Son grandes símbolos en las grandes ciudades. Los bares, en este caso de Buenos Aires, son el lugar donde se resuelven asuntos laborales, se juntan los deprimidos, los enamorados, los que no tienen nada que hacer, los que hablan de fútbol y de política. Y además, el lugar al que van algunos periodistas a escuchar conversaciones ajenas

Es mala educación. Me pongo de espaldas a ver si parezco menos maleducado. “Me están serruchando abajo del escritorio”, dice el hombre, al cual puedo mirar de reojo si me esfuerzo. Es un tipo de tez rosada, canoso, con anteojos redondos, camisa celeste insípido, sin un pelo en la cara… lo más parecido que ví en mi vida a Pablo Mármol, el de los Picapiedras. Por su conversación deduzco que se llama Roberto, porque en algunas partes del relato se le filtra el hablar de él en tercera persona, como Maradona. Vuelvo a la posición original para que no se note que estoy en su conversación. Se lo escucha nervioso, y hace un leve martilleo bajo la mesa con su rodilla, en clara señal de ansiedad. El foco del conflicto son Claudia, Guido y Tomás. “Diagnosticar es muy fácil -dice y toma un poco de café, seguramente descafeinado- por eso lo importante es tener una visión y una concepción integral de la situación. No puede ser que siempre pase lo mismo”, asegura, y sigue. “Lo que estaba podrido era lo que se veía abajo, había muchas cosas que pasaban y que nadie veía y yo siempre muta”, hace el gesto internacional de me callo la boca. “Para mí en una época de mi vida era una excusa para no ver que me estaban pasando cosas y no poder decirlas… yo era muy pelotudo”. Se lo escucha enojado, nervioso, tensionado, dice que no está dispuesto a seguir tapando baches de esa manera. Mientras esa conversación/monólogo transcurre, un gordo de otra mesa habla con su compañero de café a los gritos y desvía mi atención. “El problema es que no aceptan las consignas”. Vuelvo a Pablo Mármol, que deja de monologar y escucha a su interlocutor. “Vos tenés que tratar de ser más inteligente y de ir armando una relación más informal con la gente. Una cosa es con tu superior directo: ahí sí tenés que tener una relación formal. Vos no querés ni un premio ni un castigo, Roberto, y es una manera de fortalecerte. Acá nadie te puede discutir a vos, porque vos ponés la nota, sos el que evalúa, y aunque puede haber distintos puntos de vista, la nota en general refleja una actitud”. ¿Será el psicólogo? ¿Habrá psicólogos que atiendan en bares? Tras haber recorrido varios, observo un patrón de conducta. Existen distintos tipos de conversaciones: las de pareja, las laborales y las terapéuticas. Siempre que dos personas se juntan a charlar sobre algo (es decir, sobre algo y no sobre nada), uno de los dos se pone en psicólogo. Al observador externo le es difícil descifrar el vínculo porque la relación es absolutamente asimétrica. “Pero entonces decime cómo se evalúa, si él no cumple con las expectativas mínimas”. Mientras escucho la conversación van entrando sucesivamente distintos vendedores ambulantes. En total fueron siete. Tres vendían linternitas de bolsillo, de las que se enganchan como llavero. Ninguno me ofreció a mí. ¿Me habrán visto la cara? Pablo Mármol se engancha con uno de los llaveritos. Pasa el vendedor y se lo devuelve. Estaba mirando, nomás, ¿cuánto sale? 10 pesos. No gracias, gracias. El psicólogo, insiste. “Lo bueno de todo esto es que genera competencia con vos mismo, porque, por ejemplo, cuando vos ves que alguien hace algo mal, se lo marcás y a la vez te sirve a vos para no cometer ese mismo error, porque vos tenés que ser mejor que él”. Pablo Mármol se enoja, se fastidia y levanta levemente la voz. El otro lo calma “Te estoy poniendo un ejemplo nada más, no estoy diciendo que eso pase”. Silencio, silencio, silencio. El instante es tensionante. “Tenés que mejorar los climas para que pueda haber un buen trabajo en equipo”: “Sí, ¿sabés que sí’”, dice Mármol. “Lo que tenés que hacer es soltarte y largar ese rol de asistente y ponerte como líder”, insiste el otro. Roberto le contesta con su tono bajo y monocorde. La gente del bar habla cada vez más fuerte y a mí me cuesta cada vez más distinguir una conversación de otra. El gordo de la otra mesa sigue gritando. “Tenemos que poner límites, porque si no esta ciudad es un descontrol”. Vuelvo a Roberto: “Ya vivimos lo feo. Igual, yo sigo apuntando a algo, porque yo tengo mi rutina armada: estoy arriba a las 8 y a las 14 tengo médico y él no me puede decir como me dijo ‘Roberto, cerrá el culo’”. Otra vez silencio. No termino de entender el rol del otro, su pseudo psicólogo. Pareciera como que disfruta de la miseria de Pablo Mármol. Miro de costado para intentar verle la cara, y aunque no lo logro, veo que en la camisa de Mármol está el logo de una importante cadena de electrodomésticos. “Yo a él hay cosas que no le voy a poder dar, porque él es un chico que tiene algo que yo no tuve cuando era chico; porque Guido, a diferencia de Roberto, tuvo un padre”. “Pero ahí hay un error -le contesta el otro- fijate dónde estás parado y eso te va a dar un ímpetu distinto para plantarte y decir ‘yo sé que me equivoqué’. “Lucho, pero decime una cosa…” Ah! Se llamaba Lucho, el otro. Lucho no lo escucha y sigue hablando. “Tuviste momentos en que te pasaron cosas más graves de lo que me estás contando y te recuperaste, y eso es algo que también ayuda porque vos sos un tipo que ha luchado muchísimo y te lo reconozco”. Y ahí nomás empiezan los elogios. “No, vos la verdad es que has sido un gran jefe y yo eso no me lo olvido jamás”, contesta Mármol. Siguen las flores un rato y finalmente Pablo recrimina. “Lo único que te digo es que no podemos seguir trabajando así. Y sé que no es culpa tuya sino parte del sistema que tenemos”. Viene el mozo. Son 14 pesos. “Se aceptan cadenitas y medallas”, dice el mozo irónico. “La próxima pagás vos”, dice el jefe. El gordo de la mesa de enfrente vuelve a gritar. Se lo veía irritado y comenzó a levantar el tono: “Porque a mí todos me hablan de la mano de Dios y de que el primero fue con la mano de Dios. Y a mí me gusta decir que el segundo fue con la pierna de Dios”.

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Me parece que vine a un mal lugar porque las conversaciones no abundan. Es un bar típico de abogados, en Tribunales, pero parece que los abogados no se sientan al fondo donde se sientan los chismosos, los que no quieren ser molestados o las chicas lindas que quieren que todos las vean cuando se van. Aparecen dos enamorados. Gente de unos 40 años. Lo interesante es que hablan de cerca, con la espalda levemente arqueada hacia delante y agarrados de la mano por encima de la mesa. Recién se conocen: no hablás con ese tono con alguien de confianza. “Hoy fue un día positivo, pero cada uno lo siente de otra manera”, dice él. Máximo están juntos hace un año, pero probablemente no más de tres meses. Sea como fuere la charla no parece muy entretenida. “Ya pasé por muchos dentistas y todos me dicen ‘tu boca no tiene más arreglo’”. Tipo complejo, pasa el tiempo, empieza a hablar de alergias y a describir a cada uno de los doctores que le vieron la boca en su vida. “Trabajó por dentro y cambió toda la carcaza”, explica “Él es odontólogo general pero tiene pasión por esto y va incorporando antibióticos”. Él se parece al Paz Martínez. (ok, ya sé que pocos saben quién es el Paz Martínez. dejo un link a su página por las dudas. Viene el mozo y el Paz rechaza la bebida. Quiere que su Sprite esté fría. Parece mañoso. En la otra mesa se junta un grupo de abogados. “Cómo le va Doctor”. Odio la manía de los abogados de llamarse doctor en lugar de Carlos, Rodríguez o Pancho. Acaba de llegar uno vestido de marrón y se sienta sin que nadie lo invite. Existen dos tipos de personas que van a bares: los deprimidos y los que hablan de política y fútbol. Sin contar a los escribas como yo que van a juntar historias. Al que acaba de llegar no le gusta ir al médico, pide que lo atiendan por teléfono. “La clave es decir, me duele acá, acá y acá. Mi primo es gastroenterólogo y yo le digo así y él me dice tomate tal pastilla”. No así el Paz Martínez, que estaba atrás en otra mesa y otra conversación- que sí gusta de visitar médicos y contárselo a su enamorada. Empieza a narrar anécdotas de la infancia y de sus dientes. “Pasó el tiempo y se empezaron a desubicar los dientes” La mina, mientras, no mete bocado. “Llego a la adolescencia y a mi madre le dijeron ‘no señora, el espacio, las encías, la forma de la boca’, bla, bla, ¿y te conté de los botines que tenía que usar porque tenía pie plano? y entonces mi prima, que es odontóloga, fue la primera en tratarme. El consultorio quedaba en Talcahuano y Santa Fe y me dice que yo te voy a arreglar, entonces me hizo lámpara y cha, cha, cha, cha y salí y le dije ‘sos una ídola’ y me lo solucionó”. Tipo aburrido. Esta conversación no tiene sentido. Hora de partir.

Subte B

Pasamos a hablar de caños y parrillas. Esta vez elijo el medio, al lado de una columna. Me acerqué a ese bar porque sé que paran taxistas y quería escuchar charlas de fútbol, pero terminé en un curso práctico de plomería. Me pone nervioso cuando estos tipos hacen dibujitos, planos y otras yerbas, como mi amigo Ivoch. En definitiva son todos unos mentirosos y uno se cree sus giladas porque te hablan con tono serio. Una vez Ivoch dijo que el agua de un glaciar estaba caliente… y le creímos. Hasta que los plomeros terminaron. “A las cinco de la mañana me levanté”, dice y eructa. Es muy distinto este bar de estudiantes de Ciencias Sociales al otro que era de abogados y oficinistas. Hagamos una panorámica. Promedio de edad: 28+26+24+22+60+23+23+70+45+50+55+66+60+45+70=44, pero los promedios son engañosos. Hay mucha carpeta con apuntes, un tipo jugando al trompo con un anillo, mucha barba progresista y una Mirinda (¿Quién toma Mirinda?). Crónica TV en la tele sin audio, las llaves de los autos arriba de la mesa, que denotan una actitud de “lo dejé en la puerta”, imposible en el centro. El celular es otro elemento incorporado a la mesa. Hay dos (chico y chica) que estudian juntos. A medida que pasan los minutos, el flaco parece cada vez más cerca de ella, y ella está en la clara actitud intermedia entre reírse y tirarse para atrás; mujeres histéricas. Unos, que probablemente tendrían examen hoy, se levantan y se van; el mozo se acerca y empieza a generar ruido de tazas y bandejas. Uno entra, mira, saluda y se va. Al lado mío se sienta Teresa Raccolín, profesora de Historia de ésas que hablan rápido y sin punto aparte como esta nota. Toma café en vaso -práctica que no veía desde 1930- mientras entra y sale gente. Atrás de mí, unas chicas están jugando con el celular, y se distraen de su estudio: están así desde que llegaron, sin ganas de concentrarse. Por la puerta pasa la diputada nacional Juliana Marino. Adelante un tipo se queja. El lunes la viene a buscar, el martes la pruebo y el viernes se le vuelve a romper. ¿Qué puedo esperar?, dice. Raccolín se levanta al baño y se va. Estuvo exactamente 7 minutos, 18 segundos. En eso entra Leo Núñez, colaborador de la publicación y pregunta ¿Qué estás haciendo? Escuchando conversaciones ajenas, le digo. Me contesta que estoy haciendo como el sociólogo Alfred Schütz que decía que para pensar las ciudades uno tiene que poner en suspenso todo lo aprehendido y hacer de cuenta que uno es un extraterrestre que cae y analiza las cosas; dice Leo que dice Schütz que por eso los extranjeros ven cosas que los nativos no. Leo entra al baño y se va. Las chicas del celular también se van, y el mozo entrega cambio: dos de 25 centavos y una de diez. Ideal para que le dejes propina. Aprovecho que todos se van, y también me voy.

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Llegan tres mujeres. La más joven se sienta enfrente. “No sé cuánta experiencia tenés -le dice a una de las dos- y el horario es de 9 de la mañana a 10 de la noche, a veces un poco más. Yo en dos semanas tengo que ir cerrando, así que te llamo y te venís y vamos probando, otra no hay porque sino es muy difícil saber cómo te vas a desenvolver”. “¿Cómo es?”, pregunta la más grande. “Tengo dos nenas, una de 9 y otra de 11”, dice la probable futura jefa. Las otras empiezan a hablar de sus hijos y ella contesta “No me vino el varón por ahora, pero estoy chocha”. Situación. La probable jefa tiene aprox. 29 años. Vinieron a la entrevista dos personas. Una chica -de 18- y una mujer más grande que parecía ser su madre. Fueron al bar a conocerse, a ver si la de 18 podía ingresar a trabajar a la casa de la probable futura jefa. La probable futura jefa dice que todo bien, pero que le va a hacer una prueba antes. Listo, ya está, nada más que hablar entre estas tres personas que no tienen nada en común. Pero… todavía no llegó el café. Silencio, silencio, silencio. La madre rompe, “¿Más tranquilas las nenas, no?”. “Sí, mucho”. Silencio, silencio hasta que hablan de uno de los dos únicos temas en común que todos tenemos: el tránsito (el otro es el clima). El momento es tensionante y la chica no habla nada. La madre empieza a decir que ella en algún momento trabajó por la zona. “Me fui porque conseguí algo mejor”. La hija sigue sin hablar. Parece que ahora las dos trabajan en una parrilla. “¿Y ella qué hace?”, “De todo tortillas de papa, de todo”, contesta la madre. Ella no habla. Traen el café y la probable futura jefa agradece. “Qué bueno que hayan venido. Seguramente de acá a dos semanas te llame para hacer una pruebita”. Le hablaba como una nena, con un tono muy condescendiente. “Estoy haciendo días de pruebas, haciendo castings, que es mi profesión, porque es la única manera posible”. ¿Haciendo castings? Me doy vuelta. ¡La probable futura jefa era una actriz famosa! Por suerte no se da cuenta de mi cholulismo y sigue hablando. “Te veo preocupada -le dice a la hija- ¿es porque querés trabajar? Te veo la carita de preocupada”. Siguen charlando un rato más. La actriz levanta la sesión -que ya se había extendido 15 minutos más por culpa del mozo que no trajo el café- y paga.

Nunca sabré a quién contrató finalmente, ni recordaré el nombre de aquella actriz famosa cuya cara olvidé. Ni voy a saber cómo terminó la jornada del bar cercano a la facultad de Sociales, quiénes aprobaron sus parciales, ni cómo fue la clase de ese día de Teresa Raccolín. Me voy a quedar con la duda sobre si el amor del Paz Martínez y su novia muda durará para toda la vida; y si Pablo Mármol resolvió sus problemas laborales. Las historias de bares llegan, pasan, se instalan, te alegran o entristecen el día. Y luego se esfuman, como la brisa, para todos los que las escuchamos y sentimos.

Menos para sus protagonistas.

En homenaje a G.G.M