En varios países de América Latina, los gobiernos y los medios están en plena guerra. Si bien es cierto que las empresas periodísticas buscan incidir en la opinión pública, hay otros factores que hacen al enfoque que se le da a una noticia. Esta nota trata algunas de esas cuestiones y pone en duda los alcances de la “manipulación” que los medios hacen de las noticias.

Al menos cuatro factores inciden en la conformación de la línea editorial de una determinada nota en un medio de comunicación cualquiera. El primero es el propio pensamiento del medio, que se encontrará en sus bases fundacionales y que irá mutando a lo largo de su historia. El segundo, es la ideología del periodista que escribe o relata la historia, su visión del mundo y sus intereses (no económicos, si priman las buenas intenciones). En tercer lugar, aparecen los intereses económicos y políticos de la empresa titular del medio de comunicación y sus auspiciantes. Y por último, tal vez lo más importante en condiciones normales, los gustos e ideologías del público que compra el medio en cuestión. Este factor, muchas veces no es tenido en cuenta por quienes hacen análisis de medios y vale que sea profundizado.

El periodista y filósofo Miguel Wiñaski elaboró el concepto de “noticia deseada”, que es en reducidas cuentas “aquella en la que la opinión pública quiere creer”. La idea del autor es que los públicos no compran sino aquellas noticias en las que desean creer. Por ejemplo, dice Wiñaski en su libro, a nadie le hubiera resultado interesante la historia del hijo de un presidente que moría por accidente en un helicóptero: siempre vende más la historia de un asesinato mafioso. Y aquí ya no importa la verdad, sino lo que la gente elige pensar. Sintetiza Wiñaski:“Las noticias deseadas son la superestructura de una estructura psicosocial que pretende permanecer siempre creyendo lo que más le conviene”.

Para traerlo a un caso actual. Un accidente doméstico en el que una mujer termina incendiada y muere tiene un impacto limitado. Se puede cubrir la noticia, tomar algunas repercusiones y contarlo una vez en televisión. Pero el hecho crece si el protagonista de la historia es un rockero, que ya había tenido antecedentes en temas vinculados con el fuego. En este sentido, a partir del momento en que se publicó la noticia acerca de la muerte de la mujer del baterista de Callejeros -que se corrió el rumor de que el músico la había quemado-, ya casi no quedaron chances de que el público descrea de esa hipótesis. La “noticia deseada” pasó a ser que “el rockero quemó a su esposa”, y no hay con qué argumentos refutar eso. Decir que el hombre la incendió es mentir; decir que fue un accidente, también. A partir de ese imaginario social del rockero loco y pirómano se construye la noticia: sin decir mentiras, pero sabiendo que el público tampoco comprará la idea de la inocencia.

Un medio que quiere subsistir como tal debe primero cuidar a sus seguidores. Debe estar muy atento a lo que sus clientes quieren escuchar, tanto en materia informativa como de opinión. Sería casi suicida hacer un noticiero al mediodía que sólo hable de política, cuando a esta hora quienes más miran la tele son amas de casa que tienen otro tipo de intereses. En ese segmento informativo, habrá que priorizar otras cuestiones: espectáculos, información para jubilados, psicología, familia y policiales. Más avanzada la noche, los temas pueden ir cambiando: en el horario de la vuelta a casa es clave la información del tránsito y cerca de las 10 de la noche pueden aparecer los temas de política más dura, horario donde a la gente que le interesan esos contenidos está ya en su casa. A la mañana temprano, los datos del tiempo son muy importantes, porque quienes tienen que salir a la calle necesitan saber si deben abrigarse o no, y si tienen que llevar sus paraguas. Y además, se les puede brindar algo de información más dura. Si en el noticiero de la mañana sólo se habla de política, seguramente, la gente cambiará de canal.

Menciono este ejemplo, porque en el caso de la televisión estos fenómenos son fácilmente medibles en el instante. Con los diarios pasa algo similar: cuentan en la redacción de Clarín que cuando Boca gana un partido aumentan considerablemente las ventas de los diarios y cuando logra un campeonato se duplican. Cualquier editor inteligente, enaltecerá ese tema en la tapa del diario para poder vender lo más posible, independientemente del cuadro que él sea. ¿No pasa lo mismo en temas políticos?

La teoría de la aguja hipodérmica fue creada a principios de siglo, con los comienzos de los grandes medios de comunicación masivos. El nazismo fue la prueba concreta de que los medios eran tan poderosos que podían influir directamente en las opiniones y percepciones de la gente, sin que medien otro tipo de condiciones de recepción del mensaje. Se hablaba de “aguja hipodérmica” o “bala mágica”, porque el mensaje se inyectaba directamente en la mente del consumidor y hacía estragos; de acuerdo a esta teoría, una vez que la persona era expuesta, no había forma de que se salvara.

Con el avance del tiempo, esta explicación sobre los medios de comunicación fue refutada. En parte porque tal vez no era así; en parte, porque la gente aprendió a ser más selectiva a la hora de mirar y a decodificar los mensajes. Para llevarlo a épocas actuales, en algún momento se pensaba que todo lo que circulaba por e-mail era verdadero y era común que se reenviara sin pensar si realmente el contenido del mensaje era verídico. Con el tiempo, la gente ya no envía tantos mails basura y aprendió a discriminar un poco más esos contenidos y a discernir quiénes lo enviaban. (Más info sobre este tema, acá)

A medida que fueron avanzando las teorías de las comunicaciones se detectó que los medios sólo pueden influir, en determinadas condiciones, en el pensamiento de los públicos: ayudan a organizar la agenda de los temas que son “importantes” y refuerzan las creencias previas de las audiencias, pero de ningún modo determinan qué es lo que se debe pensar. Y en todo caso, siguiendo a Wiñaski, habrá que ver en qué punto la agenda es determinada por el medio y en qué punto las personas -comprando o no esos contenidos- van influyendo para que se publique o no un determinado tema.

Cuestión de oficio

Con todo esto no quiero decir que los medios y los periodistas sean (seamos) inocentes. Para nada lo son. Hay operaciones, intereses económicos, amistades, odios y rencores como en toda actividad humana. En mi práctica periodística muchas veces decido publicar noticias de “amigos”, porque éstos me ayudan con notas, son una fuente valiosa de información o porque sus ideas me simpatizan. También puedo ignorar una noticia de una fuente que sé que me será problemática, aún cuando su historia sea mejor que la que finalmente publico.

A veces algunos políticos se quejan de que no se los entrevista, de que los medios los ignoran, que sus opiniones no son tenidas en cuenta. Hace un tiempo, escuché una crítica de uno de ellos y decidí entrevistarlo para una nota. Tenía que entregar mi artículo un miércoles a la noche y recién pudimos agendarla para el martes al mediodía. Ese día ya estaba en viaje hacia el despacho del diputado, cuando me suena el celular. Era su secretaria, diciendo que le había surgido algo importante y que tendría que cancelar. Luego de una extensa discusión logré que me recibiera al día siguiente (no tenía un plan b y tenía que llenar dos páginas). Quedamos a las 13 del miércoles y yo a las 14.30 tenía que estar en otra reunión. El hombre llegó 45 minutos tarde y no pudimos desarrollar todos los temas que yo necesitaba. Y encima llegué tarde a mi reunión.

Este mismo hombre se queja de la manipulación que los medios hacen de la información y lo poco que tienen en cuenta sus iniciativas. Seguramente, no lo volveré a entrevistar, salvo que pase algo extraordinario. No tiene que ver con el manejo de la información sino con que él no es una fuente confiable.

Todas estas cuestiones operativas no suelen ser tenidas en cuenta por aquellos que sostienen que los medios tergiversan la información.

Cuestión de perspectiva

Un viejo aforismo sostiene que siempre que haya dos argentinos en un lugar habrá tres opiniones presentes. A mí, por lo menos, me cuesta bastante ponerme de acuerdo conmigo mismo. Y si eso me es difícil, me es casi imposible ponerme siempre en línea con los medios en los que me desempeño. Ni hablar de los que miro o leo y en los que no trabajo.

Cada ser humano es único y tiene una perspectiva del mundo que es única e irrepetible. Es muy difícil que dos personas pensemos exactamente lo mismo en todos los temas. Así, cuando consumimos un medio de comunicación es casi imposible que estemos del todo de acuerdo con lo que en él se opina o se informa.

Así, cuando el medio no dice lo que uno cree es fácil salir a decir que están operando, que sostiene intereses espurios o que quieren manipular a la opinión pública y adormecerla ofreciendo fútbol, chimentos y datos del tiempo, en lugar de instruirlos para que sean mejores ciudadanos.

La pregunta es, ¿las audiencias quieren ser instruidas o quieren ver fútbol? Por supuesto que queda abierto el debate sobre la posición que los propios medios deben (y debemos) tomar frente a esa apatía.

Tenemos que ser conscientes de que nuestra propia perspectiva del mundo no siempre es la mayoritaria. Es cierto que los intereses de las empresas de medios son muy influyentes a la hora de publicar una noticia y decidir un enfoque para ella. Pero no es la única. Hay otros aspectos que se deben tener en cuenta. Los intereses de las audiencias, de los periodistas, los tiempos para producir una noticia (es más barato dar los datos del tiempo que financiar una investigación periodística), la efectividad de una fuente para comunicar una idea, son algunos aspectos que hacen al producto final y que en general no se mencionan.

En América Latina muchos gobiernos están en conflicto con algunos grupos mediáticos. Pareciera haber una guerra sin cuartel por el control de la opinión pública. Creo que, al menos en la Argentina, ambas partes sobreestiman el poder de los medios.

No es cierto que la gente se crea cualquier cosa que ve; como vimos antes, la teoría de la aguja hipodérmica fue desestimada hace muchos años y se comprobó que los medios sólo refuerzan las creencias previas de la gente en torno a un determinado tema. Y tampoco es verdad que todo lo que se difunde apunta a manipular. A veces juegan otros factores mucho más terrenales e invisibles que sería bueno que los gobiernos y los distintos actores que hacen a la opinión pública empiecen a entender.

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