junio de 2009, por Roberto Sansón Mizrahi
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Cada generación emerge en el mundo que le toca en suerte. Llegan con polenta, frescura, talento, coraje aún no chamuscado, encarando riesgos que no pueden medir. Los padres cargamos en sus mochilas lo que entendemos servirá en sus viajes, aunque nos cuesta imaginar las travesías de los nuevos tiempos.
Nacieron con la tecnología que produjimos y hoy nos enseñan a operarla. Les dijimos del sentido de los días, de aquel elusivo sentido que cambia y se ajusta con el tiempo, de las búsquedas incesantes, de la firmeza de una relatividad orientadora. Escucharon pero no había madurez para entender; tampoco suficiente madurez nuestra para explicar. Y allí salieron. Al doblar la esquina se toparon con la sorpresiva libertad del barrio no protegido.
Arrancaron con el empujón del que acaba de descascarar su envoltorio familiar; como siempre sucedió (¿lo recordamos?). Salieron disparados con sus propias angustias y temores, con sus lastimaduras y abandonos, con su celular y sus mensajes de texto, conectados por su ombligo a Internet, apurados, impacientes con nuestra impaciencia. Ágilmente, saltaron alambrados que otrora costaba esfuerzo dejar atrás. Sin transición se encontraron en campo abierto. Respirando trasnochadas fuera de control, húmedos de adrenalina, vulnerables a los riesgos. Los titiriteros los cazaron sin problema; siempre fueron los tiernos pasto fácil para los depredadores de la pradera. Seguir leyendo
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