40Una guía rápida para jóvenes padres desesperados porque sus hijos empiezan a ir a la escuela. Llantos, miedos y angustias por entrar a un mundo desconocido. Una maestra relata cuáles son los problemas más comunes para esta etapa que se inicia y sugiere cómo ir resolviéndolos. En síntesis, hay que armarse de paciencia y aceptar que al principio los niños van a llorar.

Ilustración: Romina Marchetti

Imaginate que todo lo que conocés, todo lo que sabés, cambia de un día para el otro y sin mayores explicaciones. Tus seres queridos se van, te dejan y aparece gente nueva en tu vida. Las reglas que conocías dejan de existir y tenés que adecuarte a las decisiones de otras personas. Todo lo que era para vos -y sólo para vos- ahora es compartido. Tus cosas ya no son sólo tuyas.

Esto es lo que le pasa a un nene cuando empieza el jardín de infantes o la escuela de nivel inicial. [1]. Si una situación así te da miedo a vos -que sos grande-, para un chico es mucho peor. En general, unos días después del inicio de clases, cuando empezamos a separarlos de sus padres o acompañantes, aparecen los primeros llantos en aproximadamente la mitad de los chicos de una sala. Esto es normal y no tiene que preocuparnos. Aunque podemos apelar a algunos trucos para minimizar los problemas de los chicos a la hora de despegarse de sus padres y quedarse en el jardín.

Entra un bebé, sale un nene

Los chicos llegan al jardín por decisión de sus padres. Apenas pisan el nuevo lugar en que pasarán todas sus mañanas o tardes, les aparece ante sus ojos (y manos) un mundo nuevo al que deben conocer e integrarse.

Tenemos que tener en cuenta que un adulto a lo largo de su vida conoce cientos de miles de lugares, situaciones, escenarios, tipos de personas. Entonces, los grandes ya no nos sorprendemos cuando llegamos a un sitio nuevo. Para los chicos, el mundo era hasta este momento lo que ellos conocían: su casa, la de sus abuelos, la de algún amigo de los padres. Y en todos eran el centro de la escena, el bebé del lugar. Ahora, con su llegada a la escuela, todo cambia.

En el jardín, el “bebé de la familia” ya no va a ser más bebé, ni hijo, ni hermano, ni nieto. Ahora va a ser alumno para sus docentes y compañero para el resto de los chicos. Por primera vez va a formar parte de un grupo de iguales. No será la última vez; vivirá situaciones similares a lo largo de toda su vida: en la primaria, secundaria, club, clases de inglés, facultad, trabajos, pareja y en grupos de padres, cuando a él mismo le toque estar adaptando a su hijo… Pero la diferencia es que ésta será su primera vez.

Esta experiencia le va significar una serie de problemas inéditos. En casa, el bebé tiene todo lo que quiere y cuando lo quiere. Si tiene sed, le dan agua. Si el bebé quiere jugar, mamá, papá, hermano, tío, vecino, le acerca un montón de juguetes para distraerlo. Si el bebé tiene sueño, no tiene que pedirle permiso a nadie para irse a dormir y puede acostarse en cualquier cama, sillón o en el piso. Y si está frente a la tele, él elige qué dibujitos ver. Como podemos observar, estamos ante un gran dictador que, con mayores o menores límites, decide todo el tiempo qué es lo que quiere.

En el jardín, al nene se le abre un mundo totalmente diferente en el cual deja de ser el rey y pasa a ser uno más. Tendrá que esperar para recibir la atención de un adulto y aprender a respetar turnos para hacer alguna actividad (tirarse del tobogán, usar un juguete que le guste, que le lean el cuento que él quiere en ese momento, etc). Por primera vez en su vida va a esperar. Así, los chicos se inician en algo a lo que estamos muy acostumbrados los adultos: a tener paciencia.

En medio de todo esto, los nuevos alumnitos se sienten presos de un gran dilema. Tal vez, el primer conflicto filosófico que tengan en su vida: por un lado quieren ir al jardín a jugar; pero por el otro tienen miedo a todo este mundo nuevo y, tal vez, prefieran quedarse en su casa. Y, siendo sinceros, los padres también tienen esta sensación de ambivalencia: por un lado, quieren que sus hijos vayan al jardín, pero sienten inseguridad porque no conocen a las maestras, a la escuela, etc., y creen que en ningún lugar van a estar tan bien como en casa.

Lo que tienen que lograr en conjunto docentes, padres e institución es que los chicos se vayan sintiendo seguros en un contexto en que no están solos, sino que están rodeados de otros niños que están pasando por la misma y trascendental experiencia.

La adaptación

Se conoce como “adaptación” al proceso por el cual los chicos se van integrando paulatinamente a todo este mundo nuevo que acabamos de describir. Como decíamos antes, es muy común que se resistan a este cambio. Casi todos en algún momento lloran, no se quieren quedar o separarse de su acompañante. Esto puede ser el primer día, la primera semana o al mes cuando caen en la verdadera intención de sus padres, de dejarlos solosen ese extraño lugar.

Cada nene tiene su tiempo para integrarse. Y hay que intentar respetarlo sin exigir ni apurar este proceso. Siempre es preferible evitar las comparaciones entre los chicos: puede pasar que el niño que hoy entró a la sala y le dijo “chau” a la mamá, la semana que viene sufra un retroceso; y que el que en los primeros días no quería soltar a su acompañante, logre hacerlo paulatinamente y en la medida en que se vaya sintiendo más seguro.

Hay que estar preparados para que esto pase. Los adultos no tenemos que angustiarnos ante estas situaciones que son absolutamente normales. No hay que exigirles a los chicos lo que no pueden dar. Si un papá se enoja porque al principio su hijo no se queda, el efecto será adverso. Ellos tienen que sentir la tranquilidad y la seguridad de los padres.

Por lo general, al comienzo de las clases los chicos van en subgrupos y en tiempo reducido, para que las docentes tengan tiempo de conocer a cada uno de ellos, que puedan dar más atención a cada niño y generar ese vínculo de afecto tan importante para los más chiquitos.

Muchas veces nos pasa que algunos padres están ansiosos porque sus hijos se queden todo el tiempo. Es lógico que esto pase (porque tienen que volver al trabajo, porque quieren que se quede el tiempo completo, porque se quieren ir a mirar vidrieras, porque “el hermano más grande se quedó solito desde el tercer día” o por lo que sea)… Es importante para todos respetar el tiempo reducido pautado por la escuela y no pretender que el nene se quede todo el horario completo la segunda semana por el simple hecho de que “ya me saluda y se queda perfecto”. A pesar de esto -y de que los papás consideren que “ya está listo para estar toda la jornada”- lo mejor es que el tiempo no se le haga tan largo y que se vaya con ganas de volver al otro día.

Lo ideal es que al principio el acompañante sea siempre el mismo, y que vaya interviniendo o no en las propuestas de la sala en la medida que el nene lo necesite. Paulatinamente se va a ir separando. Lo fundamental es que traten de no captar la atención del chico y que si, por ejemplo, él pide agua, se le indique que esto se le debe pedir a la docente.

Respecto a la separación, es importante que los chicos tengan la seguridad absoluta de que su acompañante se va a quedar todo lo que sea necesario. La decisión de la partida de esta persona tiene que ser medianamente consensuada, pero confiando siempre en el criterio de la maestra. Si el nene nota el apuro del acompañante por irse, va a estar más pendiente de esto que de estar jugando, que es lo que todos queremos que pase. Por lo tanto, le va a costar más integrarse al entorno.

Si la maestra considera que es hora de que el padre abandone la sala, hay que respetar esa instancia y confiar en el criterio profesional. En ese momento, hay que darle al chico un mensaje claro y veraz. La idea es que él pueda confiar en lo que le están diciendo sus familiares y sus docentes. Por ejemplo, si le decimos“mamá va a tomar un café y vuelve”, no puede pasar que el nene vea por la puerta entreabierta a su mamá escondiéndose en el baño. Y si por el contrario le decimos que “papá se queda” pero afuera de la sala, papá tiene que estar del otro lado de la puerta esperándolo cuando sale. La idea es que los chicos se sientan seguros y confiados y en todo momento puedan saber dónde está su acompañante.

“Sabíamos que esto iba a pasar”

Todo es esperable. Las docentes sabemos que es difícil transitar este proceso. Por eso, un punto clave es que haya una comunicación fluida entre padres y maestros. Es importante sacarse todas las dudas y aclarar cualquier malentendido. Es mejor ser insistente con las preguntas a dar por sobreentendidas cosas que tal vez no se ajustan a la realidad.

También es central mantener una coherencia entre los dos y no contradecirse ante los chicos. Los nenes, padres y docentes deben ser lo mismo en cuanto a opiniones, decisiones, límites y autoridad. Si en la escuela se dice una cosa y en casa se desautoriza lo que se enseñó en la escuela, el proceso será más largo y dificultoso. Esto vale tanto para la adaptación como para los distintos conflictos que puedan surgir a lo largo del año. Para los chicos la maestra tiene que ser una extensión de sus padres.

La primera etapa del proceso de adaptación termina cuando los nenes se despiden de sus acompañantes, se quedan en la sala toda la jornada y logran apropiarse del espacio y reconocerlo como un marco de referencia dentro de su cotidianeidad. Esto es sólo en una primera fase, porque después -durante todo el año- irán transitando otras situaciones que les van a implicar una “adaptación”: el inicio de nuevas clases especiales, la aparición de los primeros conflictos con sus compañeros, el aprender a manejarse como grupo para trasladarse por la institución, a esperar turnos, lograr autonomía ante determinadas tareas, empezar con el control de esfínteres…

En todo esto es clave el rol de las docentes. Es central que los padres confíen en ellas, en la experiencia, en que conocen la tarea y en que no trabajan solas sino que son parte de un equipo educativo que puede incluir –según la institución- directores, coordinadores, psicopedagogos, psicólogos, etc.

Tu hijo va a volver a casa con algún rasguño de un amigo que quería la pala que él tenía; va a ser empujado y va empujar; se va a ensuciar, se va a caer y se va a golpear. Pero también va a disfrutar, a aprender y a crecer. ¡Y esto vale la pena!

Cuando afrontamos el desafío de recibir a chicos que inician su escolaridad, sabemos que nos están dejando a su tesoro más preciado. En torno a eso actuamos. El proceso es largo. Pero incluso aquellos chicos que al principio no se quieren quedar, en algún momento no se querrán ir del jardín, su segundo hogar.

Ilustración: Romina Marchetti

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+Info

Para seguir aprendiendo:

¿Cómo organizar el período de adaptación en el nivel inicial?, un artículo del Portal Educativo de La Nación

Cimientos, una fundación para la igualdad de oportunidades educativas que cuenta con un programa de becas escolares

Asociación Conciencia, implementa el Programa Proniño con el fin de que los chicos abandonen la actividad laboral, mediante un abordaje integral que incluye a los chicos, sus familias, la escuela y la comunidad.

Y para finalizar, una canción de María Elena Walsh “Canción del Jardinero”, que lo disfruten…

[1] En los distintos países de la región se le pueden dar distintos nombres: guardería, jardín de infancia, jardín infantil, educación infantil, parvulario, kínder, kindergarten