Si se fijan bien, en detalle, algunas personas en el subte, en un bar o en el colectivo no tienen la cabeza inclinada, mirando una pantalla, porque estén tuiteando, chequeando los mails o enviando un mensaje de texto. Algunos, fíjense bien, están leyendo. Y no tienen un libro en la mano; portan un lector de ebooks (o ereaders).

Algo que parecía distante, económicamente y a nuestras costumbres, es cada vez más extendido, por los menos en las principales ciudades argentinas. Las grandes editoriales saben que más del noventa por ciento de sus ventas siguen siendo de libros “tradicionales”; pero anticipan también que los formatos digitales son el próximo paso de los libros, acaso fogueado por Internet.

Este año fue la primera vez que la Feria del Libro estuvo signada por el tema. Los stands se vieron repletos de libros, de papel, pero en las mesas de debate, las conferencias, la cuestión de “lo digital” cooptó la atención y protagonismo. Y es que aún no está claro cuál será el lugar de los editores, los autores y los distribuidores, pero el mundo editorial ha tomado debidamente nota de lo que viene sucediendo con el cine, la TV y la música.

Podríamos empezar a hablar de los ebooks y los lectores de libros electrónicos desde la nostalgia. El objeto libro, sus páginas, el arte de tapa, el olor a recién impreso. Los “bemoles” son también conocidos: el uso anti-ecológico de papel, la baja disponibilidad de algunos títulos, el precio de algunos ejemplares, el peso, el esquema de negocio editorial que sólo permite publicar a unos pocos autores (y son menos, aún, los que pueden vivir de tal oficio). Desde sus orígenes el libro ha sido sinónimo de democratización y expansión de la cultura, de puerta de entrada al saber y la educación. Y lo sigue siendo, siglos después de Gutenberg.

También podríamos empezar a hablar de los ebooks y los lectores electrónicos desde otro lugar: una mayor posibilidad de acceso a producciones culturales, a la información, el conocimiento. La digitalización de los textos ha permitido una mayor circulación y disponibilidad del material, a un menor costo -cuando no de forma gratuita.

Se asume muchas veces que los formatos de libros digitales tienen que ver con leer en la pantalla de una PC o de una laptop. Pero se han desarrollado distintos dispositivos o “e-readers” especialmente dedicados a la lectura. Los más conocidos son el Kindle (Amazon), Papyre (Grammata), Nooke (Barnes & Noble) o el iPad (Apple), entre otros. Algunos modelos cuentan con pantallas opacas (emulan muy bien la página de papel) y otras son lumínicas, tienen una autonomía de batería que puede llegar al mes y la capacidad de almacenar cientos de títulos.  Los valores de dispositivos arrancan en los 400 pesos (¿equivalente a tres libros impresos? ¿Cuatro?) e incluso se ha llegado a decir que podría tender a cero, a la espera que sea la venta on line de ebooks y la publicidad los pilares de facturación para las empresas.

La difusión de los ebooks y nuevos formatos editoriales (la Revista Orsai, dirigida por Hernán Casciari, o el portal Liibook.com son algunos de los más interesantes ejemplos, junto a la impresión de libros a demanda o POD) tensionó a todo el sector de los libros: pululan la preocupación por la distribución, los derechos de autor y la “piratería” (recomiendo esta nota al respecto), quiénes son los best sellers o qué quiere leer “la gente”.

Los ereaders , decíamos, facilitan el acceso a millones de gigabytes en libros. Y no se trata de una posibilidad para entendidos o las generaciones más jóvenes.  La función de ampliar el tamaño de los textos en las pantallas de los lectores, por ejemplo, les permitió regresar a la lectura a gente mayor o con problemas de vista. También sabemos que estos nuevos circuitos digitales abren el “grifo” a un mayor potencial de control y vigilancia de lo que leemos (el caso de la censura de Amazon con, nada menos, el libro “1984” que borró remotamente de los lectores de todos sus clientes). Se trata de nuevos formatos que abren muchas preguntas para los próximos años: ¿cómo serán los próximos escritores? ¿cómo se estructurará el sector editorial? ¿cómo se va a afectar la posibilidad de generar conocimiento y qué nuevos modeos educativos hay por delante? ¿qué será de las bibliotecas y qué durabilidad tendrán los archivos digitales de libros? ¿la sobreabundancia de información promueve la lectura o cada vez vamos a leer menos, pese a tener todo el material a disposiciòn?

Como alguna vez dijo Dominique Wolton, todo parece un gran juego de póquer en el que nadie tiene idea hacia dónde va la cosa pero todos tienen que dar muestras permantes de saber exáctmante lo que hacen (y tener la mejor mano, claro).

Por largo tiempo van a convivir los formatos en papel y digital. Ambos traen aparejados sus beneficios, tradiciones,  y ambos tienen una letra chica que leer. Y es que sea papel o digital, se trata, en definitiva, de leer.

* Director de la agencia Amplifica, periodista y conductor del oprograma Tontos con poder en radio AM 750. Docente en la Carrera de Comunicación (UBA).