El mes pasado unmexicano analizó cómo somos los argentinos. Ahora es el turno de Meredith, una chica de los Estados Unidos que se vino a vivir acá. En la nota escribe que se sorprende cada día cuando viaja en colectivo, cuando no encuentra monedas, cuando llega a la oficina y todos se saludan con un beso. Resalta nuestra impuntualidad y que tenemos atrasados los horarios de las comidas. Y asegura: “Los argentinos duermen menos”. Aquí, otra crónica que nos permite vernos desde otro ángulo.

Los cambios son inevitables. Estamos rodeados de cambios todos los días cuando salimos de casa y nos enfrentamos a un paisaje físico y mental diferente del que enfrentamos el día anterior. Si el cambio es la causa, la adaptación es el efecto. Aprendemos a vivir con realidades cambiantes, y a no quedarnos paralizados… a aceptar que la vida no es estática y que el dinamismo puede traer cosas buenas y malas

Desde que llegué a Buenos Aires –en noviembre de 2007- tuve que adaptarme a las costumbres de los argentinos. Estoy acá porque quiero, así que todo lo que implique cambios será bienvenido. A veces mis aventuras pueden resultar frustrantes, pero en general termino riéndome a medida que construyo mi vida en esta ciudad. Por favor, pasen y vean cómo es un día en la vida de una neoyorquina en Buenos Aires.

Bienvenidos a mi mundo

A la mañana mi rutina es similar a la de Nueva York: vivo en un ambiente controlado y son pocas las variables desconocidas a considerar. Pero apenas salgo al mundo me bombardean el movimiento y la energía de un lugar que no es el mío. Espero el colectivo en la esquina. Busco las monedas en la billetera, porque no tengo un monedero como la mayoría de los argentinos. (Nota mental: comprar monedero). Por suerte, siempre tengo monedas, porque sino estoy obligada a comprar algo que no necesito en algún quiosco. Las monedas son acá un bien muy preciado: dos pesos en metal vale más que un billete; incluso en algunos quiscos te regalan cosas si traés monedas.

Veo que se acerca mi colectivo y levanto la mano para pararlo, esperando que no siga de largo (ya me pasó más de una vez). Frena para que me suba, y apenas me da tiempo para apoyar los dos pies sobre los escalones antes de acelerar a fondo hasta la próxima parada. “90, gracias”, le digo y espero que la máquina me devuelva mis diez centavos. Me abro camino a través de la muchedumbre y espero encontrar un espacio cerca de alguna ventanilla para poder respirar aire fresco. La otra opción es quedarme apretujada entre la gente, lo que, especialmente en verano, equivale a tener mi nariz directamente encajada en la axila de algún jugador de fútbol. Admito haber sido una consentida en cuanto al control de la temperatura en el transporte público: en Nueva York hay aire acondicionado tanto en colectivos como en subtes.

Así que acá estoy, en el colectivo. Por lo general escucho música y observo a las personas: algunos dejan sus asientos y se bajan, otros los ocupan. Pienso en la vida que les espera. ¿Dónde vivirán? ¿Quién los esperará en casa? ¿Qué cenarán? Lo mismo se puede decir de cualquier área metropolitana, donde todos somos extraños unidos por las ventajas de vivir en una ciudad. Nos amontonamos para subir al colectivo, esperamos que el viaje sea seguro y tranquilo, y luego bajamos. Para mí, de todos modos, los viajes son como una película gratis. No hay cámaras, pero los colectivos de Buenos Aires son un espectáculo sobre el encuentro de fuerzas caóticas. Me ahorro los 17 pesos de la entrada porque puedo ver las historias a medida que suceden. Me encanta lo que veo cuando viajo, aunque me costó admitirlo los meses de verano.

Fin de la escena

Trabajo cerca del Obelisco, y esta zona me recuerda mucho a Times Square en Nueva York. Creo que la mayoría de los porteños tratan de evitar esta zona, llena de turistas, tráfico y comida cara (más o menos cuesta el doble que en otros lados). Pero es la zona donde trabajo y yo todavía veo la ciudad con ojos de turista asombrado, así que no me molesta el caos del centro. Por supuesto, en Manhattan siempre trato de evitar Times Square.

Llego al trabajo y saludo a cada compañero con un beso. Al principio no me daba cuenta de que todos se besan al entrar y al salir del trabajo. Me sorprendió mucho, porque en Estados Unidos un acto de esta naturaleza –un beso- en el lugar de trabajo puede ser la base de un caso de acoso sexual. A mí me parece que es un gesto suave e íntimo, y una cálida bienvenida. Es un contacto físico muy básico y humano. Pero también es un duro contraste con el ambiente corporativo estadounidense que conocí en Nueva York, donde el espacio personal debe ser respetado a rajatabla.

Otra diferencia que noté inmediatamente fue el tipo de conversaciones informales que se escuchan en la oficina. Aparentemente ningún tema es tabú, y a menudo me sorprendo al oír las malas palabras que se dicen en el trabajo. Me pongo colorada y me tiento de la risa. En la oficina también se usa mucho el Messenger (MSN). Tener una cuenta de MSN es como tener apellido. Es como si la tuvieran desde que nacieron. Los primeros meses en el trabajo no me daba cuenta de cómo me marginaba no tener MSN.

También me sorprendieron las pausas para ir a fumar. Con esto no quiero decir que en Estados Unidos la gente no fume, pero al menos en mi oficina parece ser más frecuente. Las pausas del trabajo para salir a fumar y charlar unos 20 minutos se dan varias veces al día. Yo no fumo, así que veo ese ritual desde afuera. Pero no me quejo, porque me niego a empezar a fumar sólo para ser parte de esa cultura.

Hay otra costumbre en la oficina que me confunde. Cuando alguien cumple años, trae medialunas para los compañeros de trabajo. Hace poco una compañera preparó unos postres para su cumpleaños. Pregunta retórica: “Si es tu cumpleaños, ¿por qué trabajar para satisfacer a los demás?”. Creo que en Estados Unidos la tendencia es la contraria: ese día uno está eximido de muchas tareas como limpiar y cocinar. Es un día para que uno se relaje y sea mimado. Así que discúlpenme, chicos, pero un mi cumpleaños no creo que cocine cosas ricas para nadie.

Mi día laboral termina: saludo a todos con un beso en la mejilla y salgo. Me subo al subte en la 9 de Julio y viajo más apretada que a la mañana, lo cual parecía imposible; evidentemente estaba equivocada. Los empujones son cuasi inhumanos y agresivos. Es la hora pico en Buenos Aires y la gente no ve la hora de pasar del día a la noche, del trabajo al placer. El aire no circula y por eso respiramos unos sobre otros. Yo trato de pensar en otras cosas, en mi próxima actividad, que será cenar con amigos.

Quedamos en vernos a las 21:30, pero me llega un mensaje de texto de uno de ellos para avisar que va a llegar más cerca de las 22. Me estoy dando cuenta de que llegar tarde es normal para los argentinos. De hecho, creo que a veces la intención es ésa. La misma regla aplica para llegar a un evento como, por ejemplo, un cumpleaños. Ahora sé que nunca debo llegar en punto. Tengo que leer entre líneas, y esas líneas están escritas en un dialecto del español que puede resultar muy difícil de entender para un extranjero.

Cuando llegué a la Argentina me costó mucho adaptarme a los horarios de las comidas. Están atrasadas unas dos o tres horas respecto a los neoyorquinos, excepto por el desayuno, que no es tan importante como en Estados Unidos. Al principio tenía hambre todo el tiempo y no lograba ajustarme al reloj local. Pero llegué a la conclusión de que los argentinos duermen menos. No quiero generalizar respecto de toda la población. Pero, en promedio, si cenan a las 22 o más tarde, pasan tiempo con la familia o los amigos y se levantan a la mañana para ir al trabajo o a la escuela, entonces la matemática indica que le tienen que restar horas al sueño. De lo único que estoy segura es que el día sólo tiene 24 horas tanto acá como en mi país. Así que hagan la cuenta…

Otro cambio en mis horarios se da los fines de semana a la noche. Son frecuentes las salidas hasta el amanecer. Cuando es así, al día siguiente termino durmiendo hasta altas horas de la tarde. Si este ciclo se repite semana tras semana, estoy perdiendo 1/7 de mi vida y prácticamente cambiando un día por la noche anterior que pasé con amigos. Igualmente no creo que se deba totalmente a eso, y a menudo me enojo conmigo misma por haber desperdiciado el domingo durmiendo. ¿Pero qué otra opción me queda si me acuesto recién a las 7 de la mañana?

Ésas son algunas de las diferencias logísticas que he notado entre la vida en Buenos Aires y en Nueva York. Ninguno de los cambios es tan drástico o incómodo como para desalentarme o darme ganas de volver a mi país. Al contrario, disfruto de esta idiosincrasia. Cuando vivía en Nueva York, viajar al trabajo me resultaba una molestia. Acá los viajes en colectivo son una aventura. En los espacios que quedan entre la vida, puedo observar momentos de belleza, diversidad y afecto.

Me adapté. Me adapto. Me adaptaré. Sigo porque quiero ver, sentir, escuchar y oler este país desde adentro; quiero enriquecerme en el intercambio de culturas e ideas. Estoy avanzando en forma indefinida. Por ahora, no hay un mapa y no quiero que lo haya.

+Info

Un link interesante:

Turismo en Buenos Aires, esos lugares que no podés dejar de conocer: Portal Oficial de Turismo de la Ciudad de Buenos Aires

Documentales: «Memoria del Saqueo»«Argentina Latente», del director Pino Solanas