Seguimos con la serie de artículos en que un visitante extranjero opina sobre la Argentina. Antes fueron un mexicano, unaestadounidense y un ecuatoriano. Ahora una amiga de Noruega nos cuenta cómo ve Buenos Aires.

Estoy esperando el colectivo 110. Hay por lo menos 10 personas delante de mí en la fila y 10 detrás. Son las seis de la tarde y el cuarto colectivo 110 pasó justo por la parada sin detenerse. En la pared del edificio de enfrente hay un cartel de Susana Giménez –una diva argentina-sonriendo con una cara tiesa. Ella probablemente nunca toma el colectivo, así que tampoco puede entender mi problema en este momento: ¿Cuál es mi principal inconveniente en este instante? ¡No tengo suficientes monedas! Tengo un billete de dos pesos, pero dudo que alguien quiera cambiármelo. Aquí en Buenos Aires, ciudad extraña, la moneda vale mucho más que el billete. Por suerte encuentro una monedita en la mochilla y por fin puedo subir al colectivo.

Pasamos por un parque donde hay un montón de grupos de amigos de todas las edades compartiendo mate. Si no son parejas besándose apasionadamente, son grupos de mujeres u hombres divididos entre si. Dos chicas hermosas con pelo brillante y largo llevan zapatillas diseñadas con un “estacionamiento” propio para el dedo gordo del pie. Parece que tuvieran los pies de las Tortugas Ninjas.

Mi mirada hacia el parque cambia cuando de repente el micro para de golpe y necesito concentrarme para mantener el equilibrio. Como siempre en esta ciudad el tráfico es loco y caótico. El chofer del colectivo, como el resto de los conductores en las calles, tiene mucha prisa. Sin embargo, la gente, parece que tiene todo el tiempo del mundo. Los que no están esperando en alguna cola (hay filas por todos lados) están paseando o están parados en las escaleras mecánicas que suben en el subte. Repentinamente el colectivo se detiene otra vez. Aunque los semáfaros ya se pusieron rojos, paramos en medio del camino para los peatones.

Es un lindo día y el Parque Las Heras está lleno de perros. En Buenos Aires parece que todo el mundo tiene uno. Y no son todos pequeños (como sería normal en una ciudad tan grande). ¡Hay un montón que son grandísimos! ¿Para qué quieren perros los porteños? No tengo ni idea, si son los paseadores los que siempre los llevan al parque. Uno de ellos pasa justamente por mi colectivo llevando más de diez perros que están combatiendo por el espacio para tener por lo menos una pata en el suelo.

La simpatía que sentí por esos animales cambia cuando un hombre en traje pisa una caca de perro grandísima. La mayoría de la caca en la calle tiene huellas de pasos de gente desafortunada como este muchacho.

El colectivo sigue andando a gran velocidad. Tenemos suerte con los semáforos y al final llego al café en Palermo donde me voy a encontrar con una amiga. Estoy justamente media hora demorada y me siento culpable. Sin embargo, mi amiga viene aún más tarde: a nadie parece importarle la puntualidad en Buenos Aires. Pedimos una cerveza grande, que viene con una tabla con maní y papas fritas, y casi no cuesta nada. Estamos satisfechas y ya olvidamos la hora que ambas gastamos en este día solamente esperándonos.

La vida diaria, las rutinas, el ritmo, la gente, las costumbres y los sentimientos son completamente diferentes en Buenos Aires que en Noruega. En mi país es muy raro el tener que hacer filas para esperar algún servicio; la cirugía plástica se ve como algo vulgar que se relaciona con la industria pornográfica, no existe ni el mate ni los paseadores, es muy raro que no haya suficientes asientos en el colectivo, existen multas si se deja la caca de perro en la calle y sobre todo en Noruega hay que ser puntual siempre. Y aún así, aunque todo sea tan distinto, después de casi un año viviendo en la Argentina, me gustaría quedarme por mucho más tiempo porque me siento como en casa.

Vine a Buenos Aires para estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Para mí fue muy extraña la situación estudiantil con la que me encontré. Con 40 grados de temperatura y sin ventilación íbamos a las clases que duraban cuatro horas. En la Universidad de Noruega estamos acostumbrados a clases de una hora y 45 minutos, con 15 minutos de pausa.

En Buenos Aires, donde es imposible aburrirse, tengo más necesidad de aprovechar las oportunidades culturales (y con frecuencia gratuitas) durante el día y las salidas durante la noche. Por eso me irritaba muchísimo que las clases fueran obligatorias (en Noruega es optativo); también me molestaba que los profesores a menudo llegaran tarde e hicieran huelgas sin avisar. Y me imagino que esta situación es aún más incómoda para los estudiantes argentinos que trabajan durante el día.

Mi única solución para quedarme despierta y entender por lo menos algo durante las clases fue la Cafiaspirina (un descongestivo que está re prohibido en Noruega por el alto contenido de cafeína) y los grupos estudiantiles que todo el tiempo interrumpían las clases para informar sobre sus visiones políticas (todos eran marxistas), planes de lucha y eventos. La onda política en la UBA me impresiona. Como en Noruega, todos los estudiantes son muy izquierdistas. Sin embargo allá la mayoría no está muy comprometida: marchas y eventos políticos ocurren con menos frecuencia y entusiasmo. Los valores que se preponderan son el antirracismo, la democracia, el abrir las fronteras para la migración, aumentar la ayuda a países en vías de desarrollo y el cuidado medioambiental.

Mis compañeros en la UBA parecían muy activos, entusiastas y solidarios. “Los noruegos pueden aprender un montón de estos chicos”, pensaba yo. Después de unos meses, me di cuenta de que el aprendizaje puede ser recíproco. Me sorprendí de que la misma gente que usaba tanta energía con activismo político tirara basura en la calle, manejara habiendo ingerido alcohol, no usara cinturón de seguridad y tuviera actitudes discriminatorias contra los chilenos, paraguayos, bolivianos y chinos.

Me parece que la arrogancia que caracteriza a los porteños hace que la ciudad sea un lobo disfrazado de cordero. La ciudad y la gente esconden sus debilidades bajo una fachada de modernismo, belleza, cultura y buena onda. Por eso creo que muchos de los visitantes que están de vacaciones por poco tiempo se enamoran de Buenos Aires. Cuando entendí que no es tan increíble como parecía, que también acá la gente tiene tanto cualidades positivas como negativas, me sentí más relajada. Podía odiar y amar la ciudad al mismo tiempo; justo como amo y odio Noruega.

Ilustración: Lorena Saúl

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