Sutileza del portal de la Comisión de DDHH de Corrientes

Corro, pero no llego, sé que no llego. Hay mucha gente, más de la habitual en esta hora pico. Se oyen las bocinas de los trenes y no llego. Todos los relojes a la vista marcan las 18. Se me sale el corazón y no es de correr. Se me fue el tren, se me fueron.

Mi chiquitita, cuándo te voy a volver a ver. Tu papá seguro que llegó, te va a cuidar, como me cuidó siempre a mí. Ya los voy a encontrar. Pero no puedo evitarlo y lloro igual, las lágrimas me empiezan a desbordar, el nudo de mi garganta me duele y sólo me calmaría gritar, poder gritar. Los perdí. Puedo no volver a encontrarlos. Me tengo que ir de acá, no sé cuántos minutos llevo parada en Constitución. Más de lo apropiado, seguro.

***

El 60, el 39, el 93. Se hicieron las nueve de la noche, entre colectivo y colectivo. Ailén no sabe que estoy yendo, no me espera explícitamente, pero siempre me estuvo esperando de alguna manera. Me abre, me lleva al fondo de la casa y me dice que pase.

Pasan los días. No me animo a comprometerla. Me mima, me habla de mamá, de cómo fue y cómo se parecía a mí.

– Era de lectora que no te imaginas.

– Hace unos años solía ir a la oficina de Juramento y revisaba sus viejos libros, ¡cómo me sorprendía y alegraba!- Y era lectora crítica, se leía todo loque podía además.

– Ahora entiendo de dónde saqué algunas cosas…

– Y sí, además de lectora, era una persona muy crítica con la vida, con el mundo. Vos le sumás la política y el compromiso social. Cuando estaba con el papá de mi hija yo también era así, se murió, me case con Agustín y todo cambió. Tu mamá siempre fue temperamental, con cualquier hombre, hasta que le agarró la enfermedad.

Y así pasamos horas y días dialogando sobre la vida, en las primeras tardes de mates y cafés me sorprendí mucho con sus ideas tan progresistas, estoy entendiendo que hay algo en la esencia de cada uno que es independiente a la imposición cultural e ideológica. Empiezo a hacer salidas, me presento como la sobrina del sur, que recién se viene a trabajar para después empezar a estudiar. Mi cara de nena siempre me ayudó, me dan 5 años menos, incluso piensan que voy al colegio.

Mientras tanto yo paso por los colegios y veo a los nenes del jardín. Juanita dentro de poquito va a tener que empezar. Dónde será, mi amor. No paro de pensar si habrán cruzado la frontera. Cuánto te va a gustar el calor y los colores. Dicen que allá siempre hay alegría, jauretcheanos deben ser los brasileros,  que sus pueblos deben estar combatiendo sin tristeza. No sé si es lo que creo o lo que quiero creer. Por dónde tendrás el pelito, hija mía; qué palabras estarás sumando a tu vocabulario. Me lo imagino a él como padre, que se esfuerza inmensamente en darle de comer sano; en decirle que todo va a estar bien. Y llega la noche y lo pienso tanto, deseo que me de calor, me toque, me de besos. Que mientras me abraza me hable de política, de lo que va a pasar, de lo preocupado que está. Que se enoje y yo lo tranquilice. Que sea en ese momento donde sólo yo pueda calmarlo. Y lo calme. Y lo ame. Pero sólo lloro. Estoy destemplada y hace más frío por la humedad fría de las sábanas, y más sola estoy.

***

Me despierto de nuevo con los ojos hinchados. Ailén se está empezando a preocupar de mi profunda tristeza, no me lo dice pero me doy cuenta. Voy a comprar pan a dos cuadras. Un auto de esos. Hace como si nada, caminá, me digo. Como si fueses una niña bien, como si no entendieras lo que pasa.  Como si no fueras un riesgo. Siguió. El susto pasó. El corazón se me sale y las piernas me tiemblan. ¿Cómo se disimula esto?

El almacenero no me pregunta nada, no le interesa saber nada de nadie. A su mujer sí. Salgo. El auto de nuevo. Las sensaciones, las dudas y la mala suerte vienen todas juntas.

– A dónde vas pendeja… Subite por las buenas y no grites. –Dice el más viejo, con una voz de locutor terrible-

– Bah! Escuchaste a Jorge, andando. –Dice el de campera de cuero bordó mientras me agarra del brazo y me sube al auto-.

– Vamos a ver si sos la sobrinita del sur…

***
Perdí la dimensión de tiempo y espacio. No sé cuándo me vendaron los ojos, dónde estaré ni cómo llegué a esta celda humada y fría. Siento que no hay luz, quizás es por la venda, pero parece un lugar oscuro, hay ecos y se escuchan goteras. ¿Un sótano quizás? Hay más gente, me despierto y escucho más gente. Llantos, conversaciones muy bajas. ¿Rejas? ¡Hay rejas! Escucho las llaves, el abrir y cerrar. Caí y no me lo imaginaba así. Quiero preguntar algo, necesito saber si conozco a alguien, si saben algo de ellos dos. Por favor, que hayan llegado. Cuerpo, mente y alma, pero cómo desear de esa manera si mi cuerpo no tiene fuerzas, mi mente está desesperada y mi alma pesa tanto que llega a lastimar. Cuántas boludeces llegamos a creer. El llanto, otra vez. Con el dolor del nudo de garganta. El piso está cada vez más frío. Pasos, llaves, mi reja, me tiran. ¿Son dos? ¡Qué débil resulté!

Me acuestan, me atan las manos y los pies. Es como una camilla muy fría, es de metal. No, por favor, por favor. Me pegan para que no grite y no puedo parar, tampoco de llorar. ¡Ayyyy, no! Me están electrocutando con algo. Que hable, que a dónde iba. Que cómo te llamas. Les digo la verdad, es como si ya hubiese perdido mi dignidad y mi nombre ya no tuviera ningún sentido. Que a dónde íbamos, con quién estaba. No. Eso no. Dale, hablá, me dicen. De nuevo. Ahora la picana es en partes íntimas, en mis partes. Me sacaron toda la ropa rompiéndola con un cuchillo. O una navaja, no sé. Me tocan todo el cuerpo. Queda sólo el de voz de locutor.

Empieza con la mano, me está metiendo la mano. Me va a violar, lo sé. Me pega de nuevo para que me calle. Siento la sangre de los labios. Me penetra.

– Entendé que si nos decís algo esto va a ser más fácil.

– Es que no sé. Los perdí… –Junto fuerzas para poder decir algo más- Los tenía que encontrar en Once y los perdí.

– A quiénes. –Me pregunta mientras me eyacula en la cara-.

– A mis compañeros, María y Andrés. –Miento, él sabe que miento-.

– ¡Vuelvan! –Les grita a los de afuera-.

Abren la puerta y se oyen de fondo los Beatles. De nuevo la picana. Blackbird singing in the dead of night… Me duermo. Me despierto en mi celda. No sé cuánto tiempo pasó. Me siento sucia, tengo ganas de vomitar y no puedo. No como, pasan los días y no como. Me empiezan a dar de comer por la fuerza, no quieren que me muera, quieren que hable. Tienen información nueva. Me dicen algo de Misiones. Me da pánico. No sé nada les digo, y es peor. Ya no sé cuántos me violaron, ni cuánto tiempo pasó. Que a Ailén no le hicieron nada, me dicen, sólo le avisamos que se deje de joder y de ayudar zurditos.

Me hablan, los de las otras celdas intentan hablar conmigo. Que no llore, que cómo me llamo. Quiero hablarles, quiero saber quiénes son, qué les hicieron, cuándo llegaron, de dónde son, si saben algo de mi compañero y de mi hija. Pero no puedo hablar. No me salen las palabras. Y no estoy muda. A la noche se hace más desesperante, somos muchos los que gritamos. Los días que tengo turno de tortura, más. Ahora te pienso más profundamente, mi amor. ¿Te acordás cuando me enseñaste a bailar folklore? ¡Cómo nos divertíamos y qué mal bailábamos! Esta noche si fuese necesario me condenaría a muerte inmediata con sólo poder estar acostada con vos. Como decíamos que queríamos morir, siendo viejitos y acostados juntos. No importa no llegar a viejitos. Ya sé, le tenemos que enseñar a vivir, pero cómo puedo darle el ejemplo si empiezo a creer que no aprendí a vivir. Que no alcanzó. ¿Y si pasa? ¿Y si salgo? ¿Y si es todo un mal sueño? A lo mejor podemos llevarla a que mi papá la conozca. ¡Cómo la va a mimar! Pero empiezo a escuchar de nuevo los gritos, la abstracción imaginaria es cada vez más corta…

***
Estoy embarazada, estoy segura, lo siento. No quiero, no puede ser. Me empiezo a golpear la panza, cada vez que puedo y que me da la fuerza. Pero las sensaciones de que algo va creciendo ahí adentro son cada vez más fuertes. Dos meses, tres serán, cómo tener idea del tiempo acá adentro. Me muero si tengo un hijo de estos hijos de puta. No quiero quererlo, no quiero. A dónde lo van a llevar. Acá no hay bebés. Y si lo dejan conmigo se va a morir. No puede nacer y morir. Basta, salí, ándate de acá, desaparece de mi cuerpo como yo desaparecí de la realidad. A vos nadie te va a buscar. Esperá a una vida mejor para nacer.

Un minuto más. Por favor. Dejenme un minuto más, que sea el más largo y desesperante de mi vida. Ya no sé cómo imaginarme minutos peores, que luego la desesperación  supera a mi imaginación. Ya no sé si es el encierro, el dolor, el miedo…

– Dale putita, largá, ¿cómo se llama “Ernesto”, a dónde iban a ir cuando se encontraran? –pregunta el Vasco cuando me saca –

– Dejame a mí –dice el de las patillas mientras me tira del pelo agarrándome los pechos de la manera más desagradable que jamás imaginé-, a ésta se lo tenés que sacar con amor…

– Salí, boludo, mirá si seguís procreando zurditos, que ya no tenemos a dónde meterlos. Dejate de joder. –No se dieron cuenta de mi embarazo, la panza no se me nota casi. Pero lloro, lo escucho decir eso y lloro mucho más-.

– Por ahí la embarazo a esta montonerita y me toca nena, las puedo disciplinar a las dos… –Por favor no, mátenme, pero no.-

Luz. Necesitaba ver luz. Me arrancaron la venda, siento como si saliese sangre de mis ojos. Tiemblo, el agua está helada, me la trago y me ahogo, me sale por la nariz. Tengo agua y no me alcanza el aire, no me llega. Cada vez me mantienen más tiempo en el agua. Si sigue así, más rápido va a ser, sin darnos cuenta los dos vamos a desaparecer…

No entiendo de lo que hablan, me pierdo. No, no, no, con mi papá no. No puedo responderles, no puedo hablar. Me duermo, si me vuelven a meter ya está. Pero no todavía, papá no tiene nada que ver, a él déjenlo. No, mi amor, no les voy a decir tu nombre. No, no te van a atrapar a vos, mi amor. Vos cuidala, hace de este mundo un lugar habitable para ella, un lugar más justo. No, negrito, no puedo luchar más, no puedo volver a ese lado.  Dale todo el amor que le hubiese dado, enseñale a que los tres nos sigamos dando un amor más grande del que nos hemos dado. Ya no sé si me duele el cuerpo, el corazón, el aire o la realidad.

Me apretan el cuerpo, ya no sé quiénes lo están haciendo… Siento en todo mi cuerpo como si escarbaran en el moretón más doloroso de todos. Me desmayo, pero sigo consciente. Me siguen tocando, me siguen violando. Cuando hablaba de dignidad humana, entonces, jamás me imagine que en la antítesis estaba esto. ¿Es esto? ¿Qué es esto? ¿Tiene nombre? ¿Puede ser tan perversa la mente humana de haberle puesto nombre a algo tan inimaginable, tan despreciable?

Ya está, mi amor. Están a salvo de mis palabras.

***