En la siguiente nota se analiza cómo cambia la escritura y el lenguaje con las nuevas tecnologías de la información. El uso de los acentos, el lenguaje del Chat y el SMS, las dificultades para leer textos largos: ¿Son culpa de las herramientas o se trata de un cambio más profundo que las computadoras acompañan? ¿Cómo se complementa este fenómeno con la pobreza? ¿Estaremos perdiendo la capacidad de expresión?

Antes que nada una aclaración: amo Internet. Soy uno de esos tipos que, sin ser especialista, vive pegado a la computadora tratando de conocer siempre las últimas novedades. Uso todas las herramientas de Google: buscador, Gmail, grupos, alertas, calendario, Docs, traductor, el reader –por cierto muy útil para leer blogs y sitios Webs-, iGoogle… tengo un blog, canal de Youtube y uso aplicaciones para compartir fotografías. Y aunque lo odio, uso el Facebook, pero sólo para explorar de qué se trata -probé el Twitter y no me gustó-.

Ignacio es un joven de 24 años que está a punto de recibirse de licenciado en Sociología. Tiene buenas notas y trabaja como director de una importante organización juvenil de Buenos Aires. Su trabajo implica relacionarse con autoridades de todo tipo, a las que contacta por mail o por cartas formales, según la ocasión. Pero su computadora no tiene acentos. “No lo necesito, lo voy corrigiendo con el Word”, dice.

Básicamente su tesis es que cuando el procesador de texto le marca palabras subrayadas con rojo, va hasta allí, toca click derecho y las corrige. El problema es que las palabras “que” “quien” “como” “donde” “esta” “si”, “aun”, entre otras, pueden llevar tilde –o no-, y el corrector no las reconoce como malas. Y esto empeora la situación ya que sus significados son distintos según lleven o no acento. Adrián se puede dirigir al Presidente de la Nación sin poner los tildes correspondientes. Pero no parece importarle.

Esta situación no es aislada. Cada vez más gente usa la computadora sin tener en cuenta acentos y eñes, porque total “el Word los corrige”. De hecho, tampoco hace falta conocer las reglas ortográficas. El Word se encarga.

“El hombre camina solo por la calle Corrientes” ó “El hombre camina sólo por la calle Corrientes”. Dos frases cuya única diferencia es un tilde. La primera significa que el hombre camina en soledad por esa avenida; la segunda, que solamente circula por esa calle y por ninguna otra. Un tilde de diferencia.

“También la mensajería instantánea motiva un cambio en cuanto al uso del vocabulario. Generalmente se usan frases cortas y se abrevian las palabras: kasa (casa), X (por), X q (por qué), TQM (te quiero mucho), kiero (quiero), salu2 (saludos). ¿El uso de la tecnología empobrece el lenguaje? ¿Se disminuye la capacidad de escribir frases largas y conectadas entre sí? Hay variadas opiniones al respecto”, se cuestiona el psicólogo Alejandro Urman en un artículo sobre el tema en Opinión Sur Joven.

La manera en la que hablamos o escribimos es una forma de reflejarnos a nosotros mismos como personas y a nuestra sociedad. Si el lenguaje es lo que diferencia al hombre del resto de los animales, cuantas más capacidades expresivas poseamos para comunicarnos, más humanos estaremos siendo. El hecho de ir reduciendo nuestra variedad de palabras hace que tengamos más dificultades para comunicarnos y pensar. Y esto es especialmente palpable en las generaciones más jóvenes.

La crítica no implica una demonización de ese tipo de códigos y mucho menos de las abreviaturas. De hecho, como señalaron algunos lingüistas, siempre se abrevió para tomar apuntes. El problema es cuando una persona no puede pasar de un registro al otro: es decir, está incapacitada para cambiar del lenguaje “apunte” al lenguaje “formal”.

Uno de los que opinó acerca de este tema fue el periodista y escritor Nicholas Carr en el artículo “¿Google nos está estupidizando?” [1]. “Ya no pienso del modo que solía hacerlo. Lo siento más fuerte cuando estoy leyendo. Estar inmerso en un libro o en un artículo largo solía ser fácil. Mi mente podía captar la narrativa o los cambios en los argumentos. Ahora mi concentración comienza a evaporarse luego de dos o tres páginas y empiezo a buscar algo más para hacer (…) mi mente ahora espera obtener información en el modo en que la Red la distribuye”, se queja. Y atribuye este cambio en su manera de pensar a la posibilidad que brinda Internet de tener toda la información que se necesita al instante, y en múltiples sentidos. Cuando se lee en la Web, en el momento en que se ingresa al climax de un artículo, puede llegar un mail y el lector corta su lectura para ver qué es lo que ingresó. Y tal vez luego, –en el mejor de los casos- continúa leyendo la nota.

Pobreza del lenguaje

Las nuevas tecnologías parecen estar empobreciendo nuestro lenguaje y la forma en que nos expresamos. También pueden estar afectando nuestra manera de leer, lo cual a su vez retroalimenta los problemas en la escritura y expresión en un eterno círculo vicioso. Claro que sería tonto culpar a las tecnologías por sí mismas. Habría que pensar por qué los seres humanos le estamos dando ese tipo de uso a esas herramientas. ¿Por qué ya no importan los acentos o la ortografía? ¿Qué sucede en nuestras sociedades para que eso ocurra? ¿Es un problema que se da sólo en la Argentina o también se extiende a otros países?

En la sociedad argentina y latinoamericana hay que sumar otros problemas que pueden estar afectando la capacidad de expresión de los jóvenes: la pobreza estructural de la mitad de la población y el déficit educativo para buena parte de la ciudadanía hace que –pese a que están menos bombardeados por la tecnología- también sufran el empobrecimiento del lenguaje, aunque por otras causas.

En el medio, aparecen los medios de comunicación que deben adaptarse a todos estos cambios culturales y se enfrentan a un dilema: ¿Adaptarse a este cambio en la mentalidad y la forma de consumir discursos o seguir adelante con los viejos formatos supuestamente enriquecedores? Si se adaptan generan un círculo vicioso difícil de sobrellevar; si no lo hacen, probablemente empiecen a perder público.

El lenguaje es lo que hace la diferencia entre el ser humano y el resto de los animales. Si el lenguaje se empobrece seguramente estaremos limitando nuestra capacidad de pensar. Y este problema afecta tanto a las clases medias y altas (sea por la expansión de las nuevas tecnologías o por otras causas más profundas) como a las bajas (por los problemas educacionales y sociales).

Lo cierto es que cada vez que apareció una tecnología disruptiva (desde la escritura o el reloj, hasta la imprenta y la televisión) siempre se insistió en que iba a afectar la capacidad de pensamiento en el hombre. La historia demostró que esto no fue así, que si bien es cierto que redujo ciertas capacidades, potenció otras. Los ejemplos que se ilustran en esta nota son reales y preocupantes. Las tecnologías fomentan, acompañan, amplifican estos cambios, aunque no necesariamente son las causantes de ellos.

¿Cómo evolucionará el lenguaje a partir de esto? No lo sabemos. Sólo el tiempo terminará de decirlo.

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[1] Revista The Atlantic. “Is Google Making us Stupid?”