En la época en que las hojas de los árboles se vuelven ocres. En el mes en que los días se tornan frescos y buscamos los viejos abrigos del armario. En tiempos en que el día se acorta y la noche se alarga. En ese momento, mediados de abril, la ciudad de Buenos Aires soportó 36 grados. ¿El “calentamiento otoñal” llegó para quedarse? Tres personas cuentan su experiencia y un meteorólogo da la visión científica del asunto.

Arde. El sol pega fuerte en los rostros y la humedad es insoportable. El termómetro de Buenos Aires el 19 de abril marcó 36 grados y la sensación térmica arañó los 37. Rosario, 35. La Plata, 34. Y es pleno otoño.

Desde el Servicio Meteorológico Nacional justificaron el veranito en mes equivocado por el paso de una masa de aire subtropical cálido y húmedo proveniente del norte y advirtieron que este tipo de calores otoñales ya se vivieron en otros momentos. El clima también se muestra extraño en materia de lluvias, porque el nivel de precipitaciones marcó un nuevo récord (por ejemplo en marzo en 18 de los 31 días cayó agua). (Ver editorial deOpinión Sur Joven N°13

Si bien ha habido pequeñas oleadas de calor en abril, la duración del “veranito”, los máximos de la temperatura y el contexto de cambio climático le dieron a este año un toque especial. La mayor conciencia sobre el calentamiento global y el temor de que esta excepción se vuelva costumbre despertó la preocupación y queja de muchos de los que habitamos esta región.

20 años después

Eduardo Piacentini es profesor universitario y director del Departamento de Cambio Global del Servicio Meteorológico Nacional. Opinión Sur Joven le consultó sobre el fenómeno. “Fue el segundo máximo histórico de temperatura en un siglo. El anterior fue de 36,5 grados, en 1988”, dice y destaca que “es un caso excepcional” que “se aparta del promedio de temperatura de abril que es de 22 grados”.

Piacentini recalca que para batir el récord anterior al de 1988 hicieron falta más de 80 años (el 5 de abril de 1906 hubo 36 grados), y ahora en menos de 20 hubo otra vez una marca excepcional. “Si el año que viene se presentan nuevamente estos márgenes ya es grave”, enfatiza preocupado. Si bien el “veranito de abril” no se puede adjudicar aún científicamente al calentamiento global, todo indica que esto seguirá así, “El clima va para ese lado”, observa el meteorólogo.

Pero es importante aclarar que el invierno no está en peligro de extinción. “Que las épocas frías tiendan a ser cada vez más cortas no implica que algún día no pueda hacer tres grados bajo cero, pero será quizás tan solo un día”.

Muy mala noticia para Charly Baigorri, 44, diseñador gráfico. Ante la consulta sobre cómo se siente con el “calentamiento otoñal” que nos tocó en gracia, no duda en ser categórico: “Me molesta mucho. Si fuese en otro lado y en otras circunstancias sería diferente, pero el calor en Buenos Aires es detestable. Es muy incómodo vivir acá en abril y estar con 36 grados”.

Además, cuenta que le saca ganas de salir, entonces con temperaturas como las del 19 del mes pasado, prende el aire acondicionado y no se mueve: “no quiero padecer el calor con subte, colectivo, etcétera”. Por lo visto, si el clima sigue así, tendrá que estirar el auto-encierro unas semanas más.

Todo lo contrario resultó para Natalia Concina, 27, periodista. “La verdad que esos días lo pasé muy bien, fue bueno tener un respiro del frío antes que se venga el invierno. A mí me gusta más el calor o al menos lo sufro menos”.

Otro factor que deriva de estos calores intercalados en meses inapropiados es el de la vestimenta. Para Natalia, fue una buena noticia el no tener que usar ropa invernal: “Me resultó mejor porque pude usar las polleras y las babuchas y no ponerme el jean”.

La referencia de Natalia no es aislada. Algo tan básico como es el tema vestimenta tiene consecuencias económicas y políticas impensadas a nivel mundial cuando hay cambios climáticos. Por ejemplo, las elevadas temperaturas en Europa el pasado invierno dispararon las exportaciones textiles de China, al permitir a los productores vender sus confecciones de verano más temprano. Gracias a ello, el superávit comercial del gigante asiático alcanzó en enero y febrero los inusuales 39.600 millones de dólares, un 36,1% más que el año pasado . ¿Te interesó el tema? Clickeá acá

Todo tiempo pasado fue más frío

En momentos de cambios, siempre surge la inevitable comparación con el pasado. El caso del clima no es la excepción. ¿Quién no escuchó alguna vez a los padres, a los abuelos o a nosotros mismos, comparar el clima actual con el más añejo?

Para Lior Marantemboim, 25, administrador de sistemas y confeso detractor del “calentamiento otoñal”, las estaciones “cada vez se notan menos, sobre todo el otoño y la primavera. El calor del verano sigue hasta mayo y el frío del invierno ya comienza ahí. No hay una clara estación otoño y primavera”.

Charly coincide. “Absolutamente noto una diferencia con el clima de antes. El frío solía empezar en marzo y hasta en octubre recuerdo que había días de campera. Eran seis meses de clima fresco. Ahora el invierno se acortó a mes y medio”, cuenta y asegura que el año pasado usó sólo el 40% de su ropa invernal.

El meteorólogo Piacentini concuerda, y recuerda que hace “50 años la escarcha en la calle era algo común”. “Eso ya no está y da cuenta de los cambios que se vienen dando”. No obstante asegura que muchas veces la sensación de la gente puede estar influenciada por los medios y las noticias: “El ser humano no percibe cuánto puede haber variado el clima. La temperatura promedio del planeta es de 15 grados, y se habla de un cambio de medio grado en el último siglo”. Medio grado en el último siglo no parece tanto; sin embargo, en los mil años anteriores sólo había variado unas décimas.

Y en el primer mundo también

Aunque algunos porteños se lo crean, Buenos Aires no es el ombligo del mundo. Los meses invernales con temperaturas veraniegas no son exclusividad de esta región. De hecho, el hemisferio norte vivió hace poco el invierno más cálido desde el siglo XVII, es decir, desde que hay registros.

El informe de la temperatura global de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos reveló que la temperatura global del planeta alcanzó su récord durante el invierno septentrional (diciembre a febrero), con un valor registrado de 0,72 grados por encima de la media del siglo pasado. Sin embargo, y lo que es para peor en cuanto al derretimiento polar, las estadísticas mostraron el mercurio cuatro grados por encima de lo normal en el Ártico, mientras que en latitudes mediterráneas esa suba no llegó a uno.

El año pasado, en Europa, Asia y América del Norte se vivió el invierno más atípico. Los centros de esquí estuvieron casi vacíos y en las playas hubo bañistas como en verano. En Nueva York la nieve tardó en llegar como nunca, y cuando lo hizo, tan sólo nevó 15 minutos. Los registros oficiales aseguran que hacía 129 años que no ocurría algo igual. El mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo no sale ileso de este crimen: 2006 fue el año más caluroso de su historia. (12,7 grados promedio, uno más que la media del siglo XX y por encima del récord de 1998).

El “calentamiento invernal” también trajo consecuencias positivas inesperadas. Las familias pobres del norte se beneficiaron del ahorro en gasoil para la calefacción. Pero como contracara los operadores turísticos que venden paquetes para la Florida o el Caribe vieron una merma considerable (estiman que un tercio menos de ventas). La gente no estuvo esta vez desesperada por huir del frío.

En Europa las cosas no fueron muy distintas. Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Inglaterra. En todos lados se batieron records de temperatura cálida para época invernal. De hecho, en el Reino Unido el mercurio tuvo las marcas más altas desde 1659. Incluso en Rusia, símbolo de los inviernos furiosos, las nevadas fueron esporádicas y las temperaturas matinales en enero rondaron unos insólitos siete u ocho grados bajo cero, una cota máxima nunca antes registrada. Parece que hoy en día el viejo Ejército Rojo no podría haber contado con el crudo frío ruso, que doblegó a las tropas nazis y dio una mano a Moscú en la lucha contra Hitler. El “calentamiento invernal” también puede traer consecuencias inesperadas para el viejo continente. (Más info acá)

Animal de costumbre

Las latitudes son muy distintas y si bien las maneras en que se manifiesta pueden ser varias, el problema es el mismo. Y el combate también tiene que ser global.

Para ello es necesario, como mínimo, reconocerlo. Como lo hace Natalia, para quien el tema “afecta a la humanidad entera, implica muchas cosas y es una consecuencia directa de la mala acción del hombre sobre la naturaleza”. Lior también dice que le preocupa que los humanos “sigamos matando el planeta, porque otras generaciones no van a poder vivir más acá y mientras, nosotros sufrimos por cómo la naturaleza se encarga de demostrarnos sus cambios”.

Sin embargo, también reconocen no saber qué hacer para mejorar la situación. “Desconozco si se puede hacer algo desde lo individual para evitar la contaminación”, admite Natalia. Lior es aún más enfático: “La verdad que no tengo idea de qué se puede hacer al respecto”. Por supuesto, nadie puede entender, saber o aprender algo si no se le enseña.

Quizás allí radique el mayor desafío en la lucha contra el calentamiento global: en que los gobiernos se hagan cargo del tema con campañas de largo plazo y de hondo calado en la conciencia común. Y no solamente cuando la temperatura en otoño recuerda a los medios el “calentamiento infernal”.

El hombre tiende a acostumbrarse a los cambios, si los sobrevive. ¿Será este también el caso? Tanto Charly como Lior, furibundos opositores a experimentar 36 grados en mediados de abril, se quejan pero niegan rotundamente la posibilidad de mudarse de ciudad aunque el calor los acose. Suerte para ellos, porque Piacentini, que algo de esto sabe, concluye con una afirmación que tienta a la resignación: “Nos vamos a tener que ir acostumbrando a esto”.