Los políticos y líderes son acusados de ser culpables de la mayoría de nuestros males. En la siguiente nota se propone hacer el análisis inverso. ¿Qué cosas suceden en nuestras sociedades que hacen que nuestra micro corrupción se proyecte a niveles macro? ¿Es corrupción violar las normas, tirar basura en la calle o no respetar los horarios de televisión? La idea es que cada uno comience a mirar a su interior en qué acciones se vuelve “corrupto” y que podamos abrir los debates y llegar a consensos sobre qué es corrupción y qué no lo es.(*) [1]

El otro día me cortaron el gas. Primero fue en el edificio. Estuvimos más o menos una semana, porque había problemas con la habilitación, que parece que no cumplía con la nueva normativa que exige el código de procedimientos. Una vez que lo habilitaron en el edificio vinieron a inspeccionar los departamentos. Ninguno cumplía las reglas. Había que llamar a un gasista matriculado y que él solucionara el problema. A mi casa vino Lucho, un chantún conocido, bastante impuntual, aunque mal no trabaja.

Había que romper dos vidrios de la cocina y poner ahí una rejilla que permitiera ventilar un posible escape de gas. El tipo estuvo horas trabajando y al final sólo faltaban unos ajustes para que pasara mejor el aire. Igual mi vieja le advirtió: “no te gastes tanto que igual en invierno lo vamos a tapar”…

Ayer estaba en la calle a las ocho de la mañana. A esa hora, habitualmente no sé ni cómo me llamo, así que cualquier intento de justicia me estaba vedado por mi crónico problema de despertarme recién dos horas después de que me levanto.

Un chico cruzó la calle con una coca y una pajita. Abrió el sobre de la pajita y lo tiró en el medio de la calle.

Podría haberla levantado y decirle se te cayó algo… pero tenía tanto sueño.

Hace aproximadamente un año tuve que dejar de mirar televisión. No tengo ningún problema visual, pero en la Argentina los gerentes de los canales decidieron ponerse a jugar un rato con la gente. Cambian constantemente los horarios de los programas en función de cuánto rating tienen en el minuto a minuto. No hay grilla, ni respeto a un producto ni nada. Si un programa está midiendo bien, hacen que dure hasta las 3 de la mañana; recién a esa hora empieza el programa que estaba pautado -por ejemplo- para las 11 de la noche.

Los canales tienen que ganar siempre, cada instante, cada minuto a minuto. ¿Y el futuro? No importa. No hay posibilidad de planificar. Lo importante es el minuto a minuto. Ah! y otra cosa… tampoco me importa tanto que gane yo, lo más importante es que el otro pierda.

En el medio de su juego, está el televidente, que está de rehén de toda esta situación. Por culpa de los programadores, algunos dejamos de ver tele.

“La Fundación” tenía el siguiente problema. El Director Ejecutivo se pudrió del presidente y empezó a pactar con algunos otros miembros para rajar al presidente. El presidente se enteró del complot y echó a todos… ese presidente, está hace treinta años en el cargo. Nunca se sometió a una elección. Siempre fue electo por “consenso”. ¿Reelección indefinida? ¿Les suena? Así se trabaja en la mayoría de las organizaciones en la Argentina. Miremos los clubes de fútbol o la AFA, por ejemplo.

En el Senado de la Nación las sesiones son convocadas generalmente a las 15.30 de los miércoles. El timbre, que convoca a los senadores al recinto empieza a sonar a las 15, de modo que los legisladores puedan ir bajando a sesionar (no empieza hasta que no están la mitad más uno de los presentes).

Sin embargo las sesiones empiezan a las 16.45, es decir, una hora y cuarto más tarde de lo pactado. Nadie quiere ser el primero en bajar, y como en el dilema del prisionero, cada vez se requiere más tiempo sonando la chicharra.

Quienes crecimos al sol de la década del 90, el uno a uno, las privatizaciones y otras yerbas pensamos que la corrupción sólo era la corrupción económica. No teníamos otro significado para ese significante.

Sin embargo, hay otras formas de corrupción. Formas que no se limitan a los dirigentes, sino que están entre nosotros todo el tiempo. Algunas son “licencias piadosas”, otras pueden parecer estúpidas frente a otros problemas. Pero todo va sumando. El problema de la corrupción no se limita a los políticos, sino que es mucho más profundo.

Entonces, la corrupción que vivimos en la Argentina -y me animo a extenderla a otros países de la región en donde probablemente se manifiesta de otras formas- no tiene que ver sólo con lo económico o con quedarse con un vuelto, sino que también aparece de otras maneras.

Tapar la rejilla del gas, tirar basura a la calle, matarse por el rating sin importar los usuarios, perpetuarse en el poder, la impuntualidad… son cosas que nos pasan, y que exceden absolutamente a la política. Ni hablar de otros temas como el pago de impuestos, el tráfico en la ciudad, entre otras nimiedades. [2]

Todo tiene su porqué

Mi vieja tiene frío y por eso tapa la rejilla. ¿La basura? Todo el mundo la tira. ¿En qué cambia si yo lo hago o no lo hago?.

Los horarios de la televisión no son importantes: “mientras la gente se muere de hambre, cómo puede ser que vos estés protestando por un cambio de horario en la tele”. Tampoco es vital que la sesión del Senado empiece puntualmente.

“Hace treinta años que dirijo la institución, pero como lo hago bien, entonces nadie se opone a mí mandato”, contesta el dirigente de la Fundación que mencionaba al principio. “Además, ¿quién tiene la experiencia que yo tengo para manejar todo esto?”, agrega.

Edwin Sutherland y Donald Cressey (1966) en sus principios de la criminología elaboraron un concepto denominado Moral de Frontera. “Es la responsable de ir corriendo los límites normativos, favoreciendo una mayor permisividad social a través de expresiones falaces que son psíquicamente sugestivas pero realmente sin fundamento”. Es decir, se trata de “justificicaciones” -o engaños o sofismas- para permitir o avalar determinadas situaciones que sabemos que están mal.

Otros que sistematizaron el estudio de la corrupción fueron David Matza y Gresham Sykes en un libro que denominaron “Técnicas de Neutralización: una teoría de la delincuencia”. Los tipos inventaron otra categoría con justificaciones que damos los humanos frente a un acto criminal. Según ellos la corrupción se justifica de tres maneras.

a) Justifican su inocencia en que las leyes que los juzgan son tan criminales como ellos.

b) Niegan haber quebrantado una ley ya que ésta es injusta y por ende, inválida.

c) Justifican su accionar en que todos lo hacen.

En realidad, toda clasificación es arbitraria. Y especialmente los argentinos podríamos estar horas justificando lo injustificable… ¿qué se puede esperar de un país cuyo primer golpe de Estado fue avalado por la Corte de Justicia, sentando jurisprudencia?

Pero hay un problema. Yo puedo estar horas explicando por qué me parecen mal las cosas que mencioné arriba. Sin embargo, también es cierto que las justificaciones descriptas por Matza y Sykes no son del todo injustificables siempre. Cortar las calles está mal, pero ¿qué pasa si lo hacemos por reclamos sociales que son justos? Cortar las rutas está mal, pero, ¿qué pasa si lo hacemos por reclamos ecológicos que son justos?

Y la contracara. ¿Qué pasa si esos reclamos que nosotros creemos justos no son tan justos como nosotros creíamos? Y aquí aparece un gran debate. ¿Qué es justo y qué no?

¿Qué es ser honesto?

Cuando uno era chico todo era un poco más fácil. Hacer justicia por entonces era simplemente castigar a los malos y ayudar a los buenos, como hacían los superhéroes. Ahora que estamos más grandes, nos damos cuenta de que existe la subjetividad y ahí todo se complica. Lo que para mí está bien, para vos puede estar mal y viceversa: nuestros criterios de justicia pueden ser distintos, porque están mediados por las experiencias personales de cada uno. Para un adolescente rico que lo tuvo todo en su infancia, es injusto que le roben la 4×4; para un pibe que come una vez por día y no tiene techo, puede ser justo robar para comer. ¿Qué es ser honesto? ¿Qué es ser justo?

Y acá creo que los jóvenes tenemos una responsabilidad importante. Y voy a hablar en nombre mío, pero me animo a extenderlo a todos los que de una u otra manera participamos de Opinión Sur Joven.

En general, la mayoría de las definiciones de la corrupción -y por ende sus posibles soluciones- apuntan a cuestiones institucionales y a incentivos para que los funcionarios públicos dejen de delinquir.

En ese sentido, yo voy a apoyar la tésis de Alejandro Estévez y Marini quienes promueven un enfoque “ético-individual” de análisis de la corrupción en oposición a la estructural. “La dimensión ético-individual es la más general de las dos e incluye a la estructural. Lo ético-individual comprende al individuo en tanto autor de obras morales y responsable por ellas. La dimensión estructural es la más particular de las dos. Ésta comprende a todas las instituciones humanas susceptibles de sufrir corrupción”.

Es decir, mientras la mayor parte de los diagnósticos, incluyendo estas resoluciones de la ONU, focalizan en la falta de instituciones sólidas, transparencia en la información, accountability horizontal y vertical, etc., pocos focalizan en las cuestiones ético-individuales [3]. Aislar la corrupción de nuestra cultura capitalista competitiva, que promueve la consecución del máximo beneficio sin importar cuántas cabezas tenga que pisar para eso, es un error.

Por eso creo que al hablar de enfoques es importante mirar las instituciones, pero también es importante mirar la cultura y la educación. Nuestros líderes -los supuestos corruptos- no salieron de un repollo, sino que son como personas como nosotros, que salieron de las mismas escuelas, barrios y familias parecidas a las nuestras. Si nosotros estuviéramos ahí, tal vez haríamos exactamente lo mismo que hacen ellos.

Los jóvenes tenemos en eso una responsabilidad -y espero que asumamos ese compromiso- porque aún no estamos enmarañados en las estructuras que hacen que aun personas aparentemente honestas se vuelvan corruptas apelando a las Técnicas de Neutralización.

Conclusión

Yo creo a modo personal que ser honesto es seguir aquella máxima de “no le hagas a los otros lo que no te gusta que te hagan”. En definitiva ser honesto requiere que cada uno de nosotros actúe en la vida en forma honesta, sincera, transparente y pensando en el otro. Y lo loco es que aun así, no vamos a llegar nunca a eliminar la falta de ética y transparencia, porque siempre va a aparecer el factor subjetivo.

Y por lo pronto, me animo a decir que las leyes pueden ayudar, pero no van a solucionar de modo alguno los problemas de transparencia si nosotros no estamos constantemente preocupados -en cada acción de nuestra vida- por actuar en forma correcta.

¿Qué espacio le dedicamos en nuestra vida al ser honestos? ¿Qué espacio le dedicamos al ser éticos? ¿Qué estás dispuesto a ceder de tu parte para ser ético? La ética implica siempre renunciamiento, porque muchas veces -especialmente en el corto plazo- es mucho más fácil ser deshonesto que no serlo.

En la Argentina, como en el resto del mundo, necesitamos consensuar criterios éticos. Y si no estamos dispuestos a consensuar esos criterios con otros, se hace muy difícil comportarse éticamente. Porque se ético, ser honesto, ser justo, requiere sí o sí de conocer y ponerse en la piel del otro… Tal vez, en el momento en que todos podamos pensar en el Otro antes de actuar, comenzaremos a construir una sociedad más ética y por ende, más justa.

[1] Exposición pronunciada en el 1° Congreso Internacional de la Agrupación Argentina de Estudiantes para las Naciones Unidas (AAENU), el 26 de octubre de 2006.

[2] Aclaración: Durante la exposición realizada, otra disertante observó que mi concepto de corrupción estaba errado y definió a la corrupción como “hacer uso privado de un bien público”. Esa conceptualización es la que suelen dar determinados organismos internacionales y creo que los ejemplos mencionados se ajustan a esa definición de corrupción. Sin embargo, debo aclarar que para esbozar estas líneas no tomé esa definición, sino la de cualquier diccionario enciclopédico. Corrupción: Acción de corromper; corromper: Alterar la forma de una cosa, echar a perder, pudrir.

[3] En general, quienes sostienen este tipo de soluciones para los problemas de corrupción son quienes toman la definición de “uso privado de bienes públicos”, y dejan de lado la definición original