Muchas veces son relegados, marginados, acusados de que no entienden nada… las personas mayores son destratadas en las sociedades occidentales donde la juventud es un valor eternamente preciado. ¿Por qué sucede esto? ¿Cómo se los pondera en otras culturas? ¿Por qué nos cuesta darles el lugar que se merecen?

Foto: Guadalupe Giani

Cada vez que pasaba lo veía a Raúl barriendo la vereda. Siempre me llamó la atención lo impecable que lucía el frente de su casa. No sabía si me estaba volviendo loco o la pintaban todos los días. El fragmento de pasto próximo a la acera, siempre cortado a la perfección. Nunca hubiera imaginado que ese hombre de 86 años, además de barrer la vereda, supiera hablar inglés, tuviera conocimientos de griego, fuera un asiduo lector y visitara geriátricos porque, según él, la felicidad está en ayudar a otros.

Muchas veces, nuestra relación con las personas mayores se reduce a cederles el asiento en el colectivo. En este caso vemos una acción social tradicional [1], pero no podemos hablar de una relación social, en cuanto a interacción, que nos permita vincularnos con el otro.

Los mayores, como todos, tienen necesidades de expresión y desean realizar una función social útil, que muchas veces como sociedad les negamos: para el modelo económico vigente, el anciano ya no es una fuerza productiva. Según el sociólogo José María Serbia, la función que puede cumplir la gente mayor en el sistema actual es la de consumidor. Teniendo en cuenta las asignaciones jubilatorias vigentes en la Argentina y en la mayoría de los países de América Latina, no hace falta agregar demasiado.

Tercera edad

En términos académicos podemos hablar de “tercera edad” o “adultos mayores” al referirnos a las personas de más de 65 años. Además del parámetro objetivo, hay una gran cuota de subjetividad: hoy no pareciera que alguien de 65 sea un anciano, al menos en la mayoría de los casos. Volviendo al ejemplo del asiento en el colectivo, cada uno tendrá diferentes criterios para evaluar cuándo una persona es “vieja”. Existen parámetros para todas las cosas. Todo está fríamente calculado, racionalizado; ya ha sido pensado y tiene su nombre apropiado.

La edad del anciano fue variando con los años. Si viviéramos en el neolítico, quien suscribe esta nota sería más que una persona mayor con sólo 26 años y estaría transitando los últimos años de su vida. Si subimos a la máquina del tiempo y damos un gran salto a la edad media, pensaríamos que morir a los 40 es normal, pues no tendríamos chánces contra las epidemias letales. Hoy el número parece más cercano a los 80, aunque hay muchos que sorprenderían. ¿Cuál es el parámetro correcto?

El anciano sabio

Hoy, el viejo es visto como un ser del pasado, que ya no está de moda. Sin embargo, no siempre fue así. En otras civilizaciones y épocas históricas se los llegó a considerar una fuente de sabiduría y esto los llevaba a desempeñar un rol protagónico en la vida cotidiana de las sociedades a las cuales pertenecían.

Estudios antropológicos consideran que en épocas prehistóricas los ancianos eran respetados y simbolizaban un gran valor por el simple hecho de subsistir. No es extraño entonces que los chamanes, sabios de las sociedades cazadoras y recolectoras que ejercían prácticas como la sanación, muchas veces fuesen hombres mayores.

Para los egipcios las personas con más edad representaban la experiencia y la sabiduría: tenían una importante labor social como educadores y guías de los más jóvenes. En el caso del pueblo hebreo, los ancianos ocuparon un rol fundamental. Los relatos bíblicos hablan en Levítico sobre el respeto por los mayores e incluso el libro de Números registra la creación de un consejo de 70 ancianos con funciones destacadas a llevar a cabo.

Desde la Edad Antigua, pasando por la Edad Media y Moderna, la función social de los hombres más antiguos del pueblo ha tenido infinidad de variaciones. En la mayoría de las sociedades contemporáneas no se los valora positivamente, aunque debemos destacar el incremento logrado en cuanto a la expectativa de vida.

A pesar del predominio de raíces culturales ligadas al Viejo Continente, en Latinoamérica aún existen pueblos precolombinos que continúan asignandole un valor y una función especial al anciano. En diálogo con Leila Mucarsel -colaboradora de esta publicación- una joven perteneciente a la comunidad Maya reflejó que su pueblo aún respeta a los viejos y agregó que “poseen una institución llamada la ‘cofradía’, una especie de consejo de ancianos y ancianas que actúan de mediadores con el gobierno oficial; organizan las principales festividades y aconsejan al pueblo”. [Ver Nota El Sur también existe en Opinión Sur Joven N°33

Como vemos, encontramos coincidencias en cuanto a las funciones sociales asignadas al anciano en distintas culturas, que no han sido reestructuradas en términos de los lineamientos políticos y económicos imperantes en el mundo posmoderno.

¡En mi época era distinto!

Muchos adultos mayores utilizan esta frase respecto de “sus tiempos”. A decir verdad, no es incorrecta. El tiempo deja el legado de la historia y cada época tiene su contexto socio-cultural determinado. De todas formas, una frase así produce cierto prejuicio en las generaciones más jóvenes respecto a los mayores.

Yolanda no me quiere decir su edad y yo prefiero no insistir. Me cuenta que cuando era joven todos le decían que, con tal habilidad para la oratoria, tenía que ser abogada. Ella eligió casarse a los 19 años. Critica los tiempos actuales: dice que hoy hay orgullo, egoísmo y falta de amor. Me dice que en su época la relación y amistad entre vecinos era algo muy importante. En un tiempo Yolanda tenía un almacén y la DGI le clausuró el negocio dejándola sin nada. Sus vecinos la ayudaron a salir adelante e incluso le llevaban comida a su casa.

Luego de escuchar el testimonio me pregunté qué es lo que me perdí en el medio de la película. Con el transcurso de los años, la forma de relacionarse sufrió grandes modificaciones, sobre todo en los principales centros urbanos. Además del factor económico, muchos otros aspectos influyeron en la participación de las personas en los distintos campos sociales.

Si bien hay un alto porcentaje de ciudadanos que realiza tareas solidarias -y otros que no lo hacen porque todavía no han encontrado el espacio donde concretarlas-, hoy no vivimos la solidaridad como parte de un todo. Y en consecuencia, no afecta directamente nuestra manera de vivir y de relacionarnos con los demás. Las empresas más grandes tienen un sector específico destinado a la Responsabilidad Social Empresarial. Nosotros nos manejamos igual, cada rol social tiene su tiempo y lugar. El espacio social y el tipo de relación que tenemos con los ancianos se determinan así. Por lo tanto, ceder un asiento en el colectivo muchas veces nos da por satisfechos.

El caso de Japón

Japón es el país con la mayor cantidad de personas en etapa de vejez del mundo. En estas tierras orientales, el respeto a los mayores es una cuestión cultural e incluso tiene su propio día: desde 1965, el tercer lunes de septiembre ha sido declarado el “Día del Respeto a los Ancianos”. A lo largo de toda la jornada se realizan festejos y encuentros alusivos.

El sistema de salud funciona a través de un seguro universal que provee de servicios a toda la población y se financia con impuestos deducidos de empleados y empleadores. Para cuidar a aquellos ancianos que viven solos, el gobierno -en conjunto con las empresas- creó medidores de consumo de agua y gas que envían automáticamente sus lecturas a un centro remoto de interpretación de datos. De esta forma, se deduce que si el consumo no es normal, el anciano podría haber sufrido un desvanecimiento u otro problema de salud.

Los ciudadanos japoneses están interesados en ayudar a que las personas mayores permanezcan independientes y sigan siendo productivos. Desde una óptica cultural más occidental, podríamos decir que es fácil reconocer este tipo de prácticas en sociedades ancestrales; pero la sociedad nipona es una de las más industrializadas del mundo.

El relegamiento de las personas mayores que existe en nuestra sociedad, es mucho más que el resultado de la modernidad: se trata de una práctica cultural que aceptamos naturalmente.

Nunca es tarde para aprender

La educación en el adulto mayor permite revalorizar sus capacidades, ayudando a que la persona se re-inserte en una sociedad que sólo veía con los lentes del pasado.

El Centro Cultural Rojas, que depende de la UBA, ofrece diversos cursos para personas mayores: desde arte o historia, hasta computación y natación. La finalidad de sus programas no sólo es pedagógica y de incremento del capital cultural: además busca establecer un vínculo entre la universidad y un sector de la comunidad. Las estadísticas de inscripción muestran que el número de alumnos se incrementa cada año.

En la provincia de Buenos Aires, la Universidad de Lomas de Zamora impulsa el programa UniTE (Programa Universitario de la Tercera Edad) y recientemente finalizó un concurso en el que los alumnos presentaron trabajos diseñados en Photoshop. Cualquiera puede acceder a las distintas capacitaciones en forma gratuita.

Además del potencial cultural para desarrollar, las personas mayores son una fuente de información inagotable. Seguramente no vamos a coincidir completamente con todas sus apreciaciones de la vida, pero si tomamos el caso de una persona de 80 años, esto equivaldría a escuchar a un testigo presencial a partir de 1928 (y no es poco).

Tejiendo una sociedad solidaria

Cuando se me rompe el cierre de un jean se lo llevo a Doña Teresa, una experta costurera de años, que enviudó no hace tanto. Ese pantalón a ella le significa ir a una mercería a comprar hilo, un cierre nuevo, quitar el viejo, coser con su querida máquina (de las de antes) y en el mejor de los casos, explicarme la lógica de cómo es el funcionamiento de la trabita del cierre. Cada persona mayor atesora muchas capacidades que pueden llegar a sorprendernos y ayudarnos a que la vida resulte más llevadera. Todavía tenemos la chance de no mirar todo en términos de productividad.

Descubrir que Raúl es mucho más que un anciano, es saber qué piensa y qué siente. No se trata de un cambio que requiere una gran planificación. Es “tejer” una sociedad más sólida, incluyente y solidaria donde cada uno ocupe un lugar significativo. Es todos los días, es hoy.

[1] El sociólogo Max Weber definió como acción social tradicional a aquellas que son conducidas por principios y normas, en las cuales el componente racional es prácticamente insignificante.