¿Dónde quedaron nuestras viejas costumbres?
julio de 2010, por Marina Burana
¿Qué pasó con la típica pizza con amigos de un sábado a la noche? ¿Por qué de repente nos importa hacia qué punto cardinal apuntan los muebles? ¿Por qué desapareció esa costumbre familiar de comprarle al almacenero amigo de la esquina? Es cierto que a veces nos robaba con los precios, pero ahí iba siempre uno a quejarse del clima, de la gente, del gobierno…
Ahora, en medio del quilombo de los puchos, la música y las discusiones en casa de algún amigo, olvidamos el leve acento italiano de pizza y pedimos por teléfono comida china. Repetimos sonidos mono y bisilábicos: sushi, chao mien, chao fan, chao suei, que suenan a onomatopeyas de cómics. Leemos y orientamos los muebles de nuestra propia casa en base a lo que dice un librito con el título de “Feng Shui”, porque nos dicen que así generamos una especie de equilibrio cósmico. Y si hay que comprar cosas, ya lo sabemos muy bien: el súper chino llegó para quedarse.
De un tiempo a esta parte, Oriente se vino a Latinoamérica y nosotros, sin darnos cuenta, lentamente nos orientalizamos en algunas costumbres. Este fenómeno -digno tema para los filósofos y analistas modernos- llegó con sus causas y consecuencias, pero lo que en verdad nos interesa es esa cuota de humor que deja cuando nos damos cuenta de que existen hasta maestrías en universidades sobre la ceremonia del té japonés o que somos capaces de levantarnos un sábado a la mañana para ir a un curso de pintura de Bambú.
La sangre africana, la sangre indígena y ese curioso experimento de posibilidades humanas que se dio cuando los colonizadores llegaron a América, dejaron en las venas mismas de sus habitantes, además del ritmo y la buena onda, la costumbre de un trato desestructurado e intenso entre su gente, un trato afectuoso y cotidiano. Por eso, ir a comprar algo al almacén de Tito no es simplemente “ir a comprar algo al almacén de Tito”. Es también celebrar nuestra condición de argentinos miserables que se lamentan de la vida juntos, o simplemente -como alguien dijo por ahí en Opinión Sur Joven- de “críticos constructores” que se hermanean en la queja; gente que, mientras entra en el juego de la oferta y la demanda, se busca para charlar de fútbol, de cine o de los malditos aumentos del transporte público.
Pero el fenómeno de la chinada, por ejemplo, hace que, sin dudarlo, acudamos al súper más barato, porque Tito se zarpó con el precio del Querubín -¡el detergente amigo!- o nos quiera cobrar de más por unos fideos. Claro que el chino de la caja no fía, pero mejor pagarle de una que no poder pagarlo nunca y entrar en esa libretita amarilla que Tito guarda a un costado del mostrador.
El súper chino ofrece otras ventajas. Mientras el almacén de la esquina tiene una limitada opción de vinachos, toallitas femeninas o marcas de cerveza; el chino se abasteció con todo lo que hay en el mercado, haciendo que nuestra capacidad de fraternizar con los queridos almaceneros argentinos sea aún más compleja y lejana. Y encima, cuando nos levantamos con el pie izquierdo y la vida realmente nos parece una mierda porque nos quedamos sin azúcar, ir al súper chino nos ahorra toda la parafernalia de tener que compartir nuestra desgracia matutina con el Tito amigo: porque ¿qué conversación vamos a tener con alguien que no comparte nuestra cultura, que apenas habla español y está siempre cuchicheando en un idioma cuyas palabras suenan todas igual?
Van Gogh solía admirar los dibujos de la brizna de hierba y los claveles del pintor japonés Hokusai. Muchos impresionistas se “impresionaban” por las pinturas orientales de la naturaleza y trataban ellos mismos de imitarlas o de juntar sus técnicas con las imágenes japonesas o chinas.
Hoy, hay toda una movida de arte chino y japonés en Occidente. Parece que los institutos orientales no sólo enseñan los idiomas de los respectivos países a cada vez más curiosos (¿dónde quedó la urgencia por aprender inglés, que tanto las madres imponían para que sus hijos no se quedaran “fuera de este mundo”?) sino que también ofrecen extensivos e intensivos cursos de pintura y arte. Para los interesados, en Japón existen cursos de Shodo (caligrafía con pincel), el ikebana (arreglos florales), el famoso origami o el manga. En lo que respecta a China, hay cada vez más adeptos a la pintura de los “4 caballeros” (así se llama a las cuatro plantas favoritas para ser reproducidas por los chinos, a saber: el bambú, la orquídea, el crisantemo y el ciruelo).
Existe gente capaz de levantarse todos los sábados a las ocho de la mañana para asistir a cursos de cinco horas semanales para abocarse a la abrumadora y complicada tarea de pintar una caña de bambú: hay que aprender a agarrar el pincel correctamente, dejarlo fluir con esa tan preciada y antiquísima energía oriental, investigar plantas de bambú antes de pintarlas (esas que alguna tía tiene en algún lugar de su maravilloso jardín de balcón)… es fundamental la conexión hombre-naturaleza, calcular el agua para el uso de la tinta china, asegurarse de que el pincel más o menos zafe y no se haga un plumerito detestable, y, sobre todo, tratar de comprender por qué se le ocurría a un chino pintar un bambú y no un cesto con manzanas, bananas y naranjas.
Si un amigo del barrio me dijese que va a estudiar Ingeniería en Sistemas en Harvard, o Abogacía o Letras, le creería. Es más, si me comentase que averiguó sobre cómo seguir una maestría sobre esos temas, le preguntaría qué onda. Pero que me hayan comentado que existen maestrías sobre la ceremonia del té, corrijo, La Ceremonia del Té, en las más prestigiosas universidades internacionales, me parece algo extremadamente extraño.
Esta costumbre japonesa requiere de un ritual muy específico, de varias horas, donde se ponen en juego no sólo los modales y buenas maneras, sino la atención al detalle: el encanto del espacio en el que se sirve el té (lugar tranquilo y armónico, con arreglos florales), la admiración de la taza antes de comenzar a beber, la generosa ofrenda de dulces previo a la bebida, la pequeña fuente de “purificación” antes de entrar a la casa donde se realiza el encuentro… Lafcadio Eran, un orientalista griego del siglo XIX sostiene que la Ceremonia del Té, más allá de sus rituales y simbolismos, es meramente hacer y servir una taza de té. Me gustaría saber qué le dirían los estudiosos actuales que investigan más en profundidad todo este tema de servir, tomar y hacer el té; o los integrantes del Midori-Kai, que es una agrupación de extranjeros fanáticos de la Ceremonia del Té que la estudian de manera intensiva.
Una amiga mía es aficionada al té de distintas partes del mundo y le encanta todo lo que tenga que ver con esa infusión. Rastreó por Internet un juego de 12 tazas de “cáscara de huevo” (así se llaman) que estaba desperdigado por la provincia de Buenos Aires y lo completó; ahora ella tiene las 12 tazas con sus platitos. Cada vez que tengo la oportunidad de verla (porque se la pasa en China y Japón) viene a mi casa con 25 tipos de té diferentes, con esas tazas (que si se mira a trasluz su interior se llega a percibir la imagen de una Geisha), paquetes de Matcha (té verde pulverizado) y muchos dulces japoneses. No se viene envuelta en un Kimono porque todavía conserva un poco de vergüenza cultural. Y no hacemos la Ceremonia del Té porque en Occidente el tiempo no corre ni vuela: desaparece. Pero siempre aprovechamos para ponernos al día y yo logro impresionarme de su increíble fanatismo.
En fin, Mafalda una vez explicó por qué los chinos van a “dominar el mundo”. Su teoría era que si mientras en la noche de América nos dedicamos a descansar, en la parte oriental hay millones de chinos trabajando. Que son muchos, no hay duda, que dominarán el mundo, quién sabe. Lo que sí es notorio es que cada vez más, mientras ellos trabajan cuando es de día, nosotros, acá que es de noche, en alguna de esas regiones extrañas del subconsciente, debemos estar soñando con caracteres, tipos de té o cañas de bambú.
Ilustración: Fernando Rawe
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