En las sociedades posmodernas, donde todo sucede muy rápido y las comunicaciones son vía web, cada vez es más difícil concentrarse para escuchar al otro. En la siguiente nota se habla de la importancia de una buena escucha. Para eso hace falta que el oyente pueda simplemente oír sin apresurarse a dar una opinión. Y que quien habla pueda explicar su problema sin herir al otro.

¿Querés más milanesas? No, no quiero más milanesa. ¿Pero cómo que no querés más milanesa? No, no quiero más milanesa. ¿Pero por qué? Porque no. ¿No te gustan? Sí me gustan, pero ya me llené. Ya entendí lo que pasa: ya no querés más a mamá.

Madres judías, italianas, mediterráneas. Nos hacen sentir culpables. ¿Cómo que no queremos comer? La culpa de ellas es la nuestra y no nos deja vivir. ¿Tan difícil es entender que no queremos más milanesas? ¿Tan difícil es entender que no hablamos de amor sino de comida?

Cuando un pibe nace, una de las primeras cosas que aprende es a escuchar. No importa si entiende mucho, poco o nada, pero empieza lentamente a captar palabras, a aprehenderlas, a incorporarlas. Empieza a escuchar su nombre y a mirar cuando lo mencionan. Más grande, el chico aprende a hablar. Primero balbuceos, un “mamá”, “papá”, palabras, frases… El siguiente paso es aprender a leer. Y por último, a escribir.

En el sistema educativo formal el orden es exactamente el inverso. Cuando un pibe entra a la escuela primaria lo primero que se le enseña es a escribir. ¿Quién no padeció en la primaria los insoportables palotes? La teoría básicamente dice que, por repetición, de tanto escribir una misma letra el pibe va a aprender a leer. Por lo tanto, una vez que aprendió a copiar las letras, sí se le enseña a leer.

A medida que va creciendo se incrementan las dificultades y los maestros insisten en la importancia de las presentaciones orales. Los chicos deben preparar algún tema y exponerlo delante de toda la clase. En esa instancia se les enseña a hablar: disertar en público, mejorar la dicción, hablar fuerte…

Escribir, leer, hablar… Lo que el sistema educativo no suele enseñar es a escuchar.

Escuchar bien requiere un esfuerzo extra. Nadie nos prepara para eso. Especialmente en nuestras relaciones interpersonales, tenemos dificultades para salir de nuestra propia concepción de los problemas y escuchar atentamente lo que el otro tiene para decirnos. ¿Por qué pasa eso? En parte tiene que ver con las milanesas de mi vieja. No sólo ella tiene un error de percepción (no la quiero menos porque coma menos), sino que yo también pierdo rápido la paciencia cuando escucho esas cosas.

Claro que las milanesas, por lo general, son un problema menor. El asunto se agranda cuando estamos ante situaciones que de verdad son tensas. Es decir, cuando el otro tiene un problema que desea comunicarnos o -peor todavía- cuando el problema es con nosotros.

Michael P. Nichols es un psicólogo norteamericano, autor del libro “El arte perdido de escuchar”. No es una pieza científica pero ayuda a entender algunas cuestiones de la comunicación humana. “Tal vez -escribe- demos por supuesta la atención superficial como parte de los intercambios de la vida cotidiana. Pero mantener una escucha esmerada puede requerir una contención heroica y generosa. Para escuchar bien debemos olvidarnos de nosotros mismos y someternos a la necesidad de atención que experimenta el otro”.

Es decir que no alcanza solamente con escuchar sus palabras, sino tratar de comprender el significado de eso que el otro nos está diciendo. Y no hace falta estudiar años de psicoanálisis para eso.

Vivimos en sociedades cada vez más vertiginosas, que no tienen tiempo para nada. Somos personas que cada vez tenemos más dificultades para parar y escuchar a la gente que nos rodea.

Sumado a eso, existe un axioma en el medio ambiente que dice que cuando alguien nos cuenta algo es para que le demos nuestra opinión y esbocemos alguna posible solución. Y muchas veces la otra persona simplemente necesita ser escuchada para descargarse y no le importa nada lo que tengamos para decir nosotros al respecto.

Cuando escuchamos tenemos que tener en cuenta un aspecto clave. “El acto de escuchar requiere salir del propio yo y sumergirse en el otro, lo cual no siempre resulta fácil. Podemos estar interesados, pero demasiado preocupados en controlar, instruir o reformar a la otra persona como para abrirnos verdaderamente a su punto de vista”, explica Nichols. Habla de correrse, de no mirar las cosas sólo desde nuestra óptica sino de ver por qué el otro se siente como se siente. Por supuesto, hay que tener cuidado: esto de “salirse de su yo” es lo que hace un psicólogo. No siempre es recomendable que un amigo haga eso, pero el problema es que en general son pocos los que lo hacen.

En su opinión es importante, al escuchar, tratar de ponerse en el lugar del otro. Poder introducirse en lo que el otro siente y verdaderamente le pasa, sin que esto quede tamizado por nuestros propios sentimientos. “Escuchar en forma genuina significa suspender la memoria, el deseo y el juicio, y al menos durante unos momentos existir sólo para la otra persona”, insiste.

Dialogar no es simplemente hablar de a turnos sino que es mucho más que eso. Entonces, habrá que probar hacer el esfuerzo y escuchar de verdad, aun cuando en algunos casos cueste mucho.

Esto debe ser complementado con otras herramientas cuyo uso debe ser medido con precisión quirúrgica: se puede escuchar para que el otro se descargue, escuchar para detectar incoherencias y hacérselas saber, escuchar para plantear otros puntos de vista, escuchar para proponer soluciones lisas y llanas, escuchar para modificar la posición. Lo complicado es combinar todo eso y usarlo en el momento adecuado.

Tengo un problema con los relatos de vacaciones. Me parecen profundamente aburridos. Los viajes son experiencias únicas e irrepetibles. No quiero que me cuenten demasiado al respecto, ni tampoco me gusta contar. Cuando pregunto cómo te fue, quiero que me respondas “bien” y que elijas dos o tres buenas anécdotas… Mucho más que eso no puedo captar.

A veces se complica escuchar a determinadas personas, porque hablan demasiado de sí mismas o de lo que hicieron, o simplemente porque su tono de voz es aburrido. Por eso, escuchar no siempre es fácil. El problema aparece si ese desgano nos impide escuchar a la gente que queremos en los momentos en que tienen algo importante para decirnos.

Comunicar y metacomunicar

Escuchar no siempre implica el mismo esfuerzo. En los relatos de vacaciones lo que el otro dice es algo que no te afecta en lo más mínimo. Simplemente es cuestión de parar los oídos y estar receptivo a un relato que no te cambia.

Algo similar pasa cuando tu mejor amigo, por ejemplo, te cuenta que se peleó con su novia, no porque no te importe lo que él te cuenta sino porque no es algo que te involucre directamente

El problema aparece cuando el mensaje que se está diciendo te afecta directamente. Es decir, cuando no sos un tercero imparcial sino que sos parte del problema sobre el cual se está hablando. Algunos autores diferencian ambas comunicaciones en dos planos: a la primera -la tuya con tu amigo- le dicen comunicación a secas; a la segunda -la tuya con tu novia- le dicen “metacomunicación”.

Paul Watzlawick (1921-2007) era psicólogo y filólogo. Su principal aporte al mundo fue su teoría de la comunicación humana. Según su postulado, todo mensaje en comunicación tiene dos niveles de análisis.

El primero es un nivel de contenido. Es decir, lo que el mensaje en sí dice. El otro día mi novia me preguntó: “¿Volviste a hacer pis con la tabla baja?”. En el nivel de contenido se trata de una simple pregunta que puede ser respondida por sí o por no.

Pero aparece un segundo nivel que es el de “relación”, que se refiere al cómo fue dicho, el tono de voz, el momento… Se refiere a cómo se interpreta la información cruda y a la naturaleza de la relación entre el emisor y el receptor del mensaje. La expresión: “¿Volviste a hacer pis con la tabla baja?” implica en realidad un: “Me tienen podrida vos y todos los hombres que no levantan la tabla, y ya te lo dije 800 veces”. Contenido-Relación.

En el ejemplo de las milanesas, el contenido es la pregunta por la necesidad de injerir o no un pedazo de carne; en el nivel de relación mi vieja lo ve como una muestra de cariño.

Aprender a escuchar en nuestras relaciones interpersonales implica en algún punto poder aislar esas dos variables. Diferenciar el contenido de la relación. Si un nene te dice “no te quiero”, el mensaje -el contenido- es que ya no te quiere. Pero en el nivel de relación probablemente lo que esté diciendo es: “No me banco que no me compres ese chocolate”.

¿Cómo resolver un conflicto?

Para resolver un problema con alguien, nada mejor que intentar escuchar bien lo que la otra persona siente o le pasa. ¿Por qué se llegó a ese grado de conflictividad? Lo principal para lograr esa escucha es tratar de suspender un poco los propios sentimientos o -a decir de Nichols- bajar la reactividad emocional. “Cuando dos personas están en conflicto sobre algo importante y ni siquiera son capaces de admitir el punto de vista del otro, es muy probable que el resultado sea un corte emocional”, explica.

¿Cuál es la solución? Por un lado escuchar atentamente y tratar de detectar el mensaje de relación que el otro está emitiendo (o incluso que uno mismo está emitiendo). Tratar de bajar la reactividad, que en parte implica aislar el mensaje del contexto o de las condiciones de producción previa.

Pero una vez que el conflicto ya está instalado, hay en principio dos opciones. O que ceda el otro, o que cedas vos. El problema es que no siempre es posible que uno de los dos decline en su posición. Especialmente cuando se discute sobre cuestiones muy arraigadas en la personalidad o en los valores de los interlocutores.

Por eso, frente a un conflicto es importante sacar de la discusión las cuestiones más profundas, el “deep core” (corazón profundo) y tratar de solucionar lo lateral. Por ejemplo, un matrimonio que tiene diferencias en torno a la administración del dinero debe intentar alejarse de las diferencias ideológicas (ahorro vs. gasto) e ir a soluciones prácticas que vayan descomprimiendo el problema. Primero es importante escuchar con los oídos limpios; luego llega la hora de proponer soluciones prácticas.

¿Cómo solucionar un conflicto con otra persona? Creo que la mejor manera es escuchándolo. Sabiendo qué es lo que verdaderamente le pasa al otro, que muchas veces no lo puede manifestar claramente. Escuchándolo abiertamente.

Conflictos, conflictos y más conflictos. Siempre existieron y existirán. Lo importante es canalizarlos adecuadamente. Para eso, no hay nada mejor que una buena escucha. Una escucha real y sin precondiciones. Vale la pena intentarlo.