Bergoglio, elegido Papa el 13 de marzo, se convirtió en una especie de rockstar del Vaticano:  se ganó la tapa de todos los diarios del mundo por ser Latinoamericano, por romper con costumbres muy arraigadas como la vestimenta tradicional e incluso pidió lo que hoy es casi impensable en el imaginario de la mayoría de la gente, una Iglesia pobre al servicio de los pobres. Pero, ¿cómo nos afecta a nosotros esto?

El ex Papa polaco Juan Pablo II emprendió una cruzada contra el comunismo en Europa Oriental. Algunos creen que Francisco haría lo mismo contra los nacientes gobiernos nacional-populares latinoamericanos. Sin embargo, esto es difícil que ocurra ya que, a diferencia de los primeros, que rechazaban la religión como “el opio de los pueblos”, los segundos son profundamente cristianos (de hecho, el ex presidente venezolano Hugo Chávez se declaró admirador de Jesucristo). Además, la vocación que declara tener el nuevo líder de la Iglesia por los pobres no entra en conflicto con las agendas de estos países, sino que las complementa.

El conflicto, en cambio, puede aparecer en otro aspecto que comparten los gobiernos latinoamericanos: la ampliación de derechos civiles. La cruzada por la equidad de género, el matrimonio entre personas del mismo sexo y los proyectos para legalizar la marihuana para consumo personal y el aborto podrían ser objetivo del nuevo Papa, quien llamó una “guerra de Dios” contra la sanción del casamiento entre homosexuales en Argentina que, según él, era “una pretensión de destruir el plan divino”. Francisco podría impulsar una reacción conservadora en la región para hacer retroceder estos avances; su condición de estrella mundial legitima aún más su discurso. De hecho, el pasado 25 de marzo un concejal salteño presentó un proyecto para declarar al municipio como “pro-vida” y para subsidiar a las mujeres violadas para que no aborten.

El nuevo Papa puede contribuir mucho a una reforma en la Iglesia Católica, que pierde popularidad por su alejamiento de sus fieles y de problemáticas sociales. Sin embargo, no hay que olvidar que Francisco sigue siendo Bergoglio.