¿Qué se hace con las pilas gastadas? ¿Se tiran o se guardan? ¿Es cierto que es mejor tirar a un río una cáscara de banana que una botella de plástico? ¿Qué hacer con mi vieja computadora? ¿Dónde tirarla? Algunas de estas preguntas parecen obvias. Sin embargo, las respuestas de los especialistas van contra el sentido común. Te recomendamos leer la siguiente nota para sacarte la duda.

Para todos los que vivimos en grandes ciudades, los residuos urbanos son una realidad que cotejamos a cada paso. Generamos kilos y kilos sin darnos cuenta, y los vemos acumularse peligrosamente en las calles cuando hay alguna huelga de recolectores de basura.

Pero los desechos (o residuos, según especialistas, da igual cualquier término), no sólo pueden atentar contra la estética, la pulcritud o el olfato. También son dañinos para el medio ambiente. Mucho más si no se sabe qué hacer con ellos. ¿Cómo congeniar el cuidado del planeta con tirar todo lo que tenemos para tirar?

El residuo nace residuo

Hay dos grandes categorías de desechos: los orgánicos y los inorgánicos. Los primeros son los putrescibles (restos de comida principalmente), y los inorgánicos son los secos (plásticos, madera, etc). La tendencia actual entre los que saben es dividir entre secos y húmedos. Los primeros son los reciclables o reutilizables, mientras que con los húmedos lo máximo que se puede hacer es “compotaje”, o sea, humus.

“Siempre se afecta al medio ambiente, lo mejor sería no generar residuos para nada, cosa que es imposible”, asegura Ricardo Rollandi presidente de la Asociación para el Estudio de los Residuos Sólidos de Argentina (ARS), anulando toda presunción ultra optimista.

En diálogo con Opinión Sur Joven, Rollandi explica que “lo ideal es analizar la gestión de los desechos desde que los productos nacen hasta que se transforman en residuos: desde que el productor de materia prima estudia y pone en el mercado su bien hasta que los restos de ese bien son desechados”. En esta visión “integral” de residuos hay tres etapas: la primera es la ubicación del producto en la cadena de comercialización y consumo. “Por ejemplo, cuando se envía al mercado un dentífrico, ya se está generado un potencial residuo por el envase”, comenta Rollandi.

La segunda etapa es la de compra: “Cuando vaciás la bolsa del supermercado en tu casa, ya generaste un residuo. Lo ideal es que en casa hagamos una separación primaria entre secos y húmedos, para que se los mande luego a reusar (es decir, usar el mismo elemento para el mismo uso), reutilizar (usar el producto para otro fin) o reciclar (transformarlo en otro producto), lo que sería ya la tercera etapa”, explica.

El 60% de los residuos que se generan en Buenos Aires son orgánicos mientras que el 40% restante lo conforma toda la masa de residuos potencialmente reciclables. Cada habitante de la ciudad genera en promedio un kilo y medio por día de residuos. Pero no hay que escandalizarse por el número, que si bien parece abrumador, hay peores: Nueva York genera tres kilos por vecino.

Una de las claves respecto a los desechos orgánicos es dónde y cómo se los ubica. La mejor solución son los rellenos sanitarios, y la peor, los basurales a cielo abierto. “El relleno sanitario, a diferencia de los basurales, tienen toda la ingeniería necesaria para que impacten lo menos posible en el medio ambiente. Además de lo visual y el olor, los desechos tienen dos consecuencias fundamentales: arruinan las napas subterráneas y emanan gases de efecto invernadero cuando putrefactan”, dice nuestro entrevistado.

El relleno sanitario subsana esos ataques al ecosistema protegiendo el suelo con una membrana para que no contagien las napas subterráneas y recuperando vía cañerías el gas metano que se libera.

Ese gas que se recolecta también puede ser usado para generar electricidad. El relleno sanitario Norte 3, ubicado en las afueras de Buenos Aires, lo reutiliza para autoabastecerse de energía. En otros lugares del mundo esta medida se aprovecha a mayor escala: por ejemplo, en la ciudad de Barcelona (España), la calefacción del Barrio Olímpico se alimenta con energía proveniente de una planta incineradora de residuos.

Leyendas urbanas (de residuos)

Si de desechos se trata, hay varios mitos o creencias. Que si juntamos las pilas y las hacemos un banco de plaza cubierto con cemento por ejemplo, salvamos al medio ambiente del flagelo; que los plásticos son el peor diablo en el infierno de los residuos; que si tiramos al río una cáscara de banana no pasa nada, pero vade retro si arrojamos una botella; etc.

El tema de las pilas es el más conocido. Todos sabemos, o escuchamos alguna vez, que tirar una pila al río o a un lago es tremendamente contaminante porque los metales pesados que tiene se descomponen con el óxido y pudren el agua.

“Hay gente que agrupa las pilas en grades bloques y después les da un uso en particular, como ponerlas en un balde, taparlas con cemento y transformarlas en un asiento. Eso está mal, porque cuando las dejamos de usar, aún tienen un tercio de energía, y si se acumulan muchas en un lugar cerrado pueden entrar en una reacción química y de temperatura, y generar explosiones”, alerta Rollandi, provocando quizás el estupor de algún lector desprevenido.

Daniel Santellán, ingeniero electricista especialista en gestión empresaria de la consultora EcoGestionar, coincide con la advertencia y recomienda no dejar pilas u otro tipo de baterías amontonadas y expuestas a altas temperaturas. “Lo ideal es utilizar depósitos contendedores especiales para este tipo de elementos, que luego son tratados adecuadamente. Muchas empresas de recolección de residuos tienen estos contenedores. Lo que nunca hay que hacer es mezclarlas con otro tipo de residuos, porque eso dificulta la separación”, añade.

Para el presidente de ARS, a las pilas “hay que darle una solución, involucrando a la empresa y al Estado. Hay que tratar de reincorporarlas en el mercado una vez que fueron usadas, porque pueden servir para la fabricación de otras”. Sin embargo, dice que “hoy como consumidor domiciliario, sólo te queda tirarlas a la basura, porque no hay un sistema organizado de reutilización”.

En cuanto a artículos electrónicos en general, que en la era tecnológica en que vivimos suelen sobrar, Santellán recomienda entregarlos a empresas especializadas en su reciclado, y recuperar así los elementos de ellos que son reutilizables.

“Algunos tienen mucho valor, se puede recuperar oro, plata, cobre y otros. Pero para que sea rentable hay que reciclar en gran volumen”, explica en diálogo con Opinión Sur Joven.

Los residuos tecnológicos, en la jerga de los que saben del tema, se denominan “scrap”, y una empresa homónima en Argentina se dedica a adquirirlos.

Otro de los mitos es que el plástico es el peor enemigo del medio ambiente y que dejar una botella de ese material en el río puede ser pecado capital. “La botella en el agua puede quedar flotando años y años, bajará y subirá por el río. Está mal tirarla, claro, pero no se descompone. En cambio, la comida que se tira al río chupa el oxígeno del agua y la degrada”, dice Rollandi.

Por otra parte, el plástico es un residuo que puede convertirse en materia prima enseguida, por lo que es menos complicado su proceso de desecho que la basura putrescible. De todos modos, sería mucho mejor que la bolsa del supermercado sea de madera o tela en vez que de plástico.

Por ejemplo, el 80% del plástico de botellas de las gaseosas que se produce en Argentina se exporta a China. La botella se tritura y se transforma en la materia prima con la que se confeccionan buzos polares, colchones, almohadas y bolsas de dormir. Es una forma de reutilizarlas y a la vez, hacer negocio.

Se empieza por casa

Muchas personas son concientes de que el cuidado al medio ambiente empieza por casa, en el sentido más literal. En nuestro hogar es donde desechamos la mayoría de las cosas que no nos sirven, y si no es en el hogar, es en el trabajo. Ingrid es una porteña que trabaja en el área de Recursos Humanos de una de las empresas más grandes de Argentina, donde materiales como el papel seguramente sobran. Sin embargo, su conciencia go green, como ella la autodefine, la hace no desaprovecharlos.

“En los mails que enviamos arreglamos para que aparezca en la firma la leyenda ‘Tratá de no imprimir este e-mail’, para evitar utilizar papel en lo que se pueda”, explica, y cuenta a Opinión Sur Joven otros consejos que aplica a la hora de manejar sus residuos: “poner las pilas en un frasquito de vidrio y tirarlas, para que no se junten con agua”, o “tirar el aceite adentro de una botella para que no contamine el agua en donde desembocan las cloacas”. Ingrid, que desde chica tuvo conciencia ambiental, recuerda cuando retó a su papá en la calle: “Dejá de tirar papeles a la calle porque tus nietos lo van a sufrir”, y dice, orgullosa, que hoy su papá se guarda los papelitos y le dice “por mis nietos”.

En su trabajo hicieron la diferencia en varios aspectos. Uno de ellos fue contactar gente del Hospital Garrahan –que atiende niños- para juntar los papeles que generalmente se tiran y entregárselos, para que los reciclen.

En ese sentido, Rollandi tira una idea que ojalá se tomará en cuenta en varias latitudes: “Habría que exigir que toda la papelería del Estado sea de papel reciclado, y que cada papel que firma desde la Presidenta hasta el intendente sea reciclado. Es una locura que se sigan talando bosques para hacer papel virgen”.

Desde su caso concreto, Ingrid deja la utopía para quien la quiera oír: “Hay gente que hace desde su lugar lo que puede para proteger el medio ambiente, y si cada vez somos más, hacemos una presión más fuerte”.

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Algunos datos de interés:

¿Qué hacer con nuestros residuos?

¿Cómo reciclar en casa?

Escrap es una Red de Operadores del Mercado de Residuos y Subproductos de la Argentina que tiene la misión de promover el uso sustentable de los Aparatos Eléctricos y Electrónicos, desde su producción a su disposición final.