayores responsabilidades. Pero tener un título, un trabajo y casa propia no es tarea fácil en el mundo en el que vivimos. Y, de todos modos, ¿conseguir todo eso significaría ser adulto? ¿Hay un momento en el que debería comenzar la vida adulta? ¿Por qué entre profesionales de la salud es común hacer referencia a una “adolescencia extendida” entre los jóvenes?

¿Venís a comer a casa?

Padres que no quieren envejecer e hijos que elijen quedarse en el hogar de siempre, con todas las comodidades que viviendo solos no podrían garantizarse: comida casera, ropa limpia, cama hecha, banda ancha. Y, por si fuera poco, pueden usar sus ahorros para comprarse lo que ellos quieran: un auto último modelo, una notebook, ropa de marca, salidas costosas.

Silvia Di Segni Obiols, médica psiquiatra, jefa del Departamento de Filosofía y Psicología del Colegio Nacional de Buenos Aires y autora del libro “Adultos en crisis, jóvenes a la deriva” explica: “El imaginario social de esta época puso al adolescente como modelo social. Adulto es sinónimo de viejo, ahora hay que ser joven. Rápido hay que ser adolescente y después seguir siéndolo. Y si no te da más la edad para serlo hay que parecerlo”.

El inicio de la adolescencia está marcado por la pubertad, cuando se produce un cambio hormonal. Sin embargo, establecer una edad exacta para marcar el fin de esta etapa se vuelve más problemático. Hoy los jóvenes deciden extender su formación académica y el hecho de formar una familia a los veintipico ya no es tan común, sino que se suele posponer. Di Segni Obiols entiende que las dos guerras mundiales produjeron una fractura en el modelo patriarcal centrado en el adulto. Entonces comenzaron a tomar fuerza otras figuras como las mujeres y los jóvenes. “También hoy se genera una necesidad y un juego del otro lado -profundiza la médica psiquiatra-. Desde los adultos hay un desprecio hacia la vejez como algo que queda demasiado cerca. Además, si la sociedad dice que es bueno ser joven cuanto más dependan mis hijos de mí, ¿no puedo fantasear yo que soy joven?”.

Algunos por inseguridad y otros por comodidad, lo cierto es que son muchos los que a partir de los 20 y hasta alrededor de los 35 aún atraviesan una etapa de incertidumbre y no pueden salir de allí. Estabilidad económica y afectiva, independencia de la familia, identidad sexual son algunos de los aspectos de su vida no resueltos. Tampoco encuentran modelos adultos aptos para imitar. Las figuras de autoridad (como funcionarios y jueces) son permanentemente descalificadas y las megaestrellas del espectáculo (como los Rolling Stones o Maradona) aparecen en los medios como eternos adolescentes.

La adolescencia en pausa

A algunos los invaden los miedos a perder sus comodidades; a otros las pocas ganas de asumir nuevos riesgos o entrar en una etapa que indefectiblemente llevará en algún momento a la vejez, asociada al aburrimiento y a la vida al margen de la sociedad de consumo. Los factores culturales y económicos se mezclan, la vida adulta parece cada vez más lejana. Quizás por eso Carolina, con 28 años, manifiesta: «Me da miedo irme de mi casa, los sueldos están muy bajos y no quiero generar deudas”. Ese es el argumento de muchos jóvenes: se defienden diciendo que su situación financiera no les brinda la posibilidad de enfrentar la vida solos. Jimena tiene 30 años, es licenciada en Relaciones Laborales y, según dice, su sueldo es muy bajo, y por eso todavía vive con sus padres.

El no haber terminado una carrera o tener un título y no poder ejercerla también son obstáculos para no alejarse del hogar paternal. Sin embargo, Mariana tiene 31 y cuenta con un título universitario pero, a cuatro años de haberse recibido, no encuentra un trabajo relacionado con su profesión. Ezequiel, en cambio, tiene 29 y todavía le faltan finales para terminar la carrera que empezó hace nueve años. Otros como Juan, de 26 años, se defienden argumentando que no hay una edad para dejar la casa de los padres: “Ahí tengo mucha comodidad. Aparte no hay una ley que imponga abandonar el hogar en un determinado momento de la vida”.

También hay quienes esperan formar pareja para dejar el lugar de siempre. Como Eliana de 27, que dice que no podría vivir sola. “Tampoco tengo ganas de vivir con una amiga, así que seguiré en lo de mis padres hasta que esté con alguien”, afirma. Otro caso es el de Camilo que todavía piensa en gastar su sueldo en buena ropa y salir a bailar los viernes y sábados. Con 28 años asegura que después de trabajar todo el día, lo único que lo divierte, por ahora, es salir con sus amigos y conocer chicas.

Camino a la adultez

En el Diccionario de Psicoanálisis Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis definen a la frustración como la “condición del sujeto que ve negada o se niega la satisfacción de una demanda pulsional”. La psicóloga Susana Triguboff, docente de la Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados e integrante del Centro Rascovsky, lo explica en otras palabras: “Es el sentimiento que aparece cuando no se puede satisfacer el deseo. Durante la adolescencia el joven quisiera ver todos sus anhelos cumplidos. Por eso la capacidad de tolerancia a la frustración en esa etapa de la vida es limitada”.

Ser adulto implicaría poder aceptar las limitaciones que la vida cotidiana impone, pero comprender esto implica un aprendizaje que se debe dar desde los primeros años de vida. “Nacemos en condiciones de inmadurez. Esta crianza es nuestra mayor debilidad y nuestra mayor fortaleza: vamos capitalizando una cultura que crea a su vez una enorme dependencia hacia los padres”, expresa Di Segni Obiols. Y continúa: “Si el niño no logra aprender que no va a tener ya todo lo que quiere, la adolescencia es un drama, porque sus deseos son más caros y además hay cosas que no se pueden comprar (una pareja, el éxito en un examen)”.

Triguboff observa: “Cuanto mayor es la dependencia, hay menos posibilidad de frustración. Pero también hay una menor tolerancia a esa frustración, lo cual lleva a que el sujeto no pueda proyectarse como adulto”. En la misma línea la autora de Adultos en crisis, jóvenes a la deriva postula que “se generan situaciones en las que a una de las partes, o a las dos, les viene bien que el otro no termine de desprenderse”. “Pero eso hace daño para ambos lados. Muchas veces es necesaria alguna ayuda psicológica para cortar esos vínculos. Los padres deben tolerar no tener a nadie a cargo y los hijos hacerse cargo de sus éxitos pero también de sus fracasos”.

Es evidente que la trama es compleja pero es necesario desandarla si se quiere poner fin a la adolescencia. ¿Cómo se podría alcanzarlo? “Implicaría ubicarse en el mundo real, donde uno no puede lograr todo y no desmoralizarse ante los obstáculos, seguir dando batalla a pesar de que el discurso dominante imponga la imagen del joven brillante y exitoso”, sugiere la psicóloga. En un mundo en el que la gente establece parejas, en el que tener hijos y casarse ya no es una cuestión decisiva, pareciera que se trata de animarse a crecer y descubrir que, con sus pros y sus contras, también hay placer en la adultez. Di Segni Obiols hace hincapié en la necesidad de producir un desprendimiento afectivo de la familia de origen, con más o menos estabilidad. “También desarrollar sus propios intereses y volcarlos en algo productivo –reflexiona- y tener un mínimo conocimiento respecto a sí mismos, a lo que esperan de la vida. Es un proceso para encontrar la autonomía. Si eso se consigue significa que la persona está madurando”.

Este artículo fue desarrollado gracias al apoyo delPrograma Avancemos de Ashoka e Hillel Argentina

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Sitios web para tener en cuenta:

Centro Rascovsky, Escuela Argentina de Psicoterapia para Graduados

El blog de Gilespi: “Consejos para echar a un hijo de su casa

Algunas películas y libros sobre el tema:

Grupo de familia (Tanguy)

Dos días en París

Adultos en crisis, jóvenes a la deriva, de Silvia Di Segni Obiols

Generación X, un libro de Douglas Coupland

El cazador oculto, de J. D. Salinger